¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 49 . LA PROPOSICIÓN
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49 . LA PROPOSICIÓN

FILOMENA:

Lo miré sorprendida y emocionada al saber que hizo eso por mí. Extendí mi mano y vi cómo Bosco, algo nervioso, se apresuró a poner el hermoso anillo en mi dedo. A pesar del tiempo que lo mandó a hacer, mis dedos seguían siendo delgados y me sirvió sin ningún problema.

—¡Es precioso! —exclamé mirándolo con admiración—. No tienes que comprar otro, este está perfecto. Nunca lo vi. Se parece al que dibujaba de niña.

Entonces vi cómo él bajó la cabeza y buscó en su billetera, extrayendo un papel amarillento.

—¿Bosco? ¿Cómo? —Era el anillo que había dibujado yo hace mucho.

—Lo recogí del suelo cuando lo botaste y lo mandé a hacer con un conocido de papá. Me dijo que tienes buena mano para dibujar joyas —me contó sin que pudiera creerlo—. Me costó más caro por ser una pieza única, pero lo pagué con mi dinero, Filo, créeme, no utilicé el de papá.

Lo observé sin saber cómo reaccionar ante eso.

¿Por qué mantuvimos todos esos secretos toda la vida?

Bosco realmente me amaba con todo su corazón y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por complacerme.

Me di cuenta de que me conocía como nadie en el mundo.

Sabía que si me compraba el anillo con el dinero de su padre, no lo hubiera aceptado, y ese era el motivo por el que nunca lo recibí ni siquiera lo miré.

Y ahora resultaba que era uno que yo dibujé de niña y que él, con su esfuerzo de años, me mandó a hacer. Me acerqué despacio, mirándolo con adoración. Si antes lo amaba sin saber todo lo que había hecho por ganarse mi amor, ahora lo idolatraba.

—Gracias, Bosco. No sabía cuánto me amabas y me respetabas.

Perdóname por no haberte escuchado nunca y hacerte sufrir como lo hice —me paré de puntillas y le besé suavemente los labios—.

Te prometo que a partir de ahora te amaré con todo mi corazón y que jamás dejaremos de hablar entre nosotros para que no vuelvan a surgir malos entendidos. Te amo, Bosco.

—Espera, Filo —lo miré sin entender—. Sé que no es el lugar ideal, pero muero por escuchar por una vez la respuesta.

—¿Qué respuesta? —Me hice la desentendida.

Se arrodilló ante mí y lo encontré endiabladamente hermoso. Sus ojos brillaban desbordando el gran amor que sentía por mí y que me llenaba por completo. Siempre que se arrodillaba así, me decía palabras hermosas.

—Filomena Moret, te he amado desde la primera vez que mis ojos se posaron en ti.

Ese mismo día te adueñaste de mi corazón y mi alma.

Eres lo que siempre he soñado y anhelado en la vida.

Sin ti, nada tiene sentido para mí —continuó hablando sin dejar de mirarme—.

Mi adorada Filo, ¿quieres hacerme el honor de ser mi mejor amiga, mi novia, mi prometida, mi esposa, el amor de mi vida y madre de mis hijos?

Me incliné muy feliz de verlo una vez más delante de mí, pidiendo de la manera más romántica que podía imaginar que fuera su todo.

No era el lugar ideal, ni estaba lleno de rosas rojas y corazones, pero para mí era la petición más hermosa que me podía hacer.

Lo besé apasionadamente y, con su rostro tomado entre mis manos, le susurré sobre la boca:

—¡Sí, quiero! ¡Quiero ser tu todo, Bosco! Siempre lo he querido. Sí, te acepto como mi todo.

El semblante de Bosco se iluminó de una manera indescriptible. Me había hecho esa pregunta incontables veces, obteniendo siempre un "no" contundente. Por eso, al escuchar ese "sí" que tanto anhelaba, se puso de pie y me cargó, girando con alegría mientras me decía una y otra vez:

—¡Gracias, Filo! ¡Muchas gracias! No te vas a arrepentir nunca. Te haré feliz. Te lo prometo, te haré la mujer más feliz del mundo.

—¡Bájame que vamos a caer al mar! —reí feliz y asustada al ver que nos acercábamos peligrosamente a la baranda del barco.

Él me bajó, pero sin soltarme. Ambos éramos realmente felices. Volvimos a estrecharnos riendo, sin dejar de mirarnos. Bosco me tomó la mano para contemplar el anillo en mi dedo y me lo besó.

—Esperé y soñé mucho con escuchar ese sí, Filo. Con ver este anillo en tu dedo —me dijo sin poder dejar de sonreír.

Supe que pensó que jamás llegaría el día en que le diera esa respuesta, y no solo eso.

Le había dicho que lo había amado siempre.

Estaba casi convencido de que yo nunca aceptaría ser su esposa.

Por eso, cuando escuchó a Annette un día pidiendo a Franco que pensara en mandarme a estudiar a otro lugar, se aterró y obligó a su padre a realizar el compromiso.

Luego se enteró de que mi papá se había negado rotundamente.

Pero ya era tarde. El compromiso se había realizado y yo lo rechazaba y lo odiaba.

—Pasaba días enteros ideando cómo convencerte de que lo del compromiso era porque me daba miedo perderte.

Cuando escuché a tu mamá tratando de convencer a tu papá de mandarte lejos de mí, me aterré, Filo —me explicó por fin por qué de repente me obligó a comprometernos—.

No te miento, tuve tanto miedo de perderte que no pensaba claro y por eso lo hice.

Perdóname, ¿sí? Debí hablar contigo, decirte que me iría a tu lado a cualquier lugar del mundo al que te enviaran.

Si lo hubieran hecho, te hubiera seguido.

Luego no lo rompí para que la gente no pensara que te rechazaba.

Todo se volvió muy confuso. Pero soñaba con ver este anillo así en tu dedo. Te queda maravilloso.

—Y yo soñaba con decir que sí y aceptar este anillo —le dije sonriente, observando mi mano entre las suyas.

—¿De veras? —preguntó sorprendido.

—Sí que eres tonto, Bosco. ¿No veías cómo me alejaba llorando cada vez que te arrodillabas ante mí y me pedías ser tu esposa?

¡Si una sola vez me lo hubieras pedido sin testigos, te hubiera dado el sí y dicho lo que quería que hicieras!

—confesé muy seria, ante su mirada de asombro—.

Pero te empeñabas en hacerlo delante de la gente.

—¡Lo hacía para presionarte y que me dijeras que sí! —Se defendió—. En verdad fui un tonto, ¿verdad? Me hace tan feliz ahora saber que me has amado siempre como yo a ti, Filo.

Volvimos a besarnos apasionadamente para luego quedarnos abrazados, mirando el mar. Toda nuestra vida nos habíamos amado y lo seguiríamos haciendo. Ahora no le temía a nada. Había tenido mucho miedo de perderlo. Me estrechó fuerte. Ahora podíamos enfrentar el mundo sin miedo.

—¿Qué fue eso que escuchaste en casa de tu papá? —pregunté con curiosidad.

—Se estaban repartiendo las tierras de tu familia y la cosecha de uvas que dicen que va a ser muy buena este año.

Pero lo que más me asustó fue escuchar a un compinche de Benedetto exigirle a mi padre que te diera a él o mataría a todos.

Y él aceptó. ¡Papá aceptó darte a ellos, a ti, a mi prometida!

—Su pecho subía y bajaba furioso—. No sabes lo decepcionado que estoy de haber escuchado eso de mi propio padre.

No solo de aceptar, sino… sino de exigir cosas peores que prefiero no decirte.