¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 33 . PEOR DE LO QUE PENSABA
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33 . PEOR DE LO QUE PENSABA

ALESSIA:

Filomena y yo habíamos sacado todas las ropas del perchero.

Al final tomamos unas blusas de dos liras cada una, ante mi mirada de desamparo e incredulidad.

¡No podía creer que fuera a vestir esas miserables prendas que adquirimos!

Nunca imaginé que existieran ropas como esas, jamás las había visto.

Las ropas que solía usar, la más barata costaba miles de liras.

Ahora iba a ponerme una que solo valía dos.

¡Dos liras! Y no era solo su valor lo que me incomodaba, era de una calidad pésima.

Aunque no me gustaron, me resigné. Luego visitamos dos tiendas más del mismo estilo. Filomena estaba feliz, yo solo suspiraba. ¿Qué más podía hacer sin dinero? Al pasar por una tienda que vendía telas, me detuve.

—Tía Annette, ¿son muy caras las telas aquí? —pregunté esperanzada. No serían de marca, pero al menos serían nuevas y de mejor calidad que las que habíamos comprado.

—¿Por qué? —preguntó extrañada.

—Creo que en vez de seguir gastando el dinero en esas extrañas ropas, mejor compramos telas y yo las hago —sugerí esperanzada.

—¿Sabes coser? —preguntaron Filomena y ella al mismo tiempo, como si aquello fuera algo del otro mundo y que no esperaban que yo pudiera hacer.

Asentí con la cabeza. Era algo que disfrutaba hacer desde que era una niña.

Con mi tía Alexa y mi abuela Camil hacíamos maravillosos vestidos a mis incontables muñecas.

Le fui cogiendo el gusto y con los años, al ver los hermosos vestidos de diseño único que me hacía la abuela, me dediqué a diseñar y coser.

Disfrutaba hacerlo y era muy buena. Era por eso que me iba a estudiar a la escuela de diseño en París, para tener mi propia marca de ropa en un futuro. Papá me había prometido que si en verdad veía que era buena me iba a ayudar.

—Sí, me encanta. Si me compra telas, haré ropa muy bonita para Filo y para mí, y tal vez para todos —dije mirando a mi tía.

—Pero no tenemos máquina de coser —dijo Filomena.

—Lo haré a mano, y si ustedes me ayudan mejor —no me rendiría—. Todavía faltaba para iniciar la escuela, sería una práctica ya que íbamos a estudiar diseño. ¿Qué opinas Filo?

—¿Seguro sabes coser? —preguntó con incredulidad—. Fíjate, que yo me metí en eso para aprender a arreglar la ropa, porque mamá no tiene ni idea ni yo tampoco.

—Yo sí sé hacerlo muy bien, ya verán. Tía compre la tela, una tijera, hilos y agujas, que yo me encargo de lo demás —le pedí fervientemente. ¡No quería ponerme aquellas horrorosas prendas que habíamos comprado!

—Vamos a hacer una cosa —dijo la tía—. Compraremos solo unos metros para que hagamos una muda de ropa para cada una. Si veo que es verdad que lo sabes hacer bien, vendremos por más.

Y así lo hicimos. Compramos dos colores de telas, junto a los hilos, agujas y unas tijeras.

Luego fuimos por los zapatos, donde sufrí otra decepción.

¡Daban pena! Respiré profundamente y traté de encontrar alguno que fuera medianamente aceptable.

No había otra tienda, ¡solo una! Nunca imaginé que existieran tiendas como esa, era terrible.

Al final, nos compramos otras pesadas botas de cuero.

Y por último, fuimos a la de cosméticos.

Es que no sabía ni para qué decían que era eso, ¡no tenía de nada!

Mi crema, que era muy buena y no se caía con el agua, no existía.

Pudimos a duras penas hacernos de una barata que no era ni de mi color, pero no quedaba de otra, era la única que había.

La tía me permitió, después de que Filo le rogara, que escogiera algún maquillaje.

Es decir, un lápiz de ceja, un crayón de muy mala calidad que parecía llevaba años ahí, y una caja de polvo.

Siempre contando el dinero para no gastar demasiado.

Al final habíamos gastado cien liras. La tía Annette estaba feliz.

—Estamos obligadas a comprarte un abrigo Alessia —se detuvo para preguntar—. ¿O también sabes hacerlo?

—No sé si puedo, lo intentaré —dije mirando horrorizada los viejos abrigos.

—Mamá, tengo en la casa aquel ridículo que me regaló mi suegra. Alessia puede transformarlo —se acordó Filomena, y yo solo suspiré.

¡Nunca, pero nunca, me había puesto algo que desechara otra persona, ni siquiera de mi madre! No dije nada, solo me resigné a mi destino mientras escuchaba a Filo emocionada a mi lado.

—Cierto, lo había olvidado —dijo la tía Annette—. Es verdad, a lo mejor se arregla.

—Yo la ayudaré. ¿Verdad mi prima que podemos hacerlo? —preguntó prendida de mi brazo.

—Veré si puedo —contesté desilusionada.

¿Qué otra cosa podía decir? Porque los que estaba mirando en la supuesta tienda de abrigos eran de piel de oveja y despedían un terrible olor. Casi vomité de solo acercarme. Imagínense si llegaba a ponerme eso. Mejor arreglaba ese que decía Filo. A lo mejor no era de ese material, me dije.

—Está bien, empezaremos por el abrigo —aceptó la tía Annette al ver mi cara de horror frente a los que existían en la tienda—. Ahora vamos, tomaremos un refresco. Nos hemos pasado todo el día aquí. Ya debe haber regresado a la finca. No podemos ir a verlo a su oficina.

Y ahí íbamos de regreso a la casa. Estaba cansada y triste. Me hice un ovillo y me acosté en la carreta. Aunque hacía mucho ruido, me dormí. Todavía no me había recuperado del todo. Al llegar, sentí cómo Ray me cargó y no dije nada. Me sentía tan mal que dejé que me llevara hasta mi cama.

—Gracias de nuevo Alessia, por salvarme.

Prometo cuidarte muy bien para que nunca más nadie te vuelva a maltratar así.

Fui un irresponsable en descuidarme como lo hice.

Te protegeré, no tengas miedo —abrí los ojos al escucharlo hablar con suavidad.

Me sonrió y agregó—: Seré más que tu primo, tu hermano.

¿De acuerdo? Confía en mí. No tengas pena en decirme cualquier cosa que te suceda o necesites.

Estaré encantado de hacerlo para ti. Estoy en deuda la vida entera por cómo luchaste por protegerme.

—Gracias Ray —dije emocionada al escuchar eso, pensando en cómo me protegía mi hermano Kenet—. No es nada. ¿Puedo hacerte una pregunta sobre eso?

—Sí, las que quieras —se sentó enseguida.

—¿No viste, escuchaste o sentiste a nadie más allí? —pregunté, porque a lo mejor él escuchó la voz de papá y no había salido de mi imaginación—. Tengo la sensación de que había otra persona con nosotros y nos ayudó.

—No lo sé Alessia, de veras —respondió pensativo—.

Sentía cómo luchabas y trataba con todas mis fuerzas de despertarme para ayudarte.

Me levanté y me caí porque sufrí un gran mareo.

Lo otro que recuerdo es estar sentado con el cuchillo en la mano.

¡Juro que no me acuerdo cuándo lo maté ni si lo hice!

¿Pero quién más pudo ser? Estábamos tú y yo solos, aunque me parece que escuchaba las voces tuyas y lo que te decía Benedetto. No puedo estar seguro de nada.