¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 54 . REMORDIMIENTOS TARDÍOS
21%

54 . REMORDIMIENTOS TARDÍOS

LUCILA:

En casa de los Minetti habíamos preparado una pequeña fiesta para Kenet, aunque todos estábamos muy tristes porque era Alessia la que siempre la hacía. En mi cuarto de computación seguía empeñada en dar con ella sin resultado alguno.

—Deja eso amor y vamos —me llamó Damián—. Ya te dije que conozco a Alessandro. No va a pasar más de tres meses sin ir por ella.

—¿Lo crees en verdad? —pregunté queriendo que fuera verdad—. Tenemos tantos enemigos que me asusta que la descubran y la tomen. Mi sobrina es demasiado impulsiva. Es la copia exacta de mi cuñado, con la cabeza llena de mariposas de su madre.

—Hablando de tu hermana —cambió de tema mi esposo—. Lucy, creo que tienes que disculparte con ella. Lo que dijiste aquel día, aunque era verdad, fue muy cruel. Todos tenemos la culpa.

—Lo sé, estaba tan furiosa con ella —reconocí al momento—. Mira que le dije que dejara de decirle mentiras a Alessia. Pero ella seguía pintándole el mundo color de rosa. ¡Como si no hubiese vivido en él! Estoy más molesta conmigo que con ella.

—¿Por qué? Tú trataste de decirle la verdad a Alessia —dijo Damián.

—Es verdad, pero no lo hice como debía —dije arrepentida de no haber actuado como una verdadera y responsable tía—.

Tenía que desmentir a mi hermana. Haber llevado a Alessia y enseñarle dónde vivimos, casi como unas pordioseras, no sé.

Ir como quería Migue a que los amigos de Lilian le dijeran la verdad y le enseñaran el mundo.

Pero por cobarde no lo hice, y mira las consecuencias.

—No te culpes más, ya eso es pasado. Ahora debemos enfocarnos en el presente y estar listos para cuando regrese, para hacer que Alessandro la acepte de vuelta —amaba a mi esposo, era muy inteligente y siempre pensaba tres pasos por delante—.

Pero insisto en que debes disculparte y apoyar a tu hermana.

¿No viste lo demacrada que está? Está sufriendo mucho, te necesita.

En verdad le había estado huyendo a Lilian. Además, ella y Rufo se la pasaban en el hospital haciendo operaciones y casi ni regresaban. Pero ese día debía estar muy dolida. Alessandro se fue con Kenet a esa excursión que había preparado Alessia para toda la familia y la dejó atrás.

Por eso era que no me detenía en mi búsqueda por internet.

Casi había revisado todas las ciudades de Italia y nada.

Hasta un programa para detectar su rostro le robé a la policía.

Pero Alessia estaba desaparecida. Donde quiera que la llevó Alessandro, no debía haber internet, sino ya la hubiera encontrado.

—De acuerdo, iré a ver a mi hermana ahora —me levanté para ir—. Oye, ¿sabes a qué hora dijeron que iban a regresar Alessandro y Kenet?

—Antes de que inicie la fiesta —contestó sentándose en la computadora—. Ve, yo todavía tengo trabajo.

Me alejé despacio rumbo a la habitación de Lilian a ver si lograba hablar con ella. Debía estar muy triste. Mientras recorría el pasillo de la segunda planta, escuché su voz dando órdenes en la planta baja. Tomé aire y bajé a su encuentro. Había bajado de peso. Ojalá ese día todo saliera bien.

ALESSANDRO:

Ya habíamos hecho todo lo que le prometí a Kenet, aunque estaba muy desconcentrado.

El hombre que vigilaba a Franco en Sutera me dijo que desaparecieron de allá.

Salieron huyendo porque los atacaron en su finca y les quemaron todo.

Nadie sabía para dónde se fueron o si los atacantes lograron su cometido.

Eso solo significaba una cosa: ¡Alessia estaba en Italia sola y desamparada, o la atraparon sus enemigos!

Al llegar a la casa, lo primero que hice fue llamar a mi jefe de seguridad Humberto.

Pero me dijeron que estaba haciendo unas entrevistas de trabajo.

Por lo que me dirigí al lugar donde las realizaban.

Le pedí que cuando terminara viniera a verme.

Después de un rato, subí a bañarme y cambiarme de ropa para bajar a comer con la familia.

Se lo prometí a mi hijo. Los había estado rehuyendo a todos, pero era tiempo de que volviera todo a la normalidad.

Al entrar a mi habitación, vi a Lilian sentada en la cama abrazada de sus rodillas. Al verme, corrió a mi encuentro y, sin más, me abrazó y besó desesperada.

—Tienes que ayudarme Ale, ya no aguanto más —me pidió sin dejar de besarme y acariciarme como una desquiciada, queriendo abrirme el pantalón.

Traté de alejarla de mi cuerpo, pero ella no me dejó. Siguió abrazándome y besándome como una maniática, hasta que al fin la alejé a la fuerza.

—¿Qué te pasa? ¡Aléjate de mí! ¿Es que acaso me ves con ganas de algo? —pregunté furioso de que ella se comportara así.

Todavía no le perdonaba la culpa de haber castigado a Alessia. Y ahora, por eso, quién sabía si su pequeña hija estaba siendo torturada o tal vez había sido asesinada. ¿Y ella quería divertirse sin importarle nada? La miré con rabia. Sabía que ella no era la única culpable.

¡Él era el mayor culpable por olvidarse de quién era en verdad su mujer!

Aunque no había vuelto a cometer locuras que la llevaran a correr peligro y de cierta manera lo había obedecido en todo siempre.

¡Él olvidó su naturaleza ingenua y de querer ver solamente lo bueno!

Estaba realmente furioso conmigo mismo más que con ella. ¡Sentía que falló como padre!

Porque aunque sabía que ella no hacía bien pintando la vida de las personas pobres relajada y feliz, ¡nunca la desmentí!

Creí que como entrenaba a Alessia y le hablaba crudamente de cómo era la vida afuera, por mi mente no pasó que ella, aunque era casi su copia en todo, era hija de Lilian.

Que le inculcó esa inocencia y deseos de tener una vida normal, sin persecuciones, miedos, ataques o guardaespaldas siempre observando y controlando hasta el más mínimo detalle de lo que hacía.

Me culpé de haber ahogado a Alessia, de no haberla llevado a ver esa miserable vida como hice con Kenet.

De no permitir jamás que ella pasara el más mínimo trabajo.

De hacerla sentir que el mundo giraba a sus pies y que por ser mi princesa podía hacer lo que quisiera y ser obedecida en todo. ¡Yo era el mayor culpable!

Por no detener a Lilian y no prever que la mezcla del carácter de los dos diera por resultado la forma de ser de mi querida hija.

Nunca nos detuvimos a analizar el modo en que la estábamos criando.

Y aunque veía las señales de peligro por todos lados, no les hicimos caso.

Dejé que mi hija siguiera en esa bola de cristal donde creí que la mantenía segura, y ahora estaba sufriendo las consecuencias.

Observé a Lilian después de que la empujé lejos.

Se abrazó a sí misma, llorando. Reconocí que ella también tenía los mismos sentimientos encontrados y culpables que yo.

Sabía que debió en algún momento contarle la verdad a su hija.

Sobre todo, no dejar que me mirara como lo hacía, ni mucho menos que la sintiera como un mafioso abusivo que le había robado su libertad y obligado a estar con él a la fuerza.

¡Nunca debió permitir eso!