39 . LAS ENSEÑANZAS DE PAPÁ
ALESSIA:
Negué de inmediato con la cabeza mientras vi cómo Franco me observaba frunciendo el ceño. Aclaré que no sabía qué tenían que ver esos dragones con los Minetti. Pero a esa familia no les hacía falta robar. Se decía que ellos tenían tanto dinero que ni en tres vidas lo iban a gastar.
—Por eso les digo que no deben ser de ellos, ni de la organización secreta los dragones.
Repito, a ninguno de los dos les hace falta robar —hice hincapié en esa información.
Mi padre no era un ladrón—. Ambos tienen mucho dinero para venir a estos pueblecitos a robarle a los campesinos.
En cuanto a los Minetti, son una gran familia con una impresionante historia.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Annette.
Me quedé por un momento mirándolos fijamente. Los tres me miraron con diferentes expresiones. Sobre todo Franco, tenía la sensación de que él sabía de lo que le estaba hablando. No sé, pero era una sensación muy extraña.
—Ellos, que yo sepa, no son mafiosos —y son mi familia—. Los Minetti vienen de una casta de la realeza en Roma. Por sí solos, son inmensamente ricos.
—¿Y si es así, por qué todos dicen que se metieron a mafiosos? —preguntó Ray.
Me detuve un momento. Me embargó la duda de que ellos fueran enemigos de mi padre.
Aunque no lo parecía. Papá nunca me traería a un nido de dragones enemigos por muy molesto que estuviera.
Tenía que avisar de lo que estaba sucediendo para que le pusiera remedio.
Sabía que lo haría. Pero debía tener cuidado.
Me emocioné demasiado defendiendo a mi familia y ahora me miraban con sospecha.
—Lo que escuché en Roma es que muchas familias milenarias como la de ellos hicieron esa organización porque querían usar a las mafias para el bien de la humanidad —aclaré tratando de sonar calmada y fuera de ellos—.
No puedo decirle si son los jefes o no de los dragones, nadie sabe quién es el Uno, a no ser la décima.
Si no me cree, puedo darle el número de teléfono de una persona que sabe muy bien sobre eso y no me dejará en mentira.
Sugerí con la esperanza de que dijera que sí, mandarlo a llamar a papá o al menos al tío Rufo, que era el consigliere, para que le informara lo que estaba pasando allí.
—No hace falta Alexcía, confío en ti —dijo Franco mirándome con cariño, sonriendo como hace un padre a una hija. Le sonreí tímidamente.
No insistí. Parecería muy sospechoso si lo hacía.
Paciencia Alessia, ya encontraría el modo de avisar.
Bueno, al menos papá se aseguró de buscarme un buen padre.
Siguiera entonces el juego. Si en verdad me abandonó como le pedí, no era malo tener una familia en la que apoyarme.
Eso también me lo enseñó él, a adaptarme a cualquier circunstancia que se me presentara en la vida.
Cada hora que pasaba me convencía más de la gran sabiduría que poseía mi querido padre.
Nada de las cosas que me enseñó fue en vano, como creía.
—Entonces si es así, estamos llenos de enemigos de la familia Minetti en la isla, o de los dragones que mencionas —escuché a Franco.
—¿Por qué lo dice tío? Perdón, padre —me concentré de nuevo.
Para mi sorpresa sonrió y me explicó que llevaba un tiempo investigando. Y de cómo alardean tanto, había logrado ver los dragones de ellos. Los tenía en una lista, y todos tenían a un dragón negro bajo su pata.
—Ahora entiendo. Ellos se están reuniendo y reclutando gente en pueblitos como este, que no tienen electricidad ni modo de saber la verdad, para que los Minetti o los verdaderos dragones no los detecten —dijo pensativo—.
Vaya, sí que sabías de eso hija, me he quedado sorprendido.
Creo que me vas a ser de mucha ayuda por tus conocimientos de esa organización.
No le menciones a nadie más que sabes de ellos.
¿De acuerdo? Estaremos todos en serio peligro, sobre todo tú, si lo haces.
—¿Por qué odian a los Minetti? —Me atreví a preguntar.
—Aquí hija, esos enemigos nos han hecho creer que pertenecen a sus hombres, por eso odiábamos a los Minetti —contestó con seriedad—. Antes de que ellos aparecieran hace unos años, este era un poblado muy pacífico y seguro.
Miré fijamente a Franco. Eso tenía lógica, ya se me hacía extraño. Papá jamás me dejaría, por muy molesto que estuviera, en un territorio colmado de enemigos. ¡Jamás! Al parecer sabía de lo seguro que era ese poblado, por eso me mandó allí a darme una lección de vida.
Una alegría se adueñó de mi corazón al saber que, aunque me castigó al abandonarme en ese lugar, pensaba que era muy seguro. Perdóname papá y ven por mí, por favor. Estaba en un gran peligro si llegaban a enterarse de que era su hija.
—Ya me extrañaba que ellos robaran, mi primo, te lo vengo diciendo —dijo Ray apoyando lo que dije—.
Yo también escuché en Roma que los Minetti son súper millonarios y esa organización también.
¿Por qué iban a venir a robar a unos campesinos?
Todos los que la gente sospecha que son dragones tienen una buena vida. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Por el momento estar alerta. Sobre todo tú Ray, no podemos confiar en nadie de esta isla.
Todo indica que el dragón número Uno, sea de los Minetti o no, no sabe que ese lugar se volvió un nido de dragones enemigos de él —lo miré feliz de que hubiera llegado a esa conclusión—.
Debemos prepararnos, me parece que esto se va a poner muy feo.
—¿No podemos irnos de aquí, padre? —Me aventuré a preguntar—. Quizás movernos para la ciudad.
Todos guardaron silencio mientras intercambiaban miradas entre ellos.
Por un momento me pareció ver al jefe de seguridad de mi padre, Humberto, junto a su segundo Estefan y los gemelos, los tíos pelirrojos deliberando.
Estaba en verdad preocupada y asustada a la vez.
Si esa isla era un nido de dragones, yo, la hija del UNO, el dragón dorado, estaba en medio de ellos.
Tenía que escapar lo antes posible o no haría el cuento.
—Podemos —dijo Franco de pronto para mi sorpresa—. Pero soy el jefe de la seguridad del poblado. No puedo abandonar a las gentes aquí y dejarlos a merced de esos criminales. Pero lo haremos, te lo prometo.
No insistí. Sabía que tenía razón. Tenía que buscar la manera de avisar a papá lo que sucedía y que me había dejado en medio de un nido de dragones enemigos, seguidores del dragón del fuego, lo antes posible.