40 . EN EL OTRO LADO
ALESSIA:
Nos levantamos bien temprano y nos pusimos el uniforme, solo el pantalón.
La saya la pondríamos en la escuela. Ayudé a Filomena a maquillarse levemente porque no sabía, decía que nunca antes lo había hecho.
Y ahí fuimos junto a Ray para el pueblo, lo hicimos despacio.
Por ir a caballo era menos tiempo. Ellos se quedarían con nuestro primo mientras nos esperaba cerca.
Se había tomado muy en serio lo de cuidarnos, lo cual me tranquilizó un poco.
De pronto vimos a Franco vestido de uniforme militar.
¡Vaya, era coronel! Eso sí que no lo esperaba.
Filo mencionó que era alguien, pero no pensé que tuviera un rango tan elevado.
Salió del interior de la escuela junto al que parecía el director, que asentía a todo lo que decía.
Esperó que llegáramos y saludáramos con respeto.
—Esta es Alexcía Moret, mi hija —dijo viniendo a mi lado y apoyó una mano en mi hombro—. ¿Entiende? Ella no es una huérfana, es mi hija que vivía con mi hermano. ¿Capisci? Si me entero de que le hacen algo, se las tendrán que ver conmigo. Haga que la respeten como a Filomena.
—Sí Franco, no te preocupes, velaré por ella —dijo el hombre asintiendo y me emocioné. Era como ver a papá cuidándome.
Supe que aunque le temieran a Franco, de seguro la pasaría mal, pero no importaba. Lo tenía a él para cuidarme. Ya veía que papá no me abandonó a mi suerte, me puso un buen guardián. Lo vi girar y entregarme una hoja.
—Te matriculé como a tu hermana, no eres auxiliar de nadie.
Pórtate bien y cuida lo que hablas —luego bajó la voz solo para que yo lo escuchara—.
Olvida tu vida anterior y recuerda lo que te dije, Alexcía, por favor.
Cualquier problema, Ray estará ahí afuera, solo tienes que llamarlo.
Filomena, cuida de tu hermana. Recuerda que no conoce esta vida, ¿de acuerdo?
—Sí, papá. No te preocupes, me conoces —contestó Filo tomando mi mano—. No dejaré que nadie la maltrate.
Franco se quedó mirándonos a las dos sonriente y, para mi asombro, nos abrazó como para dar a entender que no distinguía entre las dos, que éramos por igual sus hijas. Al tiempo me dijo muy bajo:
—Si ves un animal de los que hablamos, me lo dices.
Luego se separó y dijo alto, para que todos los alumnos que ya se habían aglomerado y nos miraban curiosos lo escucharan de manera amenazante.
—Director, dejo a mis dos hijas bajo su cuidado —luego recorrió a todos con su mirada amenazante—. Si alguien se mete con ellas, ¡se las tendrá que ver conmigo!
Era casi la misma frase que decía mi papá cuando me dejaba en algún lugar.
No sabía por qué todo me lo recordaba. Sería por lo mucho que lo extrañaba.
Siempre fui muy apegada a él. Pero ahora tenía una misión: iba a descubrir junto a Franco a todos esos que estaban empañando su reputación y la de mi familia. ¡Eso no lo podía permitir!
—Alexcía, vamos —Filo tiró de mi mano.
Entramos ante la mirada de asombro de todos por lo lindas que nos veíamos. No nos habíamos puesto todavía la saya por encima del pantalón, que nos hacía ver muy elegantes y únicas. Marena vino casi corriendo a nuestro encuentro y saludó a Filomena con dos besos y a mí me dijo hola.
—Filo, ¡qué ropa tan linda! ¿Dónde la compraste? —preguntó enseguida.
—Las hizo mi hermana —contestó Filomena pegándose a mí.
—¡Ah! ¿La hizo ella? ¿No son de marca? —preguntó con desprecio.
—No, pero no importa. A mí me gustan y son lindas —y pasó por al lado llevándome con ella. Me sentí igual que cuando Kenet hacía lo mismo conmigo—. Vamos Alexcía, que llegamos tarde a nuestra clase. Nos sentaremos juntas.
—¿Qué quieres decir? —intervino Marena cerrando el paso—. ¡Ella es tu auxiliar, no tiene derecho a entrar al mismo tiempo que tú en el aula de nosotros! ¡Es una huérfana!
—¡No lo es! —Gritó Filomena tomando el papel de la matrícula y moviéndolo en su rostro—. Es mi verdadera hermana y papá la acaba de matricular. Así que quítate del medio, no queremos llegar tarde.
—¡Filomena! ¿Cómo te atreves a gritarme así? ¿No olvidas con quién estás hablando? —Dijo furiosa Marena. Sí que era engreída esa niña, peor que yo—. Se lo puedo decir a papá y las expulsarán. No eres aún de mi familia.
—¡Y tú tampoco olvides quién es nuestro padre! —La enfrentó Filomena decidida y sin miedo—. Con una sola mano, derrumba al tuyo.
—Deja eso Filo, no vale la pena, vamos —le dije y la tomé por la mano tirando de ella.
Conocía a las chicas como Marena. Era engreída igual que era yo cuando estaba en Roma. No iba a descansar hasta hacer algo en contra nuestra. Por ahora tenía una misión más importante que estar siguiendo ese juego de niños.
—Camina Filo, no le hagas caso a sus provocaciones —le susurré para que se calmara. Estaba furiosa.
Nos alejamos del grupo que conformaban las chicas detrás de Marena, que nos siguieron. Al detenernos en la puerta del aula, se hizo la que tropezó y me echó un chocolate caliente sobre mi pierna. Salté sacudiendo enseguida mi pantalón.
—¿Qué crees que haces? —pregunté aguantando las ganas de darle un bofetón.
—Oh, disculpa, fue sin querer —dijo sonriendo y entró al aula seguida de las demás, que chocaron todas conmigo.
—¡Marena, que sea la última vez que hagas esto, te lo advierto! —gritó furiosa Filomena, y se giró preocupada hacia mí—. ¿Te quemó?
—No estaba muy caliente, no le hagas caso —respondí sacudiendo el pantalón.
Me gustaba Filomena, era la hermana que nunca tuve.
El pantalón estaba todo manchado, había que lavarlo.
Quería ir al baño y al mismo tiempo no llegar tarde.
Hasta que me acordé de la saya que no nos habíamos puesto todavía.
La saqué del bolso y me la coloqué ocultando el pantalón. Filomena hizo lo mismo y entramos.
Todos sin excepción abrieron la boca al vernos, asombrados.
Estábamos realmente lindas. Ni la Marena se comparaba con nosotras.
Tenía que tener mucho cuidado con ella. Yo no era abusiva, pero no me metía en lo que hacían los demás para congraciarse conmigo.
Ahora entendía por qué nunca me hice de una verdadera amiga, por qué papá decía que esas que se me acercaban eran títeres interesadas y nunca me dejó llevarlas a mi casa.
Nos tocó sentarnos al final del aula, algo oscura.
Lo hicimos juntas y sacamos los útiles que nos compró Franco en la ciudad.
Eran muy buenos, por lo que otra vez sentimos cómo nos miraban.
Sobre todo Marena, estaba que echaba humo por haberle quitado el puesto de la mejor vestida y la que poseía todo de afuera.
—¿Y eso Filo, ahora eres tú la que vive de la caridad de las cosas que le dejaron los padres a la huérfana? —preguntó Marena.
—No te metas conmigo Marena —amenazó furiosa Filomena—. Sabes que te soporto porque me comprometieron con el estúpido de tu hermano Bosco, sino no te hablara. ¡Ella no es huérfana, es mi hermana!
—Qué engreída eres —rió con desprecio Marena—. ¿Creías en verdad que te saludaba por otra cosa? ¿Crees que soy tu amiga? Soy yo la que te hago el favor de hablarte. No veo las horas de que mi hermano se case contigo. Incluso no sé ni para qué estudias. Para ser sirviente no se necesita hacerlo.