¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 36 . LOS CABALLOS
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36 . LOS CABALLOS

ALESSIA:

A pesar de todo lo que nos compró Franco, hice un bonito pantalón con una saya por encima que podíamos quitar y poner, y una blusa con mangas.

Y no tuve que hacerlo a mano, también trajo una rústica máquina de coser.

Mi ahora hermana estaba que no cabía de la alegría.

En verdad se veía muy linda con las ropas nuevas al estilo de la última moda en París.

Las hice iguales, solo de diferente color. Sería nuestro uniforme.

—¡Alessia corre! —me gritó Filomena desde el patio—. Digo Alexcía.

—¿Qué es? Y sigue diciéndome Alessia, me gusta más —salí corriendo y fui junto a ella.

—No puedo decir qué es, o papá se va a molestar. Acostúmbrate a tu nuevo nombre y vida —me dijo muy seria. No dije nada. Sería Alexcía a partir de entonces, quizás fuera mejor—. ¡Papá en verdad nos compró caballos! Mira, Ray los acaba de traer con silla y todo.

Era cierto, venía con cinco caballos muy buenos con sillas y todo.

¿Para qué compraría tantos? Ray nos saludó con la mano hasta llegar a la casa.

Le di un poco de mi crema de maquillaje y se untaba en su cicatriz, que lo hacía parecer mejor.

Era alto y con un cuerpo atlético. Se parecía a Franco, de tez canela y el pelo muy negro ondulado.

Ahora que se lo había dejado crecer, cuando lo conocí lo tenía muy corto.

Era muy amable y respetuoso. Se la había pasado cazando para que la tía me hiciera comidas nutritivas y me cuidaba como una hermana, como me prometió.

Me recordaba a mis guardias de seguridad.

La primera vez que lo vi, creía que era más joven, pero tenía la misma edad de Matías, el jefe de mi cuerpo élite, treinta años.

Me hacía sentir muy segura. Habíamos estado practicando artes marciales y le estábamos enseñando a Filomena.

La pasábamos muy bien los tres, aunque ella se reía de cualquier cosa.

Se veía que era muy feliz y me hacía olvidar por momentos mi tristeza.

Estaba empezando a quererla como mi verdadera hermana.

—¿Quieren dar una vuelta? —preguntó Ray—. ¿Alessia, sabes montar? Digo Alexcía.

—Sí sé, mi bisabuelo… —Me interrumpí—. Tomé clases de equitación.

—Pues vamos, mi hermana —dijo Filomena—. Dale, monta.

—¿En saya? Vayan a ponerse pantalones —nos dijo la tía que nos observaba con el ceño fruncido.

Corrimos y nos cambiamos de ropa. Me gustaba poder montar. Extrañaba muchas cosas, entre otras, esta. Cada semana iba con el bisabuelo a pasar una tarde en la finca y montábamos a caballo. Me encantaba correr.

—¿Cuál quieres? Yo escojo este amarillo —dijo Filomena y enseguida fue y se montó en él.

Por mi parte observé a cada animal en silencio. Luego me acerqué a uno negro muy hermoso. Me recordaba al caballo de papá, era de la misma raza. Si hasta parecía el mismo.

—Ese es muy brioso Alexcía —me advirtió Ray—. Mejor toma aquel dorado y déjale ese a Franco.

No insistí, aunque me acerqué y le acaricié la nariz sin que hiciera el más mínimo movimiento. Luego fui hasta uno muy hermoso dorado que me indicó Ray. Justo cuando me acerqué, el negro se paró en dos patas y relinchó, luego vino detrás de mí.

—Parece que te escogió a ti, Alexcía —dijo Ray pensativo—. Móntalo a ver si es verdad, pero cuídate.

Volví a acariciarle la nariz al negro. Lo que acababa de hacer era algo que hacía el caballo de papá.

De niña me montaba mucho y me enseñó a cabalgar en él, a pesar del miedo que le daba a mamá por lo brioso que era.

Conmigo siempre se portó bien. Acomodé las bridas y me monté ágilmente.

Él no hizo nada, como si estuviera acostumbrado a que lo montara.

¿Habría papá mandado su caballo para mí?

No Alessia, no te hagas ilusiones, era solo una coincidencia.

—Pues sí, ese caballo te escogió, quédate con él —dijo Ray sonriente—. ¿No quiere venir tía? Solo será media hora, no podemos cansarlos mucho. Están algo engarrotados del viaje en barco.

Para nuestro asombro, la tía Annette dijo que sí y se montó con gran agilidad en uno muy fuerte.

—¿Vamos a dejar el de papá solo? —preguntó Filomena.

—No, lo llevaré conmigo —contestó Ray.

Y ahí fuimos, felices por en medio de la hermosa vegetación.

Tomamos un camino por el centro de los viñedos.

Filo y yo entre risas echamos a correr como si compitiéramos.

Su caballo también era muy bueno. Nos detuvimos al ver unos hombres al final del camino que nos miraban fijamente.

Esperamos por Ray y Annette, que seguía con el ceño fruncido.

Se acercaron a los hombres y les preguntó algo.

No dijo nada, nos hizo señas de que la siguiéramos y lo hicimos.

Luego de dar una gran vuelta y que Ray me explicara a dónde conducían los diferentes caminos, haciéndome mirarlo extrañada. Era como si me indicara rutas de escape. ¿Qué diablos estaba pasando?

No pude pensar mucho. Mi ahora hermana era tan alborotada que le dio con su fusta a mi caballo, haciendo que saliera al galope hasta llegar a la casa donde nos esperaba mi ahora padre Franco.

Él se quedó mirándome en mi bello caballo negro.

Y era verdad que era brioso, pero lo podía controlar muy bien.

Tenía una larga crin negra que luego le tejería, pues se le llenaba de cosas por entre la maleza.

—Papá, están muy buenos los caballos —le dijo Filomena en cuanto lo vio.

—Me alegra que les gusten. Ya saben que tienen que atenderlos —nos aclaró enseguida—. Tenemos que pelarlos, aquí no es bueno que tengan tanto pelo.

—No tío, le tejeré una trenza, ya verá —le dije porque me gustaba mucho el caballo.

—Tío no, Alexcía, dime papá porque lo soy —me aclaró y vino a mi encuentro colocando sus manos en mis hombros—. ¡Soy tu verdadero padre! Dime papá.

—¿Eh?

Al escucharlo pidiéndome eso, no respondí nada.

No sabía si sería capaz de llamarlo así.

Yo tenía un papá al que adoraba y no quería decirle así a nadie más.

Bajé la cabeza sin saber qué hacer o decir.

Él me miró por un instante como si esperara que se lo dijera, pero no me salió. ¡No me salió decirle papá!

Franco no insistió. Me pasó la mano por el cabello y luego me besó la frente, un poco cortado. Filomena vino y se le tiró en los brazos llevándome con ella.

—Te amamos papá. ¿Verdad Alexcía? —Asentí. ¿Qué más podía hacer?—. No la presiones, deja que se acostumbre a nosotros.

—De acuerdo —dijo Franco sonriente por primera vez—. Puedes llamarme padre.

—¿Padre…? —balbuceé apenas audible.

Después de la embarazosa situación, Franco se fue a ayudar a Annette a bajar de su caballo. Se introdujeron en la casa mientras nosotras fuimos junto a Ray al rancho donde guardaban los animales y los atendimos.

Recordé las muchas veces que hice eso mismo con mi bisabuelo y papá.

Había dejado de llamarlo cada noche con el dispositivo.

Al parecer estaba fuera de rango, muy lejos, o no quería responder.

Debía haberse ido al ver que estaba bien.

Papá, por favor ven por mí. No me gustaba engañar a esa buena gente.