¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 22 . LA ENFERMEDAD
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22 . LA ENFERMEDAD

ALESSIA:

Lloré más al escucharlo en silencio. ¿Qué me enseñaba papá?

Me enseñó a sobrevivir en este mundo cruel.

Si no llega a ser porque me entrenó tan fuerte, ese día no hubiera sobrevivido.

Traté de no moverme. Los sollozos ahogados me hacían doler todo el cuerpo.

Creo que me había partido una o dos costillas. Si mamá estuviera ahí, o el tío Rufo…

—Sí, tiene el cuerpo todo lleno de moretones, menos mal que Ray logró impedir esa desgracia —seguía escuchando a la tía Annette—. Pobre chica, acaba de perder a sus padres y ese desgraciado le da una paliza.

—Alessia no es como su madre, no cojas el odio que le tenías con ella, Annette. Es mi hija, lo sabes muy bien —dijo Franco con seriedad—. No importa lo demás, la vida me la regresó y no voy a dejar que nadie la maltrate, ni siquiera tú. ¿Capisci?

Se hizo un silencio en el que me quedé intrigada. ¿Qué quiso decir con eso? ¿La prima de Filomena era hija suya o era un decir?

—Ya lo entendí Franco, pasaron muchos años de eso —dijo la tía Annette con tristeza.

—No debiste mandarlas solas a buscar a Ray, pudiste avisarme.

Estoy cansado de decirte que no debes mandar a Filo al monte, hay muchos sinvergüenzas que la quieren —la regañó con rudeza Franco—.

Ya viste que la otra vez, si no es por Bosco, la hubieran raptado.

Mucho menos debiste mandar a Alessia, que no conoce nada de aquí. Es muy dócil y buena chica.

—Lo sé, me arrepiento de eso, debí ir por ti. Nunca imaginé que habían atacado a Ray. Y no me lo tienes que decir, ya me di cuenta de que Alessia es dócil. No ha protestado desde que llegó y hace todo lo que le pido —la escuché decir para mi desconcierto. ¿Dócil yo?

Si hubiera sido dócil no le habría hecho a mi familia esto. De seguro que todos estaban muy preocupados por mi culpa. Alessia, tienes que portarte bien con ellos o no vas a salir viva de ese lugar.

—Alessia está muy traumatizada. Me contó Filo que dice cosas locas, así que tú tampoco la regañes mucho.

No la maltrataré, no te preocupes, ella no tiene la culpa de lo que nos hicieron sus padres —me alegré al escuchar eso—.

Suficientes desgracias tiene encima. Debes darme dinero para comprar ropa.

La que tenía está toda rota y Filo no tiene más.

Además, van a ir a la escuela, no pueden ir siempre con la misma.

—De acuerdo, esos cretinos en Roma se aprovecharon de ella y le quitaron todo. Tengo que hacer un viaje allá a resolver eso —lo escuché decir.

—¿Qué quieres decir? ¿No lo perdió todo? —presté atención.

Seguí escuchando lo que hablaban mis ahora tíos, muy interesada. Quizás esa fuera mi oportunidad de regresar a Roma. Si le rogaba, a lo mejor me llevaba con él. Aunque tuviera que regresar, quizás…

—Al parecer no lo perdió todo, tengo que ir a ver eso en Roma —siguió hablando Franco—. Ahora no puedo, le dije al abogado que sacaría un tiempo cuando las cosas se calmen por aquí. Toma, precisamente ayer había sacado dinero para eso.

—¿De dónde sacaste tanto dinero? —preguntó Annette.

—Es el dinero que estaba acumulando para pagarle a mi hermano la deuda de las tierras, nunca lo quiso coger.

Se sentía culpable por lo que nos hicieron.

Lo había guardado, ahora lo utilizaremos en las chicas —vaya, iba a poder ponerme ropa nueva—.

Toma, compra lo necesario. Son unas señoritas en edad de casarse, tienen que dar una buena impresión en la escuela.

No me parecieron ahora tan aterradores cuando los escuché.

¿Qué querría decir el tío con eso de que era su hija?

¿Lo sería la Alessia de su hermano? ¿Qué fue eso que dice les hicieron?

Bueno, eso no tenía nada que ver conmigo.

Creo que podría dormir un poco más. Franco no pensaba ir por ahora a Roma, tendría que esperar y ver cómo lo convencía para que me llevara con él.

¿Qué estarían haciendo todos en mi casa?

Llevaba solo un día aquí y era aterrador sentirme sin ellos.

Debía ser a esto a lo que se refería mamá cuando me pidió perdón.

¿Volvería a verlos algún día? Si no podía trabajar, ¿cómo iba a reunir dinero para sacar un pasaje para Roma?

Papá, por favor perdóname y ven por mí, no me siento bien.

Sin saber cómo, me quedé profundamente dormida.

Cuando Filomena entró a verme, estaba delirando.

Me dieron grandes fiebres porque me había resfriado.

Annette y Filomena me cuidaron muy bien.

Hasta Franco venía a cada rato a verme cuando me escuchaba clamando por mi padre, y me acariciaba la frente con cariño.

—Alessia, no tengas miedo, nunca más dejaré que te pase nada. Iré a reconocerte, no serás huérfana, me tienes a mí —me decía con cariño, sintiendo una gran pena por ella.

—Papá, perdóname… —me había abrazado de él llorando al escucharlo—. No lo volveré a hacer papá, perdóname.

—Suss…, duérmete cariño, estaré aquí cuidando de ti. Estás segura hija mía, estás segura —me repetía una y otra vez—. Perdóname tú a mí por haberte dejado con ellos tanto tiempo.

—Papá, perdóname, papá… —seguía en mi delirio repitiendo.

Tanta era mi agonía que al verme así, Franco hizo venir al doctor todos los días.

Seguí dando gritos sin dejarlos dormir por varios días.

Hasta que después de una noche en que sintieron muy inquietos a los animales, mi llanto se detuvo.

Ellos, que se habían levantado para venir a mi lado, se asombraron.

Me había quedado profundamente dormida. Vinieron a verme y, según me contó Filomena, yo estaba sonriendo.

Comencé a recuperarme. No volví a llorar en los días siguientes, ni a llamar a mi padre.

Al fin, diez días después de haber llegado a esa casa, me había levantado. No estaba del todo bien, pero no aguantaba más estar encerrada en la habitación. Me puse la ropa de trabajo que estaba en una silla al lado de la cama.

—¿Cómo te sientes mi prima? —preguntó Filomena en cuanto me vio salir y corrió a ayudarme—. Esa gripe acabó contigo. Has bajado mucho de peso.

—Eso es verdad —dijo Annette, que me había cogido lástima en todas las noches que me oyó llorar clamando por mis padres—. Ven siéntate, te hice un buen desayuno.

—Muchas gracias tía —le dije y me senté a comer en silencio.

Suspiré bajo sus atentas miradas mientras pensaba.

Si hubiera estado en mi casa, entre mi mamá y mi tío Rufo, me hubieran curado más rápido.

Sacudí mi cabeza aguantando las ganas de llorar.

Bueno… Diez días. Llevaba diez días fuera de casa y ya sentía que había pasado una eternidad.

Parecía que papá me había abandonado de verdad.