51 . PRIMERA RUPTURA
FRANCO:
Miré a Filomena y Bosco abrazados y sonreí.
Luego a Alexcía, que conversaba con Ray, y fui a su encuentro.
Estaba muy preocupado por ella. A simple vista podía notar que estaba muy perturbada.
No había dejado de limpiarse las lágrimas por momentos o de suspirar todo el tiempo, por lo que me pregunté: ¿qué era lo que tenía que hacer con esa hija que no conocía y que se veía que había sufrido mucho?
Estaba claro que no estaba acostumbrada a los trabajos pesados ni a vivir en el campo, y ahora mis enemigos nos habían encontrado, haciendo que huyéramos. Nada bueno para su salud mental.
Por fin llegamos de noche a nuestro destino. Bajamos en medio de una fuerte lluvia. Los guié hasta un poblado que tenía una pensión y alquilé varias habitaciones. Ray y yo nos fuimos a ocuparnos de los animales y dejamos a las mujeres cambiándose de ropa por una seca.
—¡Tuvimos tremenda suerte! —dijo Ray al encontrarnos con ellas, que ya estaban en la recepción—. Había unos guardias de un tipo millonario que, en cuanto vieron los animales, los compraron.
—¿En serio? —preguntó Annette.
—Sí —contesté sacudiendo la lluvia—. No regateó ni nada.
Yo le dije un precio altísimo para luego regatear, pero no.
Miren, me pagó más de lo que le pedí. Dijo que esos caballos valían muchísimo más de lo que les estaba pidiendo, que eran de pura raza.
No les miento, miren la enorme cantidad de dinero que me pagó por ellos. Luego los tomaron y ya se los llevaron.
—¿Ya los vendieron? —preguntó Alessia—. Quería despedirme de Azabache.
—Lo siento, mi prima. Fue todo muy rápido.
Tenían un enorme helicóptero militar y se los llevaron con ellos —contó Ray—.
Los caballos montaron muy bien. Es la primera vez que veo unos animales que no les asusta el sonido de las aletas de un helicóptero.
Montaron como si lo hicieran de toda la vida.
¡Increíble! Estoy por creer que son de pura raza de verdad y que el dueño los llevaba con él para todas partes.
—¿Un helicóptero militar dijiste, Ray? —preguntó Alessia de nuevo con una emoción que no comprendí—. ¿Y los caballos montaron como si nada?
Ray asintió. Le explicó que parecía que estaban acostumbrados a hacerlo. Los hombres los tomaron por las bridas y los subieron como si estuvieran entrando al granero, en vez de a un helicóptero militar.
—No era militar, Ray. Tenía una cabeza de un dragón negro pintado —aclaré enseguida—. Ningún helicóptero militar le pinta eso.
—¿Un dragón negro? ¡Papá…! —Gritó Alexcía de pronto y salió corriendo.
ALESSIA:
Al escuchar que el helicóptero de mi padre andaba cerca, salí corriendo bajo la lluvia, llamándolo desesperadamente a gritos.
Todo el miedo y la agonía de la separación al saberlo cerca salieron de mí sin que pudiera contenerme.
Recorrí como poseída el lugar donde estuvo parqueado el helicóptero personal de mi padre.
Era el único que tenía un dragón negro y lo usaba cuando quería estar solo.
¿Qué estaría haciendo allí? ¿Se enteraría de que yo corría peligro y vino a recogerme? No. Si fuera así, ¿por qué no me buscó? Debía ser una coincidencia, o tal vez solo era Humberto que vino por los caballos, no por mí. Mi papá aún no me perdonaba.
Cuando al fin me percaté de que no había nadie esperando o buscándome, la dura realidad del abandono total me chocó, hiriéndome profundamente. Me dejé caer de rodillas llorando desconsoladamente, mientras decía una y otra vez:
—Perdóname, papá, perdóname y llévame contigo…
Todos se quedaron desconcertados ante mi reacción. Franco salió corriendo detrás de mí. Cuando al fin me detuve, me abrazó muy fuerte, con el corazón apretado y un nudo en la garganta.
—Estoy aquí, hija mía. Papá está aquí y nunca más se separará de ti. Perdóname, cariño, y deja de sufrir así. Vamos, deja que papá te cuide —entre más me decía esas cosas, más lloraba, abrazada a él.
—No llores, mi hermanita. Aquél no era tu papá, es éste que está aquí —decía Filomena llorando al verme así.
Pero en ese momento de agonía, mi mente parecía que se había detenido ante el gran dolor que estaba experimentando. En ese momento sentía que no los conocía y buscaba a mi padre con la mirada perdida.
—Cárgala, Franco, no podemos dejar que siga bajo esta lluvia. Se enfermará más —dijo Annette tratando de impedir que la lluvia me mojara—. Vamos a entrar o enfermaremos todos. Ray, ayuda a Franco. Bosco y Filomena, vayan a ver qué podemos comprar caliente.
—Mejor que Ray vaya con Bosco, mamá. Yo voy contigo a bañar a Alexcía —dijo Filomena.
Franco me cargó, estrechándome muy fuerte contra su corazón, mientras seguía diciéndome que papá me cuidaría.
Me llevó hasta la habitación. Estaba en un estado nervioso y de enajenación muy grande.
El miedo, el sentimiento de abandono que sentía y la certeza de que mi padre realmente me había expulsado de la familia fueron más de lo que mi sistema nervioso pudo soportar.
Por eso, ahora presa del más terrible e irracional miedo, me abrazaba de Franco sin querer soltarlo, mientras le pedía que me perdonara y que no me dejara nunca más. Era como si, en vez de Franco, creyera que era mi verdadero padre.
Franco, con lágrimas en los ojos, me estrechaba muy fuerte, mientras Annette me secaba y me envolvía con toallas.
Filomena llenaba la bañera de agua caliente.
Cuando al fin lograron hacer que me desprendiera de él, salió rápidamente en busca de un doctor.
Entre Filomena y Annette me bañaron y acostaron.
Luego el doctor me recetó un sedante porque no dejaba de llorar y de pedirle perdón a mi papá.
—Le sugiero que, en cuanto regresen a su hogar, la atiendan con un psicólogo —había dicho el doctor—. Esta chica está presa del más terrible miedo a ser abandonada. No la dejen nunca sola y denle mucho amor. Tienen ante todo que hacerla sentir que está segura y que forma parte de su familia.
Luego de que se retirara el doctor, que siguió dándole consejos a Franco mientras lo acompañaba a la salida, lo sentí regresar para acostarse a mi lado. Instintivamente al sentirlo, como hacía mi papá, me metí en sus brazos sollozando.
—En verdad está muy traumatizada Alexcía.
Esa discusión que tuvo con Ronaldo antes de que ellos murieran la está matando.
Se siente culpable a lo mejor de su muerte —dijo Annette mientras me limpiaba las lágrimas que me rodaban por el rostro.
Luego se acostó al otro lado, como hacían cuando Filomena se enfermaba—.
Y parece que se apegó mucho a su caballo.
Debiste dejar que se despidiera de él. Tenemos que irnos a Roma.
Al menos estará en los lugares que ella conoce y a lo mejor hasta podemos encontrar a su novio.
Haremos las cosas bien Franco, no podemos seguir escondiéndonos.
Tenemos que saber qué pasó con tu familia.
—Está bien —lo escuché aceptar—. Pero todavía no le diremos nada a las niñas ni a Ray de quién soy en realidad. No quiero que se hagan ilusiones.