29 . CHOCANDO CON LA REALIDAD
ALESSIA:
Miré el hermoso paisaje lleno de viñedos por el que íbamos, comprendiendo ahora que había caído de la cima donde jamás tuve que pensar en el dinero, al más bajo nivel.
Me di cuenta de que no tenía idea de cómo vivían las personas de bajo nivel adquisitivo.
Pero debía adaptarme, no me quedaba de otra.
Ni eso me dio papá, no me dejó un poco de dinero.
Nos montamos en la carreta. Estaba débil todavía.
La tía me echó dos chales por encima y una chaqueta del tío Franco.
Hacía mucho frío y todavía no me sentía bien del todo.
Ray me ayudó a montar. Su cicatriz, aunque rozada, había sanado muy bien.
Le untaría de mi crema para que no se le viera tanto.
Era ahora mi primo y no era feo, aunque tuviera esa cicatriz.
—¡Pareces un pirata, Ray! —dijo Filomena—. ¿Verdad mi prima?
—Filo, deja de burlarte de mí —le dijo Ray, y su voz era muy varonil.
—Es verdad que lo pareces, primo —le seguí la corriente a Filomena—. Pero te ayudaré a ocultarla, ya verás.
—Gracias, señorita Alessia —contestó muy serio y me recordó a mis guardaespaldas.
—Deja de decirle así —lo regañó la tía Annette, montada a mi lado en la carreta junto a Filomena—. Tienes que tratarla como tratas a Filo. Es tu prima y velarás por ellas dos de ahora en adelante, dijo Franco.
—¿Qué quieres decir mamá? ¿Ray andará con nosotras todo el tiempo? ¡No quiero! ¡No me gusta que alguien me vigile siempre y le vaya con el cuento a papá! ¡Olvídalo Ray! —Protestó Filomena.
Sonreí al escucharla. Si ella supiera lo que era eso. Tanto renegar de mis guardias de seguridad y ahora daría cualquier cosa porque estuvieran ahí conmigo. Me alegró que Ray fuera a andar con nosotras, me sentiría más segura. Ese lugar era aterrador.
—No es tan malo Filo, deja que Ray nos cuide —le dije y le guiñé un ojo—. Así podremos salir más.
—¡No me gusta! —siguió enfurruñada Filomena, y me recordó a mí cuando me negaba de esa manera—. No vamos a tener privacidad.
—No importa lo que digas Filo —dijo la tía Annette—.
Todavía no agarran a los que atacaron a Ray.
Están muy bien escondidos, nadie los ha vuelto a ver en el pueblo desde ese día.
Tu padre tiene miedo de que cuando anden por esos caminos solitarios las ataquen.
Hasta está pensando en comprar caballos.
—¿Y por qué no compramos unas motocicletas? —pregunté ilusionada.
Filomena soltó una carcajada mientras Ray y Annette intercambiaron una mirada de lástima. Luego me acordé de que éramos pobres. Mi mentalidad tenía que cambiar o iba a hacer el ridículo constantemente.
—¿En serio mi prima? —preguntó Filomena a pesar de las señas que le hacía su mamá—. ¿Cuándo vas a despertar y darte cuenta de la realidad? Vivimos en el fin del mundo y si eso no te es suficiente, ¡somos pobres, Alessia! ¡Po-bres!
Observé a Filomena cómo reía despreocupada.
Me gustaría ser como ella, tan desinhibida.
Decía sin miedo todo lo que pensaba sin preocuparse de que la regañaran o castigaran.
Ahora que lo pensé, ella también era hija única.
Sin embargo, por lo que vi, el tío Franco no la mimaba ni le daba todos sus caprichos como hacía papá conmigo. No obstante, ella parecía muy feliz.
—Señorita Alessia, perdón…, mi prima —intervino Ray—.
No se puede comprar motocicletas aquí. Primero, porque son muy caras y no podemos darnos ese lujo.
Segundo, porque aquí es muy difícil y caro comprar gasolina.
Tendríamos que estar pendientes de que viniera una barca con animales para comprar.
Aquí solo tiene un cacharro de auto el alcalde y apenas lo usa por lo mismo.
Mejor son los caballos, así podremos andar por todas partes con ellos.
Hice silencio. Era terrible no tener dinero.
Cuántas cosas tenías que tener en cuenta antes de gastar en algo.
Hasta ese momento nunca había pensado en eso, gastaba a manos llenas en todo lo que se me ocurría.
Bueno Alessia, eso se acabó. Tu transporte serían caballos, tendrías que montar en ellos.
A ti te gustaba hacerlo cuando ibas a la finca del bisabuelo.
¿Qué estaría haciendo? ¿Por qué tuve que decirle eso a papá?
Estaba muy arrepentida. Quería ser libre, pero no a costa de su sufrimiento, y sabía que mi bisabuelo debía estar muy triste. Todos los días lo acompañaba a la casa roja del lago y le leía los libros que le gustaban a la bisabuela bajo el flamboyán. Se ponía muy feliz, le brillaban los ojos.
—¡Alessia! —Me llamó Filomena tocándome por un pie.
Giré la cabeza para mirarla sin entender por qué me gritaba.
Me hizo señas con disimulo. Ya estábamos entrando en el pueblito y había unos jóvenes en la entrada que se reían de nosotros.
No era para menos, íbamos en una carreta con ruedas de madera que hacían mucho ruido, tirada por dos asnos.
Ella me señaló uno que parecía ser el que los dirigía, y vino hacia nosotros haciendo que Ray detuviera la carreta.
—Ese es el odioso de mi prometido, Bosco —me susurró al oído.
—No es feo, ¿en serio no te gusta? —pregunté al ver que a ella le brillaban los ojos al elogiarlo.
No me contestó, solo lo miró cómo se acercaba a donde estábamos sin decir nada.
Yo creí que sí le gustaba, pero lo rechazaba por algo.
Ojalá yo tuviera un novio tan guapo como él, pensé mientras lo observaba.
Al menos ella tenía esa libertad que yo no tuve.
Dentro de lo malo, una cosa buena. ¿Podría tener novio algún día, Alessia?
Nunca había estado en una relación, pero sí vi muchas en Roma. La situación era muy cómica. El joven llamado Bosco se acercó como si midiera los pasos y le temiera a Filomena, que lo miraba furiosa como si quisiera matarlo.
—Buenos días, mi suegra —saludó muy respetuoso—. ¿Por qué no me avisó que venía al pueblo para ir a buscarlos en el auto de papá? No olviden que muy pronto seremos familia y mi padre es el alcalde. Puedo ir por ustedes, no necesitan venir en esa carreta que da pena.
Lo había dicho todo muy amable sin apartar los ojos de Filomena.
Ella siguió mirándolo con rabia, al igual que a los otros que estaban detenidos detrás de él y que visiblemente se reían de nosotras.
Todos eran muy robustos, quemados por el sol y de buen semblante.
Pero indiscutiblemente, el novio de mi ahora prima era el mejor.
Resaltaba por encima de todos ellos. Debía ser el más guapo de todo el pueblo.
—¡Deja de hablarle a mamá así! —Le gritó Filomena mirando a su madre roja—. No necesitamos de ti. ¡Jamás me montaré en el cacharro de tu padre! Dale Ray, vamos, estamos atrasados.
—Filo, que seas mi novia no te da el derecho de hablarme así delante de otros, debes respetarme —le habló a mi parecer apenado, porque ella le decía esas cosas delante de sus amigos, que se reían al escucharla.
Luego me miró sonriendo amablemente, o al menos lo intentó—.
Esta debe ser tu prima, la huérfana de Roma.
Es verdad lo que me dijeron, que era linda. Mucho gusto, Bosco di Sutera.
—Alessia Mi…, Moret —rectifiqué a tiempo y le extendí la mano—. Soy Alessia Moret.
—Pues Alessia Moret, yo soy tu futuro primo —dijo con una sonrisa —. Te conocí cuando éramos niños, has crecido mucho. Cualquier problema que tengan me avisan, soy el hijo del alcalde, puedo resolver todo.