¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 52 . LOS MINETTI DE EXCURSIÓN
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52 . LOS MINETTI DE EXCURSIÓN

ALESSANDRO:

Me había ido con Kenet y mi cuerpo élite dirigido por Axel el pelirrojo.

Ahora me había dado por andar con él, dejando a Humberto en Roma cuidando de Lilian y los demás.

Salimos en medio de la noche sin que nadie en la casa se enterara.

Nos dirigimos hacia las montañas de Citanova para que no supieran dónde estábamos.

Le prohibí a Lucy que les dijera. Confiaba en ella, no lo haría.

—Mi Capo, mejor descendemos, llueve mucho —me dijo el piloto del helicóptero en el que íbamos.

Estábamos lejos de Roma y nos tomó unas horas llegar, pero llovía muy fuerte, por lo que les ordené descender. Pasamos el día en un motel esperando que dejara de llover.

—Papá, ¿no es mejor si dejamos el helicóptero aquí y subimos con caballos? Después mañana que nos recojan en lo alto de la montaña —preguntó Kenet, que estaba realmente entusiasmado con todo lo que le había dicho que haríamos.

—¿Caballos? —pregunté pensativo.

—Sí, me dijo el camarero que es lo que hacen todos —siguió diciendo Kenet.

—No es mala idea. Axel… —Lo llamé y vino enseguida—. Mira a ver si encuentras caballos. No regatees, paga lo que te pidan y que sean buenos. Nosotros saldremos bien temprano para las montañas y el helicóptero nos recogerá en la cima cuando despeje el tiempo.

Al otro día en la mañana, nos levantamos y los guardas me avisaron que ya tenían listas las bestias y que eran muy buenas. Salí con Kenet, que no dejaba de caminar listo para la aventura. Cuando vinieron con los animales, me asombré.

—Axel, ¿dónde compraste esos animales? —pregunté muy serio mirando para todas partes.

—Me los vendió un señor en el pueblo de más abajo.

Aquí no pude encontrar más. Los estaba vendiendo en una bagatela.

Me dio pena, porque al parecer no sabía su verdadero valor y le di mucho más, pero no llega ni a un tercio de su precio —contestó Axel mientras acariciaba a un caballo—.

Creo que ahora que los veo son de pura raza, mi Capo.

Si tengo razón, después lo buscaré para pagarle más, lo estafaron al señor.

¿Pasa algo? Son buenas bestias. Incluso no dieron problemas para montar en el helicóptero.

—¡Vaya papá, ese de ahí se parece a Azabache! —exclamó Kenet.

—Porque es Azabache, hijo —respondí mirando alrededor sin entender qué hacían allí—. ¿Dónde dijiste que los compraste?

Me explicó que fue en un pueblito más abajo, cerca de la estación del tren, mientras me preguntó qué sucedía. No por gusto había estado conmigo desde que éramos jóvenes.

—¿En serio es su caballo Azabache? —preguntó al escucharme—. ¿Eran unos ladrones los que me los vendieron? ¡Maldición, por eso estaban tan apurados en venderlos!

—¡No es eso! Deja de decir tonterías y llévame a ver al dueño ahora mismo. Le pagaré su real valor. Kenet, quédate aquí —y seguí a Axel, que me indicó que no estaba tan lejos.

Cabalgamos a todo galope hacia donde me indicó, hasta llegar a la posada. Descendimos y nos dirigimos rápido a la recepción. Axel me siguió sin entender, hasta que lo escuché preguntar.

—Señorita, ¿puede decirme si el dueño de ese caballo que vino ayer está aquí?

—No. Ya se fueron, iban a tomar el tren de la mañana —explicó con amabilidad.

—¿Sabe su destino? —Inquirí de nuevo—. ¿Estás segura de que se fueron?

—No sé hacia dónde se dirigen. Y ya se fueron.

Lo recuerdo porque una de las jóvenes anoche dio un espectáculo —la miré sin comprender—.

Salió corriendo como una loca llorando y llamando a su papá, después de que vendieron esos animales.

Pobrecita, dicen que estaba muy apegada a su caballo, y su papá lo vendió sin dejar que se despidiera de él.

Lloraba que daba pena. Por eso sé que eran ellos.

Pagaron bien temprano y se fueron para la estación del tren, que debe estar al pasar, si es que no lo ha hecho ya.

Salí corriendo, me monté en mi caballo y fuimos a dar a la estación del tren que acababa de pasar.

No podía ser que fuera Alessia, me dije.

¿Qué hacían en Italia? ¿Por qué vendieron los caballos?

Tenía que saber qué pasó. Por si en verdad era ella, debía cuidarla muy bien.

¿Por qué se irían de Sutera? Era un poblado muy tranquilo.

—Mi Capo, dice el de la taquilla que compraron pasaje para Montefalco. Seis tickets —escuché a Axel—. Era un matrimonio con cuatro hijos, dos varones y dos chicas.

Me quedé mirando la línea del tren. Ahora estaba muy preocupado.

Dejé a mi hija en muy buenas manos, solo quería que aprendiera cómo era la vida sin tener nada.

Investigué a Franco, supe que era un militar retirado y que todos lo respetaban en Sutera.

Sabía que la iba a cuidar muy bien. Pero ahora al parecer dejaron Sicilia y estaban en Italia.

¿Por qué? ¿Serían ellos, o solo vendieron los animales?

Había dejado vigilando los movimientos de Franco, si entraba o salía de la isla.

Cuando me avisaron que estaba buscando caballos, me las arreglé para mandarle el mío a mi hija.

Incluso hice que la tienda donde estaba comprando ropas a las chicas les hicieran una enorme rebaja y mandé que les dieran todas las cosas que podían necesitar dos señoritas.

Todo parecía estar marchando bien. Alessia se había recuperado de la gripe y hasta iniciado la escuela. ¿Por qué vendieron los caballos y aquí tan lejos? Algo se me escapaba, pero no podía hacer nada. Si hubiera sucedido algo con mi hija, estaba seguro de que me avisarían.

Le pagué mucho dinero a la persona que dejé vigilando a Franco. Aunque no viviera en Sutera, estaba al tanto de todo lo que pasaba allá, pues hablaba todas las noches con el alcalde por teléfono.

Lo llamé de inmediato y me dijo que iría a ver qué sucedió. Si estaban allá todavía, él era el único que realizaba ese viaje llevando y sacando personas de ese poblado y no habían salido con él.

—¿Hay cámaras de seguridad en esta estación? —pregunté a continuación.

—No, ni en la posada tampoco, ya averiguamos como siempre —contestó Axel—. ¿Puede explicarme qué sucede, mi Capo?

Guardé silencio pensativo, sin saber qué pensar. Ahora me arrepentía de no haber dejado un guardia vigilando a Alessia. Resoplé sintiendo una gran impotencia. En cuanto terminara de complacer a mi hijo, iría personalmente a investigar. Aunque quería ir ahora mismo, me contuve.

Tenía que cumplir el deseo de cumpleaños de Kenet.

Franco y su esposa eran muy buenos, no dejarían que le pasara nada a Alessia, si eran ellos.

Ray, el primo, también sabía que era un gran luchador.

Mi hija estaba en buenas manos. Eso sin contar que ella sabía defenderse. Ya me lo demostró. Debí dejarle armas.

Como no podía hacer más nada, regresamos raudos a donde dejé a mi hijo, que me miró preocupado.

—¿Qué está pasando, papá? ¿Por qué dices que ese caballo es el tuyo? —preguntó en cuanto me vio.

—Me confundí, hijo. Fui a ver si tenía una hembra para aparearse con el mío —contesté, no queriendo decir que sospechaba que su hermana estaba cerca—. Esos cinco animales valen una fortuna. Vamos, tenemos que escalar esa montaña antes de que empiece a llover de nuevo.

—Sí, es emocionante. Luego nos lanzaremos en paracaídas y de ahí correremos en nuestros autos, ¿verdad? —Se montó en el caballo emocionado—. Tenemos que llegar a Roma en la noche para mi fiesta.

—De acuerdo, vamos —subí en Azabache y me emocioné al ver las trenzas que poseía. Eso era obra de mi hija. Ella estaba en Italia, y eso era muy peligroso.