34 . CONSEJOS DE RAY
ALESSIA:
Me quedé en silencio. Podía que papá sí estuviera allí y fue el que mató a Benedetto y luego acomodó a Ray para engañarme. Incluso, pensé que debió haber eliminado a la banda completa para que no me atacaran. Por eso nadie los encontraba.
También podía ser que fuera el que estuviera merodeando y hasta me inyectó dos veces, lo sentí.
Estaba perdida en mi fiebre, pero eso lo sentí y tenía la marca de las dos inyecciones en mi brazo.
No creía que fuera el doctor que trajeron, pero no podía estar segura.
Además, estaba convencida de que alguien dormía conmigo, me abrazaba y me acunaba como hacía él cuando me enfermaba. ¡Papá tenía que haber sido!
—¿Por qué me preguntas eso? ¿Viste a alguien? —Me sacó Ray de mis pensamientos—. El otro que pudo hacerlo fue Franco, y hacernos creer por algún motivo que fui yo.
—¿Franco? —No había pensado en esa posibilidad.
—Sí, es muy bueno luchando —asintió con una sonrisa.
Me entró entonces la duda. ¿Sería Franco y lo confundí con papá? La tía decía que venía a cuidarme a veces en las noches. ¿Me acunaba como papá y me confundí? La voz de Ray, que seguía hablando, hizo que le prestara atención.
—Franco es lo mejor de lo mejor —aseguró Ray—. ¿Puedo hacerte yo unas preguntas? ¿Por qué me dijiste que eres Alessia Minetti? ¿En serio tienes problemas? ¿Estás muy traumatizada?
Abrí la boca asombrada sin saber qué decir. Pensé que no me escuchaba. Al ver que no decía nada, Ray se apresuró a decir que no tenía que responder. Pero me advirtió que no volviera a decir nunca más en mi vida ese nombre.
—Mi prima, si alguien que no es de la familia te escucha, nos pondrás a todos en peligro. De por sí ya lo estamos —me advirtió con seriedad—. No lo repitas nunca más ni confíes en las personas que no conoces. No sabías quién era yo e hiciste esa confesión.
—Ray, yo…
¡Diantres! ¡Tenía razón, no estaba completamente inconsciente y me escuchó! ¿Es que no iba a aprender nunca Alessia? Pudo haber alguno de los maleantes escondido y escucharme. ¿Qué era lo que me pasaba? ¡Ni porque mi padre me entrenó desde que tuve uso de razón, dejaba de cometer errores!
—Otra cosa, y disculpa que te pregunte tanto, pero quiero cuidarte y enseñarte.
Sé que no sabes nada de esta vida, es muy diferente a Roma —siguió hablándome como si fuera una niña pequeña a la que había que educar desde cero, como hacía papá conmigo, y me emocioné—.
¿La pelea que tuviste con tu papá Ronaldo antes de que los mataran fue porque te enteraste de que Franco es tu verdadero padre?
—¿Eh? —me senté en la cama de un golpe—. ¿Qué quieres decir con eso?
—No lo niegues Alessia, lo sabes —dijo con severidad—. Te escuché cómo lo llamabas a gritos. Llamabas a tu verdadero papá para que te salvara, ¿verdad?
¿Qué hacía ahora? ¿Cómo pude ser tan irresponsable? De seguro por eso papá me dejó, al ver que seguía cometiendo errores y poniéndome en peligro. Tenía que aprender o jamás me dejaría volver. Pero ahora tenía que resolver ese dilema.
—Sí, fue por eso. Por mentirme —le contesté muy seria—. También es verdad que estoy muy traumatizada. Porque si Franco es mi verdadero papá, me abandonó a mi suerte.
—¡No, no mi prima, no fue así! ¡A Franco lo engañaron!
—exclamó enseguida con vehemencia—. No sé toda la historia, pero él no te abandonó.
Confía en él Alessia. De ahora en adelante vas a saber en verdad lo que es tener familia.
Ya sé que los que creías que eran tus padres te tenían casi abandonada.
Franco es todo lo contrario y la tía Annette también te querrá a pesar de todo como una hija.
¿No ves a Filo lo feliz que es? Tú también lo llegarás a ser.
Danos una oportunidad de enseñarte qué es una familia de verdad.
No sabía por qué al escucharlo hablar así tan vehementemente, me estremecí al recordar que yo sabía lo que era tener una hermosa familia que te hacía feliz.
También, porque no sabía si hice bien diciéndole esa mentira.
Alessia, ¿qué te pasaba? Estaba bien que papá me hubiera hecho pasar por la hija de Franco, pero de ahí a que le siguiera el juego no estaba bien.
¿Qué habría pasado con la verdadera hija de ellos?
¿Estaría muerta y por eso papá hizo eso?
¿Cómo iban a reaccionar cuando se enteraran de que no era ella?
—¿Qué te pasa, por qué te estremeces así? ¿Tienes fiebre de nuevo? —preguntó preocupado tocando mi frente.
—Creo que no, pero hoy me siento muy mal mi primo —traté de desviar la conversación.
—¿Por qué no lo dijiste para llegar a ver al doctor? —preguntó preocupado.
—Es solo gripe, parece que el cambio de tiempo me afectó. Nunca había salido de Roma desprotegida —le conté volviendo a acostarme—. Aquí todo es tan húmedo, frío y el aire tan limpio, que tengo que acostumbrarme. Solo debo quedarme en la cama y descansar. Se me va a pasar, ya verás.
No dije que a lo mejor era porque no tenía la ropa apropiada para ese clima, al que no estaba acostumbrada.
En verdad en eso a papá se le fue la mano.
Aunque fuera uno barato, como las cosas que compramos ese día, debió traerme algo.
Debió haberse olvidado de que me resfriaba fácil o me daba alergia.
Podía ser que fuera porque aunque viajábamos mucho a diferentes lugares, siempre iba acompañada de dos excelentes doctores.
Mamá y el tío Rufo, que ante el más mínimo síntoma me bombardeaban de cuidados sin dejar que llegara a enfermar.
Papá no se acordó de eso. Sí, debía ser así, sino me hubiese vestido mejor.
Ahora con ese aire tan limpio y las montañas llenas de nieve, todo rodeado de vegetación, la humedad era muy grande. Y sin todo lo necesario para protegerme del tiempo, me enfermé como nunca antes me había pasado.
Solté un suspiro. En verdad papá lo debió olvidar por completo con su molestia, aunque vino a cuidarme y me inyectó.
Casi estaba segura de que fue él. Se colaba en mi habitación en las noches y me acunaba igual que cuando me enfermaba en la casa.
Tenía la misma sensación. ¡Tuvo que ser él!
No pudo ser Franco, no, fue papá. Aunque todavía no me levantaba el castigo, creía que me lo merecía por todos los errores que cometía.
—Entonces me marcho para que descanses —dijo Ray al ver que me quedé callada y pensativa.
Lo vi girarse para salir, pero volvió a venir cerca de la cama y se inclinó para hablar muy bajo.
—¿Puedes practicar artes marciales conmigo cuando te pongas bien?