32 . UNA TARDE CON MI PADRE
KENET:
Guardé silencio al escuchar que me había cerrado todas las posibilidades. Pensé en irnos toda la familia como habíamos planificado para ver si se relajaba con ellos. Papá los rehuía, pero no importaba. Mientras no se volviera un dragón soltando fuego y con sed de sangre, todo estaría bien.
—De acuerdo, lo haremos así, papá —acepté con una gran sonrisa.
En ese momento me sentí actuando con él como si tuviera cinco años.
Siempre fue Alessia la que hacía eso. Yo, hasta entonces, aunque tenía una buena relación con él, era más apegado a mamá.
Desde pequeño todos me decían que era el heredero de papá, y me dediqué a imitarlo en todo.
Era muy serio y responsable, solo bromeaba con mis primos y con medida.
Pero no negaba que me estaba gustando hacer eso con papá.
Me gustaba tener la atención de mi padre solo para mí.
No era que estuviera celoso de mi hermana, pero ella acaparaba la atención de todos.
Era la princesa linda a quien todos complacíamos.
Todo sea por ayudar a mi querido padre y de paso estrechar nuestra relación.
En ese tiempo me había atrevido a contarle cosas que jamás había hecho en mis veinte años.
—¿Nos vamos a almorzar? —preguntó papá al verme pensativo.
—Por supuesto, mi estómago ruge como un dragón —contesté de inmediato caminando a su lado—. ¿Llevamos tus palos de golf?
—No, tomaremos unos allá —me tiró un brazo por los hombros y ahí fuimos, rumbo al club privado.
Al salir de la casa, nos encontramos con el cuerpo élite con el que se movía últimamente, más el mío.
Al vernos, enseguida se alistaron. Todos estaban con semblantes taciturnos.
Eran lo mejor de lo mejor, pero le fallamos a papá en cuidar de mi hermana.
Ahora los entrenaba hasta el cansancio y había perdido la confianza en ellos, que era lo que más les dolía.
Porque todos estaban dispuestos a dar su vida por él.
Mi hermana no sabía realmente lo que hizo.
Había creado no solo el dolor de papá, sino un abismo de confianza entre él y sus hombres.
Menos mal que a mí todavía me veía como un niño que había que cuidar y enseñar. Me regañó muy fuerte y el entrenamiento se volvió más duro, pero no se sobrepasó en mi castigo. También porque yo siempre lo había obedecido sin chistar en todo lo que a él se le ocurría que hiciera, que no era poco.
Admiraba a papá, confiaba en su sabiduría ciegamente. Sabía que cuando me llevaba a mis extremos era porque lo hacía para enseñarme a cuidarme y mantenerme vivo.
Al fin llegamos a su auto, que ahora conducía él y no dejaba que nadie lo acompañara como antes. Los demás tenían que seguirnos en los suyos. Cuando di la vuelta para sentarme, suspiré y pensé:
"Lo siento, hermana, tienes que esperar hasta que lo calme. Fuiste muy mala con papá, demasiado. Le hiciste tanto daño que no sé cuánto me va a llevar sanarle la herida en su corazón y lograr que te perdone."
Me pasé toda la tarde con papá en el club, jugando.
Ni una sola vez mencionó a mi hermana. Habló conmigo como nunca.
Me explicó disímiles cosas de la vida como si temiera estar cometiendo conmigo el mismo error que cometió con ella.
Podía casi palpar su miedo de perderme, por lo que me detuve, lo abracé muy fuerte y le dije:
—No tengas miedo, papá, te doy mi palabra de que sé cómo es la vida, y que, como te dije antes, jamás me alejaré de ti. ¡Jamás! Mi hermana va a regresar a nosotros, ya verás. ¡Deja de temer, por favor, te hace débil!
Lo sentí tensarse, aunque enseguida lo ocultó.
Estaba acostumbrado a eso. Papá controlaba sus emociones completamente.
Por eso todos estaban preocupados por él.
Mantuve el abrazo en medio del campo del golf unos minutos más.
No dijo nada, pero al separarse de mí, sus puños estaban apretados con fuerza.
—Lo sé Kenet —al fin logró decir con voz ronca—. Sé que estaremos siempre juntos.
Dio un fuerte golpe a la pelota que se perdió a lo lejos. El cielo ya se vestía con tintes rojizos y naranjas, parecía un cuadro de fuego que se derramaba sobre el horizonte. Reímos al llegar al hoyo donde había entrado la pelota.
—¡Vaya papá, qué puntería! Me estás ganando —metí la mano para sacar la pelota mientras veía cómo él miraba a unas jóvenes que jugaban más allá.
Era el grupo con que jugaba Alessia cuando veníamos ahí. Les dio la espalda y volvió a golpear con fuerza la pelota mientras apretaba las mandíbulas.
—Si sigue así, no me vas a dejar poner un punto —protesté tratando de que se relajara—. Es más, se ha hecho tarde. Vayamos a merendar.
—De acuerdo —papá hizo un gesto a los guardias que nos seguían.
Ellos asintieron y señalaron hacia uno de los extremos del jardín del club. Al acercarnos, la mesa ya estaba servida a su gusto y al mío.
—Tómate una copa de vino conmigo, hijo —era una orden más que una invitación, mientras me servía—. Es un buen vino de la Toscana.
Entendí de inmediato, me conocía la historia. Mamá se había emborrachado con ese vino el primer día que se conocieron y fueron a discutir el contrato de matrimonio. Era una de mis historias favoritas de ellos. Tomé la copa y di un buen sorbo.
—Es fuerte y bueno —dije moviendo la copa.
—Tu madre se tomó una botella completa —contó mientras miraba el vino—. Era la primera vez en mi vida que veía una mujer como ella. Comía y bebía en grandes cantidades.
—¿De veras mamá se emborrachó con este vino? —pregunté aunque sabía la respuesta.
—Sí, y eso no fue lo mejor —sonrió con los ojos entrecerrados—. Ella me hablaba como si fuera mi jefa, era muy divertida. Me gustó mucho, sobre todo porque no me tenía miedo.
—Mamá es única —estuve de acuerdo con él.
Papá levantó la copa y volvió a beber un gran trago mientras miraba a lo lejos, hacia el grupo de jóvenes. Hasta había una con el pelo rojo y rizado como mi hermana Alessia. ¿A dónde la llevaría? ¿Qué estaría haciendo ahora?
Él levantó la mirada, directa, severa, pero en ella detecté un leve destello que no supe si era esperanza o tristeza.
—¿Está bien? —me atreví a preguntar sin decir nombre.
Se quedó quieto, mirándome fijamente. Parecía que estaba buscando las palabras correctas para contestarme. Bajó la mirada y pude apreciar unas lágrimas que se negaban a caer. Ese no era mi padre indestructible, el Capo que todos temían. Era solo un hombre, un padre, roto por el abandono de su hija.
—Lo está —dijo al fin secamente.
—Gracias —dije de igual modo.
Vi cómo bajó la mirada hacia su copa, dejándola girar en sus manos como si buscara la respuesta en el color rubí del vino. Después soltó un suspiro largo y amargo, y alzó la vista hacia el horizonte. El crepúsculo había comenzado a teñirse de púrpura.
—Kenet, no puedo decirte más —se detuvo aclarando su garganta. Y entonces, volviéndose a su copa, murmuró algo que apenas logré escuchar—. Todo este amor, hijo, a veces... es más pesado que cualquier arma que he cargado en mi vida. No sé si algún día la podré perdonar…
Su honestidad me desarmó. En ese instante entendí por primera vez el precio que estaba pagando por amarnos a Alessia y a mí. Y supe que yo encontraría la manera de reparar todo aquello. Tenía que lograr unir a mi familia de nuevo.