30 . DE COMPRAS
ALESSIA:
Bosco me soltó la mano, pavoneándose muy orgulloso.
Miré a Filomena cómo lo observaba con rabia y me sonreí.
En serio no era feo. Era alto, fornido, y tenía una hermosa cabellera alborotada como si nunca se peinara.
Sus ojos brillaban cuando miraba a Filo.
Creí que le gustaba y estaba enamorado de ella de verdad, aunque era un petulante y pedante gamberro.
Debía ser porque era el hijo del alcalde, que se creía que podía hacer todo sin problemas.
Así era yo, porque tenía a papá que todos le temían, pensé y suspiré.
—¿A dónde se dirigen? —preguntó Bosco—. ¿Puedo acompañarlos?
—¡No! Ray vamos —contestó Filomena, y ella misma hizo que los animales comenzaran a caminar.
No podía creer que Filomena lo despreciara de esa manera.
Cómo me gustaría tener un chico así de guapo enamorado de mí.
Suspiré de nuevo. Ay Alessia, baja de las nubes.
De seguro aquí, con esa calificación de huérfana que me dieron y por lo que contaba Filo, ninguno de ellos se fijaría en mí con buenas intenciones.
Ni yo quería que lo hicieran. No viviría en un poblado tan atrasado como ese jamás.
En la primera oportunidad que tuviera, me iría a Roma.
A lo mejor podría convencer a Franco de que me llevara con él cuando fuera a ver eso que dijo de la herencia de su sobrina, o hija, no sabía.
Trataría de pedirle que me dejara acompañarlo.
Creí que sería la única forma que encontrara de escapar de ahí.
Porque sin trabajo y sin dinero, no veía cómo podría hacerlo.
Tampoco sabía hacia dónde debía coger. Nunca había escuchado de ese lugar recóndito, en medio de montañas alejado de la civilización.
Mientras nos alejábamos, observé a Bosco que se había quedado en el medio de la calle mirándonos. Los demás se le unieron. Al parecer hacían bromas a su costa hasta que lo vi abofetear a uno. Creí que mi prima tenía razón, era un engreído acostumbrado a salirse con la suya.
Suspiré de nuevo. Era como si me viera a mí misma reflejada en él. Así de arrogante y engreída era yo por ser una Minetti. La familia más influyente y poderosa de toda Italia, por no decir del mundo. Todos se inclinaban ante mí y se morían por complacerme para que hablara de ellos con papá.
Ay Alessia, tu bisabuelo tenía razón, no sabías lo afortunada que eras con esa familia.
¿Cómo pude gritar que los odiaba y que maldecía pertenecer a ellos?
Se me fue la mano ahí. No solo debí haber herido a papá, él también debió haberse sentido decepcionado de que yo dijera esa barbaridad, por eso lloró. Fui mala, muy mala con todos ellos.
Ojalá papá me levantara el castigo antes de dos años.
Me llevaría a Filomena conmigo, era muy buena e inocente.
Sería mi única y mejor amiga. Le agradecía a papá que me hubiera traído a conocerla.
De seguro lo hizo para que viera la diferencia de tener una persona sincera y honesta, sobre todo desinteresada, que sabía valorar lo que tenía, con aquellas que se me acercaban diciendo que eran mis amigas y se reían a mis espaldas.
A lo mejor hasta reclutaba al tío Franco y me los llevaba a todos.
Se estaban portando muy bien conmigo. Ni hablar de Ray, si el tío Axel lo veía, lo contrataba al momento para mi equipo élite de guardias de seguridad.
Todo el mundo nos miraba como si fuéramos extraterrestres y hasta con burla. Muchos se reían sin recato. Sí que éramos pobres, pobres.
Al fin llegamos a nuestro destino. Volví a suspirar al ver que nos detuvimos en una mísera y oscura tiendecita de artículos de segunda mano. Filomena me ayudó a bajar, estaba muy emocionada. Al parecer era verdad que su madre nunca la había traído de compras.
Era algo increíble. Creí que obligué a mamá desde que tuve uso de razón a llevarme a las tiendas y comprarme lo que yo quería, no lo que ella pensaba que era lo mejor.
Siempre me salía con la mía. En un final, el dinero se nos sobraba, por eso me complacía en todo. Suspiré al escuchar a mi ahora tía.
—Filo, recuerda que debemos escoger cosas baratas, no exageres —le susurró y me miró.
—Está bien mamá, ven Alessia, vamos a ver las ropas —tiró de mí por una mano para introducirnos en el lugar.
—¿Por qué no vamos a aquella que vimos el otro día? —pregunté señalando la otra tienda—. Tiene ropas mejores.
—¿Estás loca? Allí todo vale mucho, ¡entre cincuenta y cien liras! —dijo con cara de susto Filomena, como si estuviera hablando de miles.
—No es tan caro —dije, pensando que nunca tuve ropa de ese valor—. Y son mucho mejores que las que veo aquí.
—Lo es para nosotras, hija —dijo la tía Annette muy bajo, como si le avergonzara tener que explicarme eso—.
Lo siento querida, pero nunca más en tu vida podrás comprar las ropas a las que estabas acostumbrada.
Vayan a ver si compran algunas bonitas. Recuerden sacar cuenta, tenemos que comprar zapatos y tu crema Alessia.
Y entre más baratas sean, más podrán comprar.
Vaya, así que eso era lo que significaba ser pobre. Nunca antes saqué cuentas ni miré el precio a la hora de comprar algo. Bueno, íbamos a ver qué encontrábamos. Los podía transformar en la casa y ponernos a la moda.
Y con ese pensamiento, nos fuimos al más miserable perchero de ropas que había visto en mi vida. Ni siquiera las ropas de donaciones a las instituciones de beneficencia eran de tan baja calidad como esas en Roma. ¡Cielos, eran horrorosas!
Ahora entendía por qué la tía solo le compraba a Filo sayas floreadas. Por mucho que busqué y busqué, no encontré nada de valor. Ni mis empleadas en Roma se compraban ropa como esa. Por nada del mundo me iba a poner eso. ¡No señor!
—Alessia, ¿qué crees de esta blusa? —Me preguntó Filomena con una enorme expresión de felicidad. ¿Cómo podía estar feliz por comprarse ropa de tan baja calidad?—. Me la voy a probar, vamos escoge otra igual.
Y sin esperar mi respuesta, tomó otra y tiró de mí hasta el probador oscuro. Le di muchas vueltas a la blusa antes de decidir ponerla en mi cuerpo. ¡Eso era demasiado! Papá debió traer mi ropa, con tanta que tenía, la compartiría con Filo. Me decidí y me probé la blusa. No me gustó para nada.
—¿Cómo te queda Alessia? —preguntó ella emocionada—. A mí me sirve y me gusta, dale sal.
Salí despacio ante la mirada de la tía, de Filo y Ray. Me sentí la más desgraciada de las mujeres del mundo.
—Les quedan muy bonitas, mis primas —nos elogió Ray.
Lo miré con incredulidad. Debía ser una burla, me dije. ¿Cómo podía decir que esa cosa horrible nos hacía ver bonitas?
—¿Verdad mi primo? ¡Me gustan! —exclamó Filomena feliz. Yo me quería morir de la vergüenza que sentía de tener que ponerme una cosa como esa.
—Sí, les quedan muy bien y se ven las dos muy hermosas —repitió Ray sonriendo.
Lo miré fijamente porque había sonado muy sincero.
Vaya, qué guapo era a pesar de su herida.
Hasta ese momento no me había fijado bien.
Tuve la sensación de haberlo visto antes en algún lugar.
Me observé en un pequeño espejo que había, y al ver cómo sonreía mirándome con los ojos brillantes, ya no me sentí tan incómoda con la blusa.
—Pueden comprar algunas más como esa —dijo la tía sonriendo—. Es verdad lo que dice Ray, les quedan muy hermosas y solo valen dos liras cada una.
—¡¿Dos liras?!