53 . DE REGRESO A ROMA
FRANCO:
Mientras el tren avanzaba a toda velocidad, repasé todo lo sucedido la noche anterior, después del arrebato de Alexcía.
En la habitación la abracé muy fuerte, escuchando cómo sollozaba todavía en sueños.
Esa niña estaba realmente muy traumatizada.
¿Por qué saldría corriendo al escuchar sobre el dragón negro?
¿En qué estaba metido mi hermano Ronaldo?
¿Se habría metido en esa organización sin decirme?
Demasiados misterios. ¿Qué fue lo que le hizo a Alexcía para que estuviera así?
—De acuerdo, yo tampoco iré a visitar a mi familia. Esta vez tenemos que saber la verdad —escuché a Annette sentada a mi lado—. Sé que te preocupa la seguridad de las niñas. Las cuidaremos bien Franco, no dejaremos que les pase nada.
Habíamos salido en el tren de las seis de la mañana.
Sacamos pasaje para Montefalco, por si alguien nos seguía.
Allí tomaríamos un autobús e iríamos cambiando en cada ciudad, hasta Roma.
Tenían razón todos. A lo mejor vivir allí ayudaría a Alexcía.
Además, la podríamos atender con un buen psicólogo.
No podía seguir así. Tenía que haber investigado si era mía desde que sospechamos por el enorme parecido con Filomena y mi madre.
—Disculpa Franco, fue mi culpa que no lo hicieras —escuché a Annette, que pareció que leyó mis pensamientos—.
Si llego a saber que la pobrecita iba a sufrir tanto, no te lo hubiera impedido.
Además, en realidad se parece a tu madre.
Podía ser por Ronaldo, que era su hijo también.
Eso no era suficiente prueba para creer que era tuya, a pesar de lo que te hicieron.
Cometimos ese error, pero ahora la cuidaremos bien.
Se va a curar, ya verás. Solo tenemos que amarla mucho.
—Gracias Annette, por comprender —dije realmente agradecido.
Fui un tonto. Nunca imaginé que mi hermano menor Ronaldo me engañaría, incitado por esa arpía que tenía por mujer. No sabía por qué tenía la sospecha de que ella estaba detrás de todo lo que le pasó a nuestra familia.
—No contactaremos con nadie de la familia —le advertí a Annette—. Tengo que encontrar a un buen amigo que luchamos juntos en la guerra. Me prometió ayudarme, deberé viajar a Milán.
—¿Milán? ¿No fuiste una vez y no lo encontraste? —preguntó Annette mirando hacia donde iban Bosco y Filomena.
Asentí. Había ido a Milán, pero me dijeron que mi amigo se había mudado a Roma.
Antes de que fuéramos a hacer otra cosa, quería tratar de encontrar trabajo en una agencia de otro conocido mío.
A lo mejor nos ayudaba empleándonos a todos.
Luego vería si entre el dinero que tenía Bosco y el que tenía yo, lograríamos hacernos de una casa.
—Haremos todo lo que digas, Franco —dijo Annette—. Está bien, tú sabes mejor que yo.
—Seguro logro encontrar un trabajo de seguridad muy rápido. Tenemos varios compañeros que viven y trabajan en Roma —le recordé—. Solo quiero contactar con gente de mi entera confianza.
—Sí, tenemos que ser muy cuidadosos —estuvo de acuerdo—. No podemos avisar que regresamos.
—Han pasado muchos años desde que nos fuimos. De seguro nadie espera que regrese. Iré a ver algunos. Incluso puede que nos contraten a los tres. Ray y Bosco son fuertes —observé a Bosco dormitando con Filomena—. ¿Crees que hicimos bien en traerlo?
—No viste a tu hija cómo dijo que sí. Ellos se aman desde niños.
Mejor que viniera con nosotros y no dejar que el padre lo hiciera un bandolero —dijo Annette siguiendo mi mirada—.
Es un buen chico, solo tienes que educarlo para que se le bajen las ínfulas de príncipe que tiene. Siempre te ha respetado.
La noche anterior, cuando al fin Alessia había dejado de llorar, la obligamos a comer una sopa caliente. Se había dormido junto a Filomena, que la abrazó durante toda la noche. En la madrugada no se despertaba, por eso la cargué dormida y la traje a la estación.
—Parece que el somnífero que le dio el doctor es muy fuerte —dijo Filomena preocupada.
—Mejor así, seguirá durmiendo en el tren —dije sin dejar de observarla.
Cuando llegó la hora de abordar el tren, subí con Alessia dormida, todavía aferrada a mí. Así hicimos casi todo el recorrido, siempre pendiente de que no se sintiera sola.
Todo había salido como lo planeamos. Al llegar a las afueras de Roma, Alessia estaba muy callada, aún bajo los efectos de los somníferos.
Todo el tiempo la cuidamos con esmero. Ella nos siguió sin apenas darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
Al llegar a una mísera pensión, se acostó a dormir, siendo cuidada por Filomena.
Los hombres fuimos al encuentro de uno que fue mi subordinado. Enseguida dijo que sí, que estaban buscando hombres confiables para seguridad, y quién mejor que su coronel. De inmediato nos contrató. No era alto el salario, pero nos servía para vivir, prometiendo ayudar a buscar algo mejor.
—Eso es muy bueno —dijo Ray—. Ahora tenemos que encontrar una casa.
—Mañana. Debemos descansar y esperar que Alexcía se despierte. Ella conoce bien Roma —dije con la intención de ponerla a hacer algo para integrarla a la familia—. Regresemos, no me gusta dejarlas solas tanto tiempo.
Al llegar a la pensión, Alexcía todavía estaba dormida. Dije que la dejaran dormir todo lo que quisiera. Después de todo, era muy tarde.
—De acuerdo, ya compré comida —dijo Annette señalando la caja—. Es pollo frito con papas.
—Mañana tenemos que encontrar una casa —dije mientras me puse a comer pensativo—. Tenemos que pasar desapercibidos.
Esa noche apenas pude dormir, vigilando a Alexcía. A la mañana siguiente, al fin despertó bien y se puso feliz de ver que estaban en Roma.
—Buenos días, ¿cómo te sientes? —pregunté con cuidado.
—Estoy bien padre. Disculpa, no sé qué me pasó —dijo bajando la cabeza—. ¿Hay un teléfono?
Señalé el que estaba encima de la mesa. De inmediato la vi tomarlo y marcar un número. Escuché claramente una voz mecánica que decía que estaba fuera de servicio, y su expresión de desconsuelo. Siguió marcando varios números con el mismo resultado. ¡Todos estaban fuera de servicio!
—¿A quién llamas? —pregunté al ver cómo las lágrimas asomaban de nuevo a sus ojos.
—A mis amigos —contestó, pero me sonó a mentira.
Ella suspiró mirando hacia otro lado para que no viera cómo sus lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Parece que se me olvidaron los números —dijo en un susurro.
No insistí. Era evidente que estaba llamando a alguien muy importante para ella y no le contestó. Quien quiera que fuera, quizás era mejor que no contactara con ellos.
—Dijiste que conocías Roma —dije para distraerla—. ¿Por casualidad sabes algún lugar donde las casas son baratas