47 . INTENTANDO REGRESAR A ROMA
ALESSIA:
Ray se quedó mirándome por un momento. Cambié la mirada porque sabía que casi me descubrí.
Al otro lado, vi a Filomena que estaba riendo feliz con Bosco, que solo la miraba embobado.
Sí que estaban enamorados esos dos. Hacían buena pareja.
¿Llegaría a saber lo que era ese amor alguna vez?
¿Qué pasaría con el chico que me perseguía?
¿Lo encontraría papá? ¿Sería enemigo o un enamorado?
—Me dijo la tía Annette que tenías novio y te ibas a casar, ¿es verdad? —Como si adivinara lo que estaba pensando, Ray me sacó de mis pensamientos.
No le contesté. Por alguna razón no quería decirle más mentiras. Suspiré pensando en que era el cumpleaños de mi hermano Kenet pronto y no podía ni felicitarlo. Ray, al ver que no contestaba, no insistió. Se puso de pie y se dirigió al puente a relevar a Franco, que vino a mi encuentro.
—No te quedes mucho tiempo ahí, hace frío —me dijo Franco agachándose frente a mí—. Mejor entra y siéntate con Annette. Todavía no estás bien, traje todas las medicinas.
—Está bien —me puse de pie con su ayuda. Iba a entrar, pero me detuve y le pregunté—. Padre, ¿por qué no vamos para Roma?
—¿Roma? ¿Es por tu novio? —preguntó Franco—. Me dijo Annette que te ibas a casar con él.
Suspiré ante tantas mentiras que había dicho.
¿Cómo podía decirle que no ahora? No debí decir que Kenet era mi novio, no sabía cómo arreglar eso.
Nunca tuve necesidad de decir una mentira.
Pero tampoco podía decirle que quería ir a Roma para avisarle a mi papá lo que pasaba en Sutera y pedirle perdón, aunque no me aceptara en la familia.
Franco se quedó observándome sin insistir. Luego, sin más, me abrazó. No sé por qué, me dio sentimiento que lo hiciera. Me recordó a mi papá, era un abrazo protector. Me eché a llorar sintiendo una gran impotencia porque los estaba engañando.
—Todo va a estar bien hija mía, deja de tener miedo —me dijo sin soltarme—. Papá está aquí y te protegerá.
Eran las mismas palabras que decía papá cuando me asustaba: "Papá está aquí y te protegerá." Franco me estrechó fuerte hasta que me calmé. Luego me introdujo en el puente, cubriéndome con su abrigo. Se sentó a mi lado sin soltar una de mis manos.
—Alexcía, estamos en grave peligro, por eso creo que la montaña es mejor para escondernos —respondió a mi pregunta.
—No lo creo. Roma es inmensa —dije decidida a convencerlo—. A nuestros enemigos les va a ser más difícil encontrarnos. Podemos disfrazarnos, papá tenía amigos muy poderosos.
—¿Los mismos que te dejaron sin nada? —preguntó muy serio.
Guardé silencio y bajé la cabeza. Me pasó un brazo por mis hombros y me atrajo hasta que recosté la cabeza en su pecho. Casi me acunó como una niña. Eso me estaba matando, porque entre más cariñoso se portaba, me sentía más culpable.
—Yo creo que Alexcía tiene razón Franco —opinó Ray—. También conozco a gente en Roma que nos puede ayudar.
—Pienso lo mismo Franco —dijo Annette para mi alegría—. Los que nos persiguen jamás se van a imaginar que nos dirigimos a Roma. Además, creo que es hora de volver y resolver todo. Las chicas ya crecieron, tenemos que hacerlo.
—¿Qué cosa tienen que resolver, mamá? —preguntó Filomena, que entró con Bosco.
—No ahora Filo, se los contaremos todo más adelante —dijo Franco mirando a Annette.
Se hizo un gran silencio en que todos miramos a Franco a la espera de que respondiera y decidiera. Aunque me tenía intrigada lo que acababa de decir Annette. ¿Qué sería lo que tenían que resolver en Roma? ¿Es que acaso vivían allá cuando pasó lo que me contó Ray?
—Tengo mucho dinero, mi suegro —agregó Bosco—. Podemos si no comprar, al menos alquilar una casa.
—Además, ¿no tenías que ir a ver lo de las propiedades que heredó Alexcía en Roma? —insistió Annette—. Esta es una oportunidad de hacerlo. Todos podemos trabajar para mantenernos. Y al fin podremos resolver el misterio de tu familia.
—¿Qué misterio? —preguntó de nuevo Filomena.
—Ya te dijimos que les contaremos todo después, Filo —dijo serio Franco.
—Está bien, pero di que sí papá —Filomena lo abrazó—. Así, mi hermana y yo podemos estudiar en una mejor escuela. También trabajaremos para ayudar en la matrícula. Bosco trabajará para mantenernos, ¿verdad?
Mi corazón saltó acelerado al escuchar a todos insistiendo en irnos para Roma.
Aunque no pudiera regresar a mi casa, encontraría la manera de ver a los demás aunque fuera de lejos.
Además, la ciudad era mi territorio. Estaba segura de que la tía Lucy me ayudaría a averiguar lo que querían saber.
Ella era la mejor hacker que existía en el mundo.
De ella nadie se escapaba. Solo tendría que pasar por una cámara de tránsito y me vería.
—Claro que te mantendré Filo —dijo Bosco y mostró una enorme bolsa llena de billetes.
—¿De dónde sacaste tanto dinero Bosco? —preguntó Franco—. ¿No lo habrás robado?
—¡No, no mi suegro! ¡Se lo juro! Este dinero me lo gané trabajando, otro me lo daba papá y nunca lo gasté —aclaró con orgullo—. Lo que dije es verdad, yo estaba planeando hace muchos años llevarme a Filo lejos de mi familia. Sabía que era la única manera de ser felices.
Se hizo un gran silencio. Franco se puso de pie y regresó a conducir el barco. No le insistimos más. Pero todos podíamos ver que estaba analizando todo lo que le dijimos. Mi corazón latió acelerado rezando porque dijera que sí.
—Está bien, nos vamos para Roma —aceptó Franco—. Pero no le pueden decir a nadie quiénes somos ni de dónde venimos, ¿capisci? Cambiaremos de apellidos y diremos que somos de Citanova.
Mi alegría era tan grande que salté feliz y junto a Filo lo abrazamos emocionadas.
Él solo se rió y se dejó hacer. La felicidad que me embargó era tan grande que lloré emocionada.
Todos me abrazaron muy fuerte como si sintieran lo que me estaba pasando.
Yo solo tenía una cosa en mi mente: "Le pediré perdón a papá, lo veré aunque sea de lejos. Veré a mi familia aunque sea a escondidas."
—Tenemos que deshacernos de los caballos al llegar a tierra —dijo Franco cuando lo soltamos.
—¿No los podemos llevar con nosotros? —pregunté, no queriendo dejar ese caballo negro del que cada vez estaba más convencida de que era Azabache, el caballo de papá, que me lo mandó. Entre más lo observaba, más lo creía. Hacía todas las cosas y trucos que recordaba que le había enseñado.
—¿Alexcía, qué vamos a hacer con caballos en medio de la ciudad? —preguntó Filomena.
Tenía razón. ¿Dónde lo íbamos a meter en Roma? Suspiré. Sabía que los teníamos que sacrificar. Si era verdad que era el de mi papá, me iba a doler mucho. Bueno, de seguro que cuando se enterara lo iba a buscar y comprar a cualquier precio. Papá no dejaría que nadie más fuera dueño de Azabache.
—Ya estamos llegando —avisó Franco—. Ray y Bosco quédense cerca de los animales, ya saben que se asustan siempre cuando van a desembarcar.
Observé a Azabache, que sacudió su gran melena que le había tejido y resopló al acercarme. Ojalá papá lo recuperara, era un buen caballo. Me dolería mucho si le pasaba algo.
Ay, Alessia. ¿Cuántas más personas o animales tenían que sufrir por tu comportamiento? ¿Por qué no me detuve nunca antes a pensar en todos ellos? No estaba sola. Tenía a muchos a mi alrededor que había lastimado por ser una malcriada. ¡Tenías que crecer Alessia, eras una mujer ya, no una niña!