25 . LA NUEVA FAMILIA
ALESSIA:
Seguí sentada en el comedor junto a la tía Annette.
Papá no había venido a verme una sola vez en todo ese tiempo que estuve ahí.
Pensé que me estaría vigilando, que al enterarse de que me atacaron y enfermé vendría por mí y me llevaría a casa, pero no lo hizo.
Volví a suspirar con un nudo en la garganta.
—Deja de suspirar, es triste lo que te pasó, pero lo vas a superar, te ayudaremos —dijo de pronto Annette—. Ahora somos tu familia, no tengas miedo.
—Gracias, tía —dije realmente agradecida—. ¿Quién dormía conmigo? ¿Filo?
—Nadie, Filomena dormía en su cuarto. Franco se pasaba un rato haciéndote historias, hasta que sentía que te dormías, pero nadie se quedaba contigo en el cuarto —me respondió de nuevo la tía—. La casa, como puedes ver, es pequeña. Si te mueves en tu habitación, me escuchas en la mía.
—¿Nadie? —pregunté incrédula.
Hubiese jurado que alguien me abrazaba en las noches y me arrullaba con cariño. Pero ella no me mentiría. Debió ser un sueño.
—Termina de comer, vamos a ir al pueblo a comprarles ropa —me sacó de mis pensamientos la tía—. Filo, ve y dile a Ray que arme la carreta, iremos a las tiendas.
—¿En esa cosa, mamá? —protestó Filomena—. Todos se van a reír de nosotros.
—¿Crees que tu prima pueda caminar hasta allá? —Le recordó la tía—. Ve a hacer lo que te dije.
—Cierto, no puede. Está bien, ya le aviso a Ray —y se giró hacia mí—. Mi prima, tienes que ayudarme a elegir ropa bonita, por eso no fui antes, esperé a que te levantaras. Mamá no tiene buen gusto, solo me compra sayas floreadas y blusas de vuelos. ¡Nunca me ha llevado a comprar mi ropa!
—¡Vete a hacer lo que te dije! —le gritó Annette y ella se fue corriendo. Luego me miró y me preguntó—. ¿Por qué preguntaste eso? ¿Sentiste a alguien contigo en la cama?
—No, no sé —bajé la cabeza—. A lo mejor eran ustedes cuando iban a verme. ¿Dónde está el tío?
Cambié de tema, no quería seguir hablando de mis ilusiones. Por suerte ella no insistió. Me dijo que Franco estaba en su trabajo desde muy temprano. Era en el pueblo y a lo mejor lo íbamos a ver allá o a nuestro regreso. Trabajaba por la mañana allá y en la tarde en los viñedos.
—Está algo preocupado, ha estado sintiendo muy inquietos a los animales en las noches —dijo la tía, aunque yo no entendía nada.
—¿Y qué significa eso? —quise saber.
—Los animales, hija, reconocen a los extraños —dijo para mi sorpresa—. Franco cree que hay un merodeador, pero no ha podido dar con nadie. Por eso no vayas a alejarte de la casa sola, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, tía —mi corazón dio un vuelco.
Miré por la ventana. Tenía miedo de que vinieran los de la banda de ese bruto con quien tuve la pelea detrás de mí. O quizás eran los enemigos de mi padre que habían descubierto que estaba ahí desprotegida. La voz de la tía me hizo prestar atención.
—También quería pedirte disculpas por enviarte a buscar a Ray, tu padre… —se detuvo—. Digo, Franco, me regañó por eso. Nunca te separes de Filo, ¿de acuerdo?
—¿Qué quiso decir con eso, tía? ¿El tío Franco es mi padre? —pregunté directo recordando lo que había escuchado.
—Es una historia larga, Alessia, que un día te contaremos —contestó muy seria—. Por ahora solo te digo que nos veas como a tus verdaderos padres. Porque a partir de ahora eres nuestra hija, y aunque eres adulta, nunca dejaremos de estar ahí para ti.
—Gracias, tía, muchas gracias —me emocioné, acordándome de mi propia familia, que siempre había estado ahí para mí. ¿Qué estarían haciendo?
Di una mordida al queso con mermelada mientras la tía Annette me siguió contando cosas de Franco y la familia en general.
Me contó que nadie sabía nada de los seguidores de Benedetto, que era como si se los hubiera tragado la tierra.
Eso tenía muy preocupado a mi tío y temía que fueran ellos los que merodeaban la casa.
Luego se quedó en silencio y me preguntó:
—¿Por qué tienes un dragón tatuado en tu espalda?
Me quedé mirando a mi tía fijamente. Al parecer me bañaron y quitaron la máscara de maquillaje que lo cubría. Bajé la cabeza pensando en cómo explicar eso. Ella no insistió y siguió haciendo cosas, pero supe que esperaba la respuesta.
—No es nada, tía, es una moda que hubo en Roma —dije sin mirarla—. Después me arrepentí de hacerlo, por eso me lo cubro con maquillaje.
—No sé cómo tus padres dejaron que te hicieras eso.
Haces bien en cubrirlo, compraremos esa crema que dices para que lo sigas escondiendo.
Aquí odian a los dragones. Cualquiera que tiene uno en su cuerpo que no sea el de los maleantes, la pasa muy mal —le presté mucha atención—.
Así que nunca, nunca podrás bañarte con la espalda descubierta, ¿de acuerdo?
Y mucho menos ponerte blusas que puedan hacer que se vea.
Asentí y seguí comiendo el desayuno. Era muy rico.
Annette cocinaba muy sabroso, no sería como en mi casa, pero no estaba mal.
Me asombró haber comido toda la comida. Era uno de los pleitos que mis padres siempre tenían conmigo, pues era muy caprichosa a la hora de comer y hacía que me hicieran la comida que quería o no comía.
Pero eso se acabó, me dije. Tenía que comerme de ahora en adelante lo que me pusieran en el plato.
—¿Por qué odian a los Minetti? —Me atreví a preguntar.
—Ssh… —me mandó a callar aterrada—. ¡No vuelvas a mencionar ese nombre nunca más en tu vida! ¿Me escuchas?
La intriga me estaba matando. Que yo supiera, mi papá nunca había venido a esa isla. ¿Por qué los iban a odiar? Bueno, algún día me enteraría de lo que estaba pasando. Al parecer, mi vida en Sicilia iba a ser por mucho tiempo.
Sí que molesté al Capo di tutti i capi. Me dio exactamente lo que pedí: ser hija de un campesino pobre. Extrañaba mucho a mi hermano. ¿Cómo estaría? Muy pronto sería su cumpleaños y no iba a estar.
—¿Extrañas a Kenet? —preguntó Annette y me sorprendí.
—¿Dónde escuchaste ese nombre, tía? —pregunté a mi vez.
Me dio un vuelco el corazón al escucharla mencionar a mi hermano. ¿Sería que aquella era una familia de mentiras que papá inventó para darme ese castigo? No sería la primera ni la última vez que él armara familias para lograr algo, pensé ilusionada.
¡De seguro era eso! El tío Franco debía ser un dragón de papá. ¡Ya sabía que no me iba a abandonar por muy molesto que estuviera! Seguí creyendo eso, un poco animada, respiré alegre.
—Lo llamabas cuando estabas delirando con fiebre —toda ilusión se fue al escuchar a la tía—. También le pedías perdón a tu papá todo el tiempo. ¿Por qué? ¿Qué hiciste?