23 . EL DRAGÓN NEGRO
EL BISABUELO:
Alessandro no había querido decirle a nadie dónde metió a Alessia.
Muchos creíamos que la tenía recluida en alguna parte en los laberintos debajo de Roma.
Pero por mucho que la habían buscado, era como si se la hubiese tragado la tierra.
Cuando se la llevó no regresó en diez días, y cuando lo hizo, no le dirigió la palabra a nadie, solo a mí.
Y como sucediera cuando perdió a su primer hijo, el dragón negro despertó y estaba aniquilando a todos los enemigos.
Cada noche salía con su cuerpo élite y regresaban en la madrugada llenos de sangre.
Alessandro se perdía por días sin decir a dónde iba, y cuando regresaba estaba más sombrío que nunca.
—Esto no puede seguir —dijo mi hijo entrando en el despacho—. Papá, tienes que ayudarme a detenerlo. Yo no lo conozco, eres tú quien sabe cómo. Está haciendo un baño de sangre.
—¿Qué quieres que haga hijo? —Dije con impotencia—. Lo mismo pasó cuando mataron a Celia y a Alessandrito. Se volvió otro, perdió su humanidad. Solo después que conoció a su esposa Lilian fue que cambió, volvió a ser ese que conociste.
—¡Yo no hice esta organización para convertir a mi único hijo en un cruel asesino! —Gritó furioso.
Lo miré con incredulidad. Mi hijo, que se crió como un príncipe haciendo todo lo que quiso en su vida porque dinero hemos tenido siempre, y que desapareció por tantos años por haber creado esa maldita organización, me estaba diciendo esto.
—¿No? ¿Y por qué lo condenaste a ser el dragón negro, el UNO? —pregunté molesto—. ¡Tenías que haberlo dejado fuera de todo!
—La idea que teníamos en aquel entonces era nosotros dirigir, financiar y que los otros hicieran el trabajo sucio —dijo para mi asombro.
—¿En serio creyeron que podían mantenerse limpios luego de crear esa enorme organización con mafiosos de todo tipo?
Ahora entiendo por qué los engañaron. ¡Para dirigir criminales tienes que ser el peor de todos!
—Grité dando una palmada en el buró—. Yo no puedo hacer nada, ojalá pudiera.
Ve a ver a Lilian, es la única que puede calmarlo.
—¡Ya fui! ¡Alessandro no le habla! Dice que se ha cansado de rogarle y no la escucha.
Lo último es que no duerme con ella, se queda en esa habitación que tiene en el sótano o desaparece nadie sabe a dónde, solo —me contó mi hijo—.
He bajado a hablar con él y no me abre. Solo lo oigo golpear por horas los aparatos. Tiene a todos los dragones asustados.
Siguió quejándose el segundo Alessandro Minetti de su hijo.
No le dije nada más, solo lo observé. Cuando inició con la idea de esta organización, lo hizo después de conocer a Camil y enamorarse perdidamente de ella.
Ellos pensaron todo el tiempo en utilizar las fuerzas oscuras para el bien de la humanidad.
La idea de "los dragones" fue de Camil. Era ella quien tenía obsesión con ellos y creó todo el sistema de jerarquía a base de colores.
Jamás pensó que estaba condenando a su único hijo a esta vida tan cruel.
¡Jamás! Pude ver que mi hijo estaba realmente muy arrepentido al ver todo lo que estaba pasando por culpa de volverse mafiosos.
—Eso es bueno, ¿no? Hace años que no los sacudían —dije tratando de justificar a mi nieto—. Tienen que temerle para que lo respeten.
—¡No debiste entrenarlo para que fuera un mafioso papá! —Me gritó furioso.
—¿Y qué querías? —pregunté más alterado aún que él—.
¡Que lo dejara ser un debilucho como tú y me lo mataran!
¡No! No me voy a arrepentir de haberlo vuelto fuerte.
De lo único que me arrepiento es de no haberlo sacado de la mafia, no de haberlo entrado en ella.
¿Capisci? ¡Déjalo tranquilo, ya se le pasará!
—¿Por qué pelean? —se escuchó una dulce voz. Era Camil, la madre de Alessandro, que creía que su hijo estaba en el despacho—. No ganan nada con culparse uno al otro por lo que pasó.
—Pero querida, Alessandro está ciego, fuera de control —dijo mi hijo—. Tenemos que detenerlo o destruirá todo.
—No lo hará, es buena esta limpieza que está haciendo.
Llevaba muchos años demasiado pacífico —me asombró escucharla estar de acuerdo conmigo—.
Los dragones se estaban acostumbrando a hacer cosas por su cuenta y a pedir dinero a cada rato.
Se necesita mano dura para dirigirlos. Deja que Ale haga lo que quiera hasta que suelte la frustración que lo embarga. Entre más lo acosemos, peor será.
Mientras en el despacho los mayores debatían sin solución, en la segunda planta la batalla era diferente, más silenciosa y más dolorosa.
LILIAN:
Miré a mi hijo Kenet, que había entrado en mi habitación con cara de desesperación. Había buscado a su hermana por todas partes y no había podido encontrar una sola pista. Y como su padre, su dragón también había despertado. Se enredaba a golpes con todo el que medio le contestaba.
—¿Qué te pasó? —le pregunté al ver cuando sacó su camisa una herida en su espalda.
—Nada, alguien me atacó por la espalda —me contestó—. Vine para que me curaras.
—Siéntate en esa silla, ya voy por las cosas —corrí a buscar mi maletín de doctora de inmediato—. Kenet hijo, estás haciendo las cosas mal, no puedes imitar a tu padre.
Le hablé mientras se dirigió al baño para regresar con un botiquín.
Cuando lo hice, lo vi con la foto de su hermana Alessia en sus manos.
No le dije nada, me puse a cogerle los puntos.
Estaba desesperada aunque no lo demostrara.
Alessandro se había cerrado para mí. De mi dulce y comprensivo esposo no quedaba nada.
Sabía que me culpaba de que Alessia fuera así.
Yo también lo hacía. Estaba muy asustada de no poder encontrarla nunca.
—¿Qué vamos a hacer mamá? —preguntó mi hijo—. Tengo que encontrarla. Toda mi vida la he tenido a mi lado, ahora me siento como si me faltara la mitad del cuerpo. Temo tanto que la maltraten y no estar para defenderla.
—Ella está muy bien entrenada, confía en tu hermana —le dije tratando de sonar normal.
—Sé que lo está y que no dejará que abusen de ella.
Pero si la atacan varios, como aquella vez que querían pegarle porque la dejé sola en el parque —recordó realmente preocupado Kenet—.
Tienes que hacer que papá me mande con ella mamá, no es que le levante el castigo, solo quiero cuidarla. ¿Me entiendes?
—Kenet, sé que nunca habías visto a tu padre como está ahora —comencé a decir tratando de calmarlo—. No escucha a nadie de esa manera. Aunque no lo creas, está muy adolorido por las cosas que le gritó tu hermana.
—Es verdad, no lo reconozco, parece una bestia salvaje —reconoció en voz baja Kenet—. Su mirada aterra, es como si hubiera perdido su humanidad. Me da miedo mirarlo o acercarme.
—No le tengas miedo hijo, nunca te hará daño —de pronto se me ocurrió una idea que quizás funcionara—. Acércate, creo que en estos momentos eres el único que puede hablar con él. Aprovecha que te hirieron y ve a verlo. Dile quién lo hizo, hazlo preocuparse por ti.
—¿Crees que funcione? —preguntó ilusionado.