¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 27 . SECUELAS PELIGROSAS
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27 . SECUELAS PELIGROSAS

LILIAN:

Rufo se detuvo para mirarme de frente y me abrazó de nuevo al ver que mis lágrimas corrían libremente. Cuando al fin me calmé un poco, siguió conmigo así avanzando.

—Solo te digo la verdad, lo conozco, es mi hermano.

Cuando sienta que Alessia aprendió a valorar lo que tuvo hasta ahora, que haya crecido y se comporte como lo que es: una mujer de veintiún años y no una niña mimada de diez, solo entonces creo que permitirá que le pida perdón —Rufo me soltó antes de agregar—.

Pero nunca más volverá a ser la niña de papá.

Ale no volverá a cometer el mismo error, ¡jamás lo hace!

Me quedé en silencio escuchando lo que decía Rufo.

Sabía que era verdad. Mi esposo, los pocos errores que cometía, no los repetía nunca.

Lo peor era que había desaparecido y no dejaba que me acercara a él.

Estaba muy desesperada, lo necesitaba mucho.

Observé a Rufo, queriendo decirle lo que me sucedía. Después de todo era mi doctor.

Lo había seguido al camerino de los doctores.

Se estaba quitando la camisa. Era muy apuesto.

Su dragón tricolor era increíble. Nunca lo había mirado como hombre.

Era muy bello y varonil, a pesar de lo que era.

Aunque recordé que Alessandro me dijo que era bisexual, iba con las dos partes, pero ahora estaba casado con mi mejor amigo.

—¿Qué es, Lily? ¿Por qué me miras así? —me preguntó Rufo al ver cómo me pasaba la lengua por los labios. Me puse colorada y bajé la vista. Nadie mejor que él conocía la secuela que me quedó de la operación en mi cabeza—. ¿Desde cuándo no haces el amor con Ale?

—Desde que pasó todo. Disculpa, Rufo —contesté muy apenada—. No lo hice a propósito, sabes la secuela que me quedó. Ya no sé qué hacer. Necesito, necesito que tú…

—Ven conmigo —me interrumpió Rufo y me llevó a su consulta, donde me puso una inyección—. Habla con Ale en cuanto lo veas. Dile lo que te pasa. Solo si se niega, ven conmigo y veremos cómo lo solucionamos, ¿de acuerdo? Toma esto.

—¿Qué es esa caja? —pregunté intrigada.

—Ábrela cuando estés en tu habitación. Si necesitas ayuda, llama a Migue para que te enseñe.

¿De acuerdo? Aguanta un poco más, Lily, te puse algo para bajar tus hormonas.

No es un remedio, pero te ayudará —me explicó preocupado—.

¡No vayas a cometer una locura que empeore las cosas, Lilian!

Ale está fuera de control. Si lo haces, no habrá nadie que lo detenga después.

Me quedé en silencio mirando la caja en mis manos.

Rufo se alejó de mí porque me comprendía muy bien.

La secuela que me quedó no era juego. En verdad lo necesitaba mucho y podía perder la cabeza ante el más mínimo estímulo.

Por eso se alejó. Me abracé de la caja y me agaché llorando.

Rufo regresó, me levantó y me abrazó. Y sin más, me llevó al baño.

—Entra, estaré aquí por si necesitas mi ayuda —dijo empujándome.

—Me da pena, Rufo —le dije con confianza.

Rufino, además de ser mi director, era mi médico. Además de ser el mejor amigo de mi esposo y ahora mío.

—Lily, hazlo ahora o le saltarás a cualquier hombre arriba. ¡Entra! —Insistió cuando me vio querer salir de nuevo—. No dejaré que nadie te perturbe. Va a ser rápido por el tiempo que llevas sin hacerlo.

—¿Por qué no me ayudas tú, Rufo? —Me atreví a preguntar—. Ale una vez me dijo que me iba a poner a hacerlo contigo para que aprendiera que era solo un acto.

—No podemos, Lily. Primero debemos hablar con Alessandro y Migue. No quiero arriesgar la gran amistad que nos une, y mucho menos mi relación. Y creo que tú tampoco —lo entendí, claro que lo hice—. Solo alíviate con eso, intentaré hablar con Alessandro y explicarle. ¿De acuerdo? Ve ahora.

Nadie sabía lo que sufría después que me recuperé de la operación por el tiro en mi cabeza.

Los deseos fervientes que me inundaban por hacer el amor me hacían perder el control.

Era como si una fiebre interior se hiciera dueña de mí.

Pero nunca antes me había visto con la necesidad de usar ningún aparato.

Alessandro en ese aspecto era muy poderoso y me complacía cada vez que se lo pedía sin importar la hora y el lugar.

Pero ahora Alessandro llevaba mucho tiempo sin tocarme.

Me había contenido inyectándome, pero eso ya no me funcionaba.

Tomé aire, encerrada en ese baño frío y silencioso.

Puse la caja sobre el lavabo. Mis manos temblaban sobre la superficie áspera de cartón.

No tuve valor de abrirla de inmediato. ¿Qué habría en su interior?

Algo me decía que la respuesta estaba destinada no solo a enfrentar esa oleada de deseo insaciable que me consumía, sino también a remover los cimientos de mi matrimonio.

—¿Todo bien, Lily? —Escuché a Rufo. Estaba detrás de la puerta, del otro lado, siempre atento, como si temiera que fuera a hacer algo irracional.

Me miré al espejo y mi reflejo me devolvió a una mujer que apenas reconocía.

Los ojos demasiado abiertos, el cabello desordenado, el ligero rubor en mis mejillas, mi respiración entrecortada.

Esta no era yo, o tal vez sí lo era. Tal vez esta era la verdadera yo, esa parte de mí que había estado sepultada por todo lo demás: la hija ejemplar, la esposa atenta, la superviviente de un accidente que no debería haber superado.

—Estoy bien —respondí finalmente.

Atraje la caja hacia mí y deshice con torpeza el lazo. Al abrirla, el contenido me dejó sin palabras. Mi rostro enrojeció al ver lo que Rufo me había dado. La vergüenza, la ansiedad, todo se agolpó en mi pecho como un torrente descontrolado. Intenté respirar hondo y hacerlo, pero no pude.

Abrí la puerta y me abracé de Rufo echándome a llorar.

Tenía tanto llanto acumulado en mi pecho que salió como un vendaval que no podía detener.

Él solo me abrazaba en silencio sin soltarme, sabiendo exactamente por qué estaba así.

No solo era ese problema sino el cúmulo de ellos que me atormentaba.

Tenía miedo de perder no solo a Alessia, sino a Kenet y sobre todo a mi esposo. ¿Qué iba a hacer?

—Cálmate Lily —me pidió Rufo acariciando mi espalda—. Todo va a estar bien, te ayudaré. Vamos para la casa, yo mismo hablaré con Alessandro. No puede ignorarte así, tiene que cumplir o lo haré yo, te lo prometo.

—Gracias Rufo, muchas gracias —logré decir mientras lo veía tomar mi bolso. Pero en verdad no quería llegar a eso. ¿Aceptaría Alessandro o seguiría odiándome?