¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 31 . KENET ALESSANDRO MINETI
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31 . KENET ALESSANDRO MINETI

KENET:

Miré a mi padre hablar muy serio de no dejar abandonados a hijos y por un momento quise preguntarle por qué desapareció a mi hermana entonces.

Eso era contrario a lo que me estaba diciendo, pero guardé silencio y seguí en lo mío.

No podía molestarlo. Tenía que lograr calmarlo para que perdonara a mi hermana y se estuviera tranquilo.

—Siempre me protejo papá, nunca he dejado de hacerlo —respondí firme, y era verdad, me cuidaba mucho como él me enseñó.

Desde que tenía novia, no había vuelto a estar con nadie más.

Me gustaba mucho y quería estar solo con ella, aunque todavía no habíamos llegado a ese punto.

La perseguí por mucho tiempo para perderla ahora.

En cuanto regresara del viaje con sus padres, la traería a la casa para hacerlo formal. No quería perderla.

—Entonces debe ser algo por el calor. O quizás le haces alergia como yo a los preservativos. Se te va a pasar con una crema en uno o dos días —dijo, y luego me preguntó—. ¿Almorzaste?

—No, y tengo tremenda hambre. ¿Por qué no vamos a almorzar juntos al club de golf?

Hace tiempo que no vamos a comer ese rico dulce que nos gusta —le sonreí a ver cómo me miraba fijamente queriendo negarse—.

Dale papá vamos y luego jugamos un poco, ¿qué te parece?

Me debes una revancha, la última vez me ganaste.

—Hijo, tengo un mundo de trabajo atrasado —trató de negarse, enseñándome el montón de papeles encima de su buró.

—¿Y si me enseñas y te ayudo? —pregunté con una nueva idea en mente.

Sería perfecto. En ese momento estaba sin hacer nada y estaría a su lado sin tener que encontrar una excusa para venir todo el tiempo a verlo.

—¿En serio Kenet? ¿Te gustaría trabajar aquí conmigo en la empresa? —preguntó todo ilusionado.

Dije que sí con la cabeza, porque ver su mirada brillante al pedirle trabajar en la empresa me llenó de alegría. Su rostro se iluminó por un momento como antes. Por lo que seguí emocionado hablando de todos mis planes futuros que nunca le había dicho.

—¿Y por qué crees que voy a estudiar ingeniería en computación y negocios?

Voy a modernizar todos los sistemas de la empresa.

Te pondré una enorme computadora en la casa desde donde puedas dirigir todo, y también en tu teléfono.

No te preocupes papá, te enseñaré cómo usar todo —le dije con cariño—.

Yo jamás me separaré de ti, aunque me case viviré contigo.

No olvides que soy Kenet Alessandro Minetti, el heredero del dragón negro y del uno.

Estoy muy orgulloso de eso, de ti, papá.

Nunca imaginé que por decir eso mi padre fuera a reaccionar como lo hizo.

Me abrazó muy fuerte, tanto que creía que me iba a romper las costillas.

Pude escuchar cómo un gran sollozo, que más bien parecía un rugido de un dragón muriendo, se escapó de su pecho.

Y fue el momento justo en que comprendí que mi hermana Alessia había herido a mi padre de muerte.

Me hice el que no lo había escuchado. Le devolví el abrazo de la misma manera, al tiempo que le decía:

—Te amo papá, no te vas a escapar de mí tan fácil.

Me tendrás pegado a ti aprendiendo todo lo que me quieras enseñar —seguí hablando mientras estábamos abrazados—.

Así que no te vayas a aburrir de que ande pegado a ti, después no te quejes.

A partir de mañana vendré cada día a trabajar contigo.

Tienes que enseñarme cómo funcionan todos los negocios para poder ayudarte.

Seguía hablando para hacerlo pensar en otra cosa y no en el dolor que le había provocado mi hermana. Y pensé aprovechar la oportunidad, ahora que al parecer la estaba extrañando a morir y que se acercaba mi cumpleaños, para hacer que me complaciera.

—Aunque papá, quería hablar contigo de algo y por favor, quiero que me complazcas —lo sentí tensarse y se separó de mí dándome la espalda.

Lo vi tomar aire varias veces tratando de controlar sus emociones. Cuando giró, tenía la cara fría y aterradora de siempre. En verdad le iba a rogar que para mi cumpleaños me dejara ver a mi hermana. Creí que lo adivinó, por eso cambié rápido mi petición. No podía perder lo que había ganado.

—¿Y cuál es esa petición que me quieres hacer? —preguntó con voz fría.

—¿Puedo estudiar aquí en Roma en vez de irme al extranjero?

—pregunté muy rápido y lo vi abrir los ojos.

Es que lo volví loco para que nos diera permiso de irnos a Francia y ahora le estaba pidiendo lo contrario—.

Antes que digas nada papá, a ti no me da pena confesarlo.

¡Tengo mucho miedo de que me asesinen! Todos saben que soy tu heredero.

Por favor papá, di que sí. Mamá está empeñada en mandarme a Francia, solo si tú dices que no podré quedarme.

—¿De veras no quieres irte? —preguntó acercándose—. Si lo haces por mí, estaré bien hijo.

Al parecer se había dado cuenta de que hacía todo eso porque estaba preocupado, pero no importaba. No podía separarme de él. Por eso ante su mirada de reproche le contesté vehementemente. Tenía que convencerlo de que mi decisión no tenía nada que ver con la situación de mi hermana o no aceptaría.

—¿Por qué lo iba a hacer por ti? ¡Tengo miedo papá!

No soy un cobarde y lo sabes, pero últimamente me siento vigilado y perseguido —me apresuré a aclarar ante su mirada inquisitiva—.

Alguien me dijo que sabían que me iba a Francia.

¡No quiero alejarme de ti, que todos te respetan y se miden para hacerme algo!

Dale papá, di que convencerás a mamá de que me deje estudiando aquí.

—Kenet, no me gusta que tengas miedo —dijo ahora muy serio con expresión preocupada.

—¡A mí tampoco me gusta! —Le grité mostrando un gran miedo que en verdad no sentía—.

¡Pero lo tengo! Soy joven para morir, solo voy a cumplir veinte años y no sé por qué tengo un mal presentimiento de que me están acechando.

¡Quiero poder estudiar tranquilo aquí en Roma bajo tu protección!

Además, deseo seguir entrenando contigo, no quiero interrumpir eso.

Y odio el francés, ¡quiero aprender todo en italiano para entender bien!

Se quedó mirándome fijo, como si tratara de leer mis pensamientos. Le sostuve la mirada sin miedo. Porque aunque me iba a ir a Francia, lo hacía por Alessia. Todo lo que acababa de decir era verdad. Deseaba quedarme a estudiar ahí ahora que ella no estaba.

De a poco su expresión volvió a ser cariñosa y preocupada por mí. Respiré aliviado. Tenía que quedarme a su lado o se volvería un monstruo. Mamá y la abuela Camil tenían razón en eso. Solo conmigo se relajaba y hablaba, con nadie más.

—Está bien, empezaremos a buscar la universidad que quieras —aceptó con una sonrisa.

—¡Gracias papá, muchas gracias! —Le agradecí alborotado.

En verdad me dio tremenda alegría no tener que alejarme, con la situación como estaba—.

Es el mejor regalo de cumpleaños, aunque fíjate, no quiere decir que no prepares nada para mí.

Me prometiste el año pasado que nos iríamos a escalar y a tirarnos en paracaídas, a correr en autos sin que nadie sepa de nosotros. No se me ha olvidado.

Me asombré al escucharlo soltar una carcajada. Era la primera vez que lo hacía reír. Siempre era mi hermana o mamá quienes lo hacían soltarse así.

—A mí tampoco, y te tengo una gran sorpresa —me dijo complacido—. Pero solo iremos tú, yo y el cuerpo élite. Nadie más.