41 . PRUEBA DE FUEGO
ALESSIA:
El estruendo de la risa de todos al escuchar a Marena hizo que se rompiera la aparente calma del aula. Pero eso era demasiado. No era una debilucha que le temía al acoso escolar.
—Mide tus palabras muchacha —dije poniéndome de pie en tono amenazante. Avancé hacia ella lista para abofetearla—. No te equivoques, no me conoces, tampoco te tenemos miedo. Tu padre será el alcalde, pero sin el apoyo del nuestro, no es nadie.
—¡Tú...! —Me señaló con un dedo.
Pero se detuvo al ver mi aura amenazante. El aula entera se quedó en silencio, sorprendida por mi reacción. Las chicas de su grupo se detuvieron también. Filomena se puso de pie y corrió a mi lado. Me tomó por la mano tirando de mí.
—Deja eso Alexcía —me dijo por lo bajo—. Siéntate, no busquemos problemas el primer día de clases.
Marena, al ver cómo Filomena se comportaba, se echó a reír junto a todo su grupo. Era claro que ella era la jefa del grupo. Los demás eran unos payasos, como eran los que me seguían a mí. Ahora veía lo que antes no, cuando estaba en su lugar.
—Sí, siéntate, siéntate Filomena, sabes muy bien lo que te conviene —dijo con arrogancia Marena—. Serás mi sirvienta muy pronto junto con tu ahora hermana, ja, ja, ja...
Me detuve e iba a seguir defendiendo a Filomena, pero me callé igual que todos con la entrada del profesor.
Era un hombrecillo un poco raro que, al entrar, lo primero que hizo fue observarme y un escalofrío recorrió mi columna vertebral.
Como si me advirtiera de un peligro. Pasó la lista por orden y luego se puso a explicar algunas cosas que ya me sabía de memoria, por lo que me aburrí y me puse a dibujar.
Hasta que lo vi detenerse a mi lado. Me arrebató la hoja y la miró.
—¿Si no le interesaba la clase señorita Alexcía, para qué se inscribió? —preguntó fríamente.
—Perdón profesor. Sí me interesa la clase y he escuchado todo lo que me ha dicho sin perder un detalle. Si quiere puedo repetirlo —dije poniéndome de pie e inclinando mi cabeza—. Fue mi error, no lo volveré a hacer.
—¡Vaya! ¡La huérfana de Roma está muy bien entrenada para ser sirvienta y todavía sueña con ir a París! —Gritó Marena haciendo que todos se rieran, hasta el profesor.
Apretté con fuerza mis mandíbulas como papá cuando se quería aguantar.
Mi dragón siempre había sido libre y quería acabar con esa chica por la humillación a que me estaba sometiendo.
Pero me contuve, recordando mi misión. Solo eso era importante para mí en ese momento.
El profesor se quedó mirándome sin decir nada.
Luego rompió la hoja, la tiró en mi mesa y continuó hacia el frente.
Me quedé sin saber qué hacer o decir. ¡Jamás en mi vida un profesor se atrevió a hacerme eso por miedo a papá!
—Siéntate Alexcía y no les hagas caso —dijo Filo tirando de mí.
Todos me miraban riendo burlonamente. Eso no iba a ser fácil.
De seguro hablaron entre ellos sobre lo que dije en la entrevista y ahora me despreciaban.
Ir a París era el sueño de todo diseñador.
Es que no sabía ni por qué existía esa especialidad en esa escuela de mala muerte.
Me senté y recogí el papel roto y lo guardé.
Allí no había librería, me dijo Ray. Había que ahorrar papel.
Cuando se acababa, tenían que ir en barca a buscarlo a otra ciudad y era muy caro.
¡Jamás me había parecido un papel tan valioso! Los desperdiciaba a manos llenas.
Atendí sin perder detalle la aburrida clase del extraño profesor.
Y así, entre burlas e insultos que tratamos de ignorar, pasaron las horas.
Por primera vez aprendí lo que era que te hicieran objeto de burlas y desplantes.
Era en verdad muy humillante. Nunca más lo haría ni permitiría que le hicieran eso a un compañero mío.
—Vamos Alexcía, es hora del receso —dijo Filomena—. Iremos a ver a Ray y comeremos la merienda que nos preparó mamá, él la tiene.
—Está bien, vamos —respiré aliviada.
Salimos de últimas otra vez. Llevamos todas nuestras cosas porque Filo decía que si las dejábamos nos las robarían.
Ese mundo era tan extraño para mí. Nunca antes tuve que preocuparme de nada de eso.
Avanzamos por el pasillo en busca de la salida, cuando prácticamente todos los chicos nos cerraron el paso y escuché una voz que me estremeció.
—Vaya, vaya, vaya, ¿qué es lo que tenemos aquí? —Exactamente la misma frase que dijera Benedetto, el tipo con quien luché. ¿Sería del grupo que lo seguía?
Cuando giramos para ver quién nos hablaba así, era un joven petulante que se parecía a Benedetto.
Tenían que ser familia, me dije. Pues como él, vestía con botas altas de montaña, un enorme cinturón y la camisa arremangada.
Nos dio la vuelta a las dos, que lo miramos sin miedo.
Alargó la mano para tocar mi rostro y le di un manotazo.
—¿Qué crees que haces? —Le espeté furiosa.
—Ja, ja, ja…, miren chicos, sí que es guapa, me gusta. Está decidido —se pavoneó delante de mí y dijo—. Alexcía Moret, soy Bernardino, tu novio a partir de ahora.
—¡Bernardino! ¡Deja las gracias con mi hermana! —Le gritó Filomena poniéndome detrás de ella—. Se lo voy a decir a papá. Vamos Alexcía.
Filomena me tomó de la mano y tiró de mí, pero Bernardino se atravesó y trató de agarrarme la otra.
Con un movimiento rápido se lo impedí y lo miré muy seria midiéndolo.
Estaba a nada de darle una patada que lo mandara lejos de mí.
Si mi hermano estuviera conmigo, no permitiría una cosa como esa, pensé. ¡Extrañaba tanto a Kenet!
Y fue cuando me percaté de que en verdad nunca tuve ninguna de esas experiencias.
Nadie se metía conmigo jamás. Mis guardias no dejaban que nadie se me acercara, ni mi hermano y primos tampoco.
Bernardino hizo caso omiso de lo que dije y siguió riendo mientras volvió a tratar de agarrarme con el mismo resultado.
—Sí que eres escurridiza, mi novia —dijo burlonamente.
—No te atrevas a decir que eres mi novio, no estás calificado para serlo —lo enfrenté sin miedo—. Jamás tendría un novio con tu aspecto.
—¿Qué tiene mi aspecto? Soy un verdadero hombre, de seguro no has visto uno como yo en Roma —siguió pavoneándose delante de mí—. No te asustes, te trataré muy bien, ja, ja, ja…, he decidido que serás mi novia y el que se te acerque, se las tendrá que ver conmigo.
—¡Bernardino, deja a Alexcía! ¿Quieres que se lo diga a papá? A ver si eres tan guapo para enfrentarlo. Vamos mi hermana —Le gritó Filomena realmente molesta y trató de sacarme del círculo que se había formado.
La miré con una sonrisa. Se había tomado muy en serio eso de que era mi hermana mayor que tenía que protegerme, a pesar de que teníamos la misma edad. Y ahí fuimos rumbo al exterior de la escuela, para encontrarnos con Bosco, el prometido de Filo.
—¿Qué pasó Filo? ¿Por qué estás molesta? ¿Alguien se metió contigo? —preguntó realmente preocupado.