55 . UNA PASIÓN DESGARRADORA
LILIAN:
Al no darle importancia a las cosas tan crudas que le describía Alessandro a mi hija, que sucedían en la vida, hice que Alessia no le creyera sobre las enseñanzas del mundo real que se empeñaba en enseñarle.
Pero yo no le contaba la verdad cuando ella me preguntaba si lo que él le decía era cierto.
Prácticamente la hice creer que le contaba esas cosas para que tuviera miedo y no se fuera sola a vivir la vida lejos de la familia.
¿En qué diablos estaba pensando?
Tenía que haberle dicho que eran verdad, que todo lo que ella venía a preguntarme ¡era cierto! Pero no lo hice. ¡No lo hice! Dejé que en mi hija creciera la desconfianza por su padre, al punto de no creer nada de lo que le explicaba, aunque ella estaba consciente de que era real. ¿Por qué lo hice?
Miré la reacción de mi esposo y lo comprendí.
Pero me dolió y me estaba matando la culpa.
Ahora supe por qué lo hice. Estaba celosa de ver que mi hija, al aparecer su padre, se olvidaba por completo de mí.
En las noches, cuando enfermaba, clamaba por su papá, no por mí, y eso me carcomía, a pesar de tener a Kenet pegado a mí todo el tiempo.
Sentía celos del gran amor y apego que tenía Alessia con Alessandro.
Y sin proponérmelo, porque en verdad no lo hice premeditadamente, ¡pero lo hice!
Fui socavando la enorme confianza que sentía hacia él, haciendo que creyera en mis fantasías, sin medir, como siempre, el peligro de mis actos.
Y ahora tenía el resultado de haber hecho eso a mi inocente hija.
¡Solamente porque estaba celosa del amor de padre e hija!
Lo había entendido en todo ese mes y medio desde que no estaban ninguno de los dos a mi lado. Me había puesto celosa del amor de ellos cuando sentí que dejé de ser la mujer número uno en la vida del Capo di tutti i capi. ¡Ese puesto me lo quitó mi hija!
Inconscientemente luché contra eso. ¿Cómo pude hacer una cosa como esa?
Hacer que Alessia dejara de confiar y creer en su padre, lo cual representaba un enorme peligro para su vida.
Hice que despreciara a su familia, no solo a Alessandro.
Al criar a mi hija de esa manera, ella no solo hirió a su papá cuando gritó todo aquello.
El abuelo parecía ser el más afectado de todos.
Andaba casi llorando por los rincones con miedo a morir y no volver a ver a su adorada nieta.
Mi mamá lo regañaba todos los días y trataba de consolarlo.
Mis suegros me miraban ahora con recelo.
Camil había empezado a llevarme con ella a todas partes, como si temiera que hiciera algo parecido con mi hijo y lo perdiéramos también.
Trataba de enseñarme con disimulo cómo debía ser una buena mamá, mientras todos mantenían a Kenet lejos de mí.
Mi cuñada Alexia, que no hablaba con nadie y lo hacía conmigo, me odiaba.
Mi mejor amigo Migue y mi hermana Lucy, aunque no me decían nada directamente, me miraban con pena.
El único que más o menos no había cambiado era Rufo.
Sabía que, como Consiglieri y hermano de Alessandro que era, al cuidarme a mí, lo cuidaba a él.
Me sentía muy mal por todo lo que provoqué al no detenerme a analizar lo que hacía. Aunque estaba muy arrepentida, sentía que no podía hacer nada. Y encima de todo eso, ese terrible problema que me quedó de la operación me tenía al borde de la locura.
—Ale…, por favor… ayúdame… —sollocé incontrolablemente.
—¡No quiero nada en estos momentos! —Se negó categóricamente—. Solo subí a cambiar de ropa para complacer a mi único hijo. ¡Déjame tranquilo!
Y sin más, se fue al baño desnudándose. Cuando lo vi venir de nuevo, me costó mucho aguantar para no saltarle arriba, pero estaba realmente muy molesto.
—Ale, por favor. ¿Se te olvidó mi problema? —le pregunté con un hilo de voz, temiendo que se negara de nuevo—. Llevas más de un mes sin tocarme, no aguanto más. O me lo haces o iré a pedirle a Rufo que lo haga.
—¿Qué? ¿A qué te refieres? —Se giró de inmediato al escucharme.
—¡A mi problema, Ale! ¡Al problema que me quedó de la operación!
¡Lo sabes muy bien! —grité, desesperada y llorando a mares—.
Me estoy volviendo loca. No solo es lo de Alessia, que no me has querido decir qué hiciste con ella, sino que te fuiste a dormir allá abajo y me abandonaste.
Está bien, sé que tengo la culpa de lo que pasó, pero tú no estás exento.
La complacías en todo y nunca me desmentiste. ¡Debiste hacerlo!
Alessandro se quedó mirándome en silencio. Sabía que era verdad lo que le decía, aunque le doliera reconocerlo. Ambos teníamos la culpa de lo que pasó. Luego se acordó de cuál era el problema y se dio cuenta de que había hecho mal. No debió descuidarme tanto.
—Ven aquí —me pidió desde la ducha.
Enseguida me desnudé y fui a donde estaba, estremeciéndome al sentir cómo las manos de Alessandro se enterraban en la carne de mis glúteos, presionando con fuerza y comenzó a nalguearme duro, con furia, al tiempo que con la otra mano me tiró del cabello.
—¡Salvaje! —Le dije, pero no se detuvo.
Grité con todas mis fuerzas dejando que me soltara el nudo que tenía en la garganta atascado desde que sucediera todo, hasta sentir cómo se detuvo y me abrazó con fuerza, dejando escapar un fuerte gruñido de su pecho que hizo que lo estrechara con todas mis fuerzas.
Dejamos que todo el dolor contenido en nuestros pechos se desbordara.
Sintiéndonos ambos miserables, derrotados y con el sentimiento de haber fallado como padres.
Entre lágrimas pasamos a besarnos desesperadamente.
Y aunque en ocasiones sentí cómo Alessandro con sus mordidas me castigaba, disfruté de sus manos calientes recorriendo mi excitado cuerpo.
Sentía que ardía ante el toque maestro de mi esposo.
Subí la cabeza dejando que deslizara su lengua desde mis labios hasta mis pechos, succionándolos con vehemencia y arrancando casi un alarido de placer de mí, que estaba desesperada.
Su húmeda lengua recorrió como cientos de veces antes mi cuerpo, hasta llegar al manantial de la vida, haciendo que subiera una de mis piernas para enterrarse allí en su más que lista cavidad.
—¡Ale...! —gemí enloquecida ante el placer que me daba mi enfurecido esposo y que tanto necesitaba.
Alessandro subió de nuevo dejando una marca de saliva por todo mi cuerpo, hasta llegar a mi boca anhelante e introducirme como un hambriento en la suya. Succionaba con fuerza mientras toda su masculinidad se tensaba restregándose contra mí, sin darme todavía lo que sabía que tanto necesitaba.
Eran muchos los años conociéndome, enseñándome a su antojo, llevándome al éxtasis.
Sabía cómo hacerme alargar el disfrute, cómo hacer que estallara cuando lo decidiera.
Me había convertido en su complemento perfecto.
También me percaté de que él me había extrañado y necesitado con verdadera lujuria todo ese tiempo que no me tuvo.
Lo sentí estremecerse completamente y lo supe: había llegado el momento.