57 . ESTÁ EN ROMA
LILIAN:
Respiré poniéndome seria. Le dije que no se preocupara.
Ese mes y medio me aguanté todo lo que pude.
Pero ese día ya había llegado al límite de mi aguante.
Porque además de mi problema, Ale me acostumbró a hacerlo todos los días, cada vez que teníamos un chance.
Estaba que no sabía qué hacer. Eso de los consoladores no me calmaba, me alborotaba más.
—Cuando Ale subió ahorita le fui para arriba. Me estaba aguantando para no ir a buscar a Rufo y que me lo hiciera —susurré.
—¡Lili, no vayas a cometer esa locura! —Me advirtió de nuevo—. Si lo haces, vamos a estar en serios problemas. Primero, ruégale a Ale antes de ir con Rufo.
La abracé de nuevo, aliviada de habernos reconciliado. Le aseguré que no lo haría, y ahora con lo que me hizo mi esposo podía aguantar otro mes. Vi que también me extrañaba. Ojalá que subiera a dormir conmigo. Aunque no me hablara, al menos me complacería.
—¿Te dijo algo de Alessia? —preguntó enseguida.
—Le pregunté. Respondió que estaba bien cuidada —dije con un suspiro—. No volvería a preguntar. Le estaba dando una lección.
—Entonces creo que Dami tiene razón. La va a traer cuando ella aprenda. Déjalo tranquilo y vamos a la fiesta —me dijo abriendo la puerta—. Mi gemela Ellie dijo que iba a ir con su esposo Renart a buscar a los abuelos.
—Espera, Lucy. Fíjate en esa chica que vino —dije señalando en la pantalla—. ¿No te parece que está curioseando demasiado, como si buscara a alguien? Además, trata por todos los medios de llamar la atención de Kenet. Le pregunté y no la conoce. Dice que vino con Laurent.
Se sentó y me contó que también la había visto. Me enseñó en la pantalla a otro joven que llegó con su hijo Lucien, que miraba todo muy curioso.
—Puede ser que es porque es la primera vez que viene —dijo ella acercando sus imágenes—. O creo que está enamorado de Alessia. Preguntó por ella.
—¿De veras? —Me fijé más en el chico—. No es feo, de seguro le gustaría a ella. Me parece que los ojos de ese chico los he visto en algún lugar, se parecen a los de Alessia.
—¿Sí? Deja ver. Tienes razón, averiguaré quiénes son. Ya les puse a las cámaras que los sigan todo el tiempo —miré cómo todos los rostros estaban señalados mientras los seguían por toda la casa—. Estoy asombrada de que Ale haya dejado que vinieran.
—Lo hizo para compensar la ausencia de Alessia. La extrañamos mucho —respondí pensando en qué estaría haciendo mi hija en esos momentos. ¿Cuándo le quitaría Alessandro el castigo?
Seguimos observando a todos los jóvenes que habían acudido a la fiesta de mi hijo. En verdad era la primera vez que lo dejaba invitarlos. Era normal que observaran todo con curiosidad. ¿Dónde se habría metido Alessandro?
—¿Viste a Ale? —pregunté al no encontrarlo en las cámaras de seguridad.
—Está en el despacho, allí no hay cámaras —contestó Lucy.
Estaba muy misterioso y preocupado. A mí no me engañaba. Ese ceño fruncido me lo dijo todo y sabía que era por Alessia. No se me escapó cómo miraba con tristeza la foto de ella encima de la mesita de noche. Ojalá estuviera bien mi pequeña hija.
—Vamos a la fiesta —dije saliendo de la oficina—. A lo mejor logramos que Kenet se sienta mejor. Me dijo que este es el peor cumpleaños que ha tenido, a pesar de esta enorme fiesta que le permitió su padre.
—Es comprensible. Pero al menos ha hecho un buen trabajo con su padre. Lo sacó de la cueva —dijo Lucy mientras me seguía al salón—. Solo pórtate bien, mi hermana. Tu hijo ha trabajado mucho para tranquilizarlo. Yo seguiré buscando a mi sobrina.
ALESSIA:
En la habitación de la pensión estábamos impacientes esperando por los hombres, que al fin llegaron sonrientes y nos trajeron hasta unas chucherías.
—Todo está resuelto —dijo Franco—. Mi conocido nos contrató a los tres. Tenemos que pasar un esmerado entrenamiento, sobre todo Bosco, que no sabe mucho de artes marciales. Pero lo aceptó cuando le dije que yo lo iba a entrenar.
—Y no solo eso —contó Bosco entusiasmado—. Mi suegro arregló para que me permitieran ir a la escuela con ustedes y trabajar en las tardes.
—¡Vaya papá, sí que tienes suerte! Gracias por hacer eso por mi prometido. Debe terminar de estudiar como yo —exclamó Filomena, y a continuación cambió enseguida al darse cuenta de lo que dijo, lo cual provocó que todos la miraran, y preguntó—. ¿Vamos a vivir todos aquí?
—No, no viviremos aquí. Mi amigo nos ayudó a ir a ver una casa para vivir —contestó Franco sonriente, sin decir nada sobre el compromiso, dando a entender que le gustó que se arreglaran—. Así que chicas, recojan que nos vamos. ¿Cómo te sientes Alexcía?
—Bien padre, no se preocupe. Gracias por traerme a Roma. Me pondré bien a su lado, ya verá —contesté feliz, sintiéndome en casa. Aunque estábamos en las afueras de la ciudad, al menos sabía que podía ir a verlos algún día.
Y sin más dejé que Franco me tirara un brazo por los hombros y salimos. Nos asombramos al ver un auto afuera con Ray al volante. No era una gran cosa, pero nos servía para movernos. Se los dieron en el trabajo, aclaró Franco.
Nos montamos felices. Filomena estaba de lo más asombrada, al igual que Bosco. Jamás habían salido de Sutera y Roma les parecía algo salido de una historia de fantasía. Ray sí había estado allí y se la conocía. Condujo despacio hasta llegar a un reparto pobre.
—¿Aquí? —pregunté con incredulidad—. ¿Están seguros de que es aquí? ¿En este barrio?
—Mira la dirección hija —me pidió Franco entregándome un papel—. Eso fue lo que nos dio mi amigo. Dice que todos los precios en esta zona son bajos. Aclaró que si no podíamos pagarla completo, nos darían el chance de hacerlo de a poco cada mes. Entre todos podemos, ¿verdad?
—¡Claro, mi suegro! —contestó Bosco tomando a Filo de la mano emocionado.
Estaba realmente feliz de ver que ella le correspondía y le dijo que sí. Pero sobre todo, que lo reconoció ante todos como su prometido. Me bajé recelosa. Ese barrio era uno de los peores de toda Roma. Pero no dije nada hasta ver qué sucedía.
—Ya él habló con uno que las vende y nos mandó a esta dirección. Si nos gusta, podemos quedarnos en ella. Lo lograremos hija, confía en tu padre —me dijo con cariño acariciando mi cabeza.
—Tiene razón padre, lo lograremos entre todos —afirmé. No importaba dónde viviéramos. Lo único importante para mí era que estaba en Roma, cerca de los míos, y sabía que un día los vería—. Pues sí, es aquí la dirección. Ray, sigue. Es la tercera casa a la izquierda.
Miré con nostalgia hacia afuera, hasta que nos detuvimos frente a la casa.
No era muy sofisticada, pero parecía que nos serviría.
Un hombrecillo extraño nos estaba esperando sonriente.
Entramos. Estaba amueblada. No era la gran cosa, pero era mucho mejor que la casa de Sutera y tenía tres habitaciones.
—Las chicas se pueden quedar juntas en una habitación —dijo Annette—. Los chicos compartirían la otra. La matrimonial sería de Franco y mía.
—¡Es linda! —exclamó Filomena, que estaba entusiasmada con todo lo que veía—. ¡Y tiene electricidad!
La observé mientras suspiré. A mí me parecía muy pobre y miserable. Solo tenía unos sillones viejos en la sala y una cama en cada cuarto. Ningún aparato electrodoméstico. ¡Pero estaba en Roma!