¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 28 . SOMOS POBRES
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28 . SOMOS POBRES

ALESSIA:

Me quedé observando a la tía al percatarme de que en mi delirio al parecer llamaba a mi hermano. Su mirada era tan fija que miré hacia afuera por la ventana en mi intento por esquivar la suya. Extrañaba a mi hermano, es decir a toda mi familia, los extrañaba mucho.

Annette no insistió. Continuó arreglando un extraño bolso pareciendo normal. Su silencio me daba algo de tranquilidad, pero también hacía que mil pensamientos me abrumaran. Sabía que tenía que darle una respuesta convincente que no rompiera con la historia que había inventado papá para mí.

—Kenet es mi… —me detuve recordando que era hija única ahora—. Mi novio.

—¿Tenías novio? ¿Era algo serio? —preguntó enseguida interesada.

—Sí, nos íbamos a casar —seguí con mi mentira.

—Vaya, qué lástima que te mudaron para aquí por lo que pasó —dijo para mi asombro.

—Tía, no recuerdo nada —decidí utilizar la pérdida de memoria que me había impuesto mi padre—. Lo último que tengo en mi mente es pelear con papá. ¿Puede decirme exactamente qué les pasó, por favor?

Tenía que saber toda la historia de los padres de la chica que estaba representando, para poder seguirla al pie de la letra. Ese castigo no era juego. Papá me dio el peor de los castigos que jamás imaginé que me diera. ¡Abandonarme a mi suerte!

Aunque sabía que lo que hice y dije fue terrible, creía que se le fue la mano con ese castigo.

No me dejó alternativas. No había teléfono, ni electricidad, ni televisión, ninguna manera de comunicarme para llamar a Kenet o a mamá.

Por lo que lo único que me quedaba era aprender a sobrevivir con esa nueva familia que me buscó.

—No sé bien qué sucedió Alessia. Lo único que me dijo Franco es que iban en su auto, alguien les disparó y murieron en el instante.

Parecía que tú escapaste y luego estabas desaparecida —me contó para mi sorpresa—.

Cuando dieron contigo, te encontrabas en muy mal estado en la estación de la policía. ¿En serio no te acuerdas de nada?

Se detuvo como si no quisiera contarme nada.

Negué con la cabeza diciendo que había olvidado hasta los rostros de mis padres.

Pero necesitaba saber, porque en verdad esa historia era extraña.

Papá al parecer no averiguó bien. ¿O sería él quien los eliminó para traerme ahí?

¿Qué habría hecho con la verdadera chica?

—El abogado que llamó le contó que los prestamistas te quitaron todo.

Te lanzaron a la calle con unos harapos.

Franco dijo que te enviaran para acá, él no podía ir por ti a Roma —siguió contando Annette—.

Así fue que te mandaron. Cuando llegaste estabas dormida todavía, te bañamos y te vestimos.

¡Dabas pena como estabas con esos harapos!

—Ya veo —suspiré al ver que papá se tomó mucho esmero—. ¿Entonces así fue que me mandaron en ese barco con los animales?

—Así es. Franco fue a recogerte al embarcadero —me miró fijamente con una leve sonrisa—. Después de todo, solo nos tienes a nosotros, no podíamos permitir que anduvieras viviendo en la calle. Somos tu familia y nos cuidamos los unos a los otros.

—Gracias tía —dije emocionada, porque podía sentir la sinceridad en sus palabras.

Me levanté de la mesa y llevé mi plato al fregadero. Me sentía encerrada, asfixiada en aquella casa que olía a jabón casero y a las especias de la cocina siciliana.

Quería salir. Necesitaba respirar, alejarme de las miradas que parecían saber más de mí de lo que yo misma entendía. Pero no podía, tenía que quedarme con ellos.

—Alessia hija, la familia es sagrada. Puede ser que Franco un día te grite o te prohíba hacer muchas cosas, y hasta yo pueda que lo haga —siguió diciendo mientras me tomaba una mano—. No lo tomes a pecho. Lo hacemos porque nos preocupamos por ti y queremos protegerte, solo eso.

Al escuchar esto, a mi mente vino la despedida que me hizo el bisabuelo.

Pobrecito, ahora entendía lo que me quiso decir con aquello.

Realmente mi familia Minetti era la mejor.

Al parecer sabía lo que papá iba a hacer: abandonarme la vida entera por maldecir y decir que odiaba a todos, que no quería pertenecer a ellos. ¡Pobre mi bisabuelo!

Si llego a saber que dejaría de verlo, me hubiese mordido la lengua antes de gritar aquello.

Prefería mil veces un castigo de papá en la casa que no verlos a todos.

¿Quién le iba a leer ahora historias? Ojalá no se muriera antes de que yo pudiera volver a verlo.

Sería bueno si pudiera hablarle aunque fuera.

—¡Todo listo mamá! —entró Filomena en ese momento—. Vamos mi prima. Ray nos va a acompañar.

—¿Ray está bien? —pregunté recordando sus heridas.

—Sí, ya le cicatrizó la herida —contestó enseguida—. El doctor hizo un buen trabajo, aunque es fea la cicatriz.

—Puede hacerse cirugía plástica para desaparecerla. Mi mamá es muy buena en eso y… —Me detuve al ver sus rostros de lástima y me acordé de que mi supuesta mamá había muerto—. Perdón…, lo olvidé por un momento.

—Ya, no te preocupes —Filomena me abrazó enseguida—. Además mi prima, me vas a perdonar, pero tu mamá no iba a dignarse mirar a Ray porque era pobre.

—Cierto —dijo la tía Annette—. Ella nos miraba con desprecio las dos veces que vino para lograr lo que quería…

La tía de pronto se detuvo y me dio la espalda. Filomena fue y se abrazó a ella. Sentí que había un secreto muy grande que me estaban escondiendo. Pero no era el momento para averiguarlo. Un día de seguro me lo dirían. Annette se giró para mirarme con una sonrisa que más bien parecía una mueca.

—Menos mal que saliste a la familia de Franco. Mi cuñado era un alma noble, no sé cómo fue a parar a las manos de esa mujer —otra vez se detuvo y volvió al tema de la cicatriz—. Además, estas cirugías deben costar muchísimo. ¿De dónde va a sacar Ray ese dinero?

—¿Aquí no hay hospitales que las hagan? —pregunté con curiosidad.

—No. Hay una pequeña clínica y no hace nada de eso.

Una vez al mes vienen especialistas y dan consultas.

A la gente de aquí les cuesta mucho ir a la capital, vale mucho dinero que no tenemos —explicó con mayor amabilidad—.

Ahora dejemos de hablar de eso. Vamos para poder visitar todas las tiendas.

Su padre me dio el suficiente dinero para comprarles cosas.

La tía sacó de su bolso un fajo de billetes.

La miré asombrada. ¡Quinientas liras italianas!

¿A eso ella le llamaba suficiente dinero?

Eso no daba ni para comprarme la ropa interior.

Bueno, querías ser pobre Alessia, lo eres.

A mi mente vino una de las cosas que decía mi bisabuelo a cada rato: "Nadie sabe lo que tiene hasta que no lo pierde."

No te quejes, a lo mejor las cosas aquí eran muy baratas.