19 . VERDADERAMENTE SOLA
ALESSIA:
Una brisa suave y fría hizo que me estremeciera.
La ropa de Filomena era muy veraniega y tenía frío ahora que estaba bajando la temperatura.
Regresé al lado de Ray, que todavía estaba medio inconsciente y solo trataba de abrir los ojos.
Me senté a su lado para coger calor. De seguro de esto me resfriaría si no se apuraba Filo a venir con el tío Franco.
Bueno, debía estar agradecida a papá por buscarme una hermana y un tío fuerte.
No me dejó tirada a mi suerte, eso tenía que reconocerlo.
—Ray, mi nombre es Alessia Minetti. Me da gusto conocerte —dije, pero él seguía igual, por eso continué—. Sabes, extraño mucho a mi familia. Nunca imaginé que los iba a extrañar de la manera que lo hago.
Se me escapó un gran sollozo que había traído atragantado desde que me di cuenta del castigo que me dio.
La inmensa soledad que sentía lejos de ellos era aterradora.
Sobre todo, deseaba tanto ver a papá y pedirle perdón por las cosas horribles que le dije.
Su mirada era de un enorme dolor, como si le hubiese apuñalado el corazón.
Todavía no podía sacarla de mi mente. Cerré los ojos y vi los suyos mirándome con incredulidad y un inmenso dolor.
Había visto muchas miradas en mi padre, pero esa fue la peor de todas.
Y luego cuando habló, su voz era tan oscura y fría que me asusté.
Sabía que le había hecho un daño irreparable a papá.
Esta vida no me alcanzaría para ganarme su perdón.
Me eché a llorar recostada a Ray, que se movió algo pero no despertó aún. Por lo que le seguí contando.
—Eso me está matando Ray. ¿Cómo pude gritarle todas aquellas horribles cosas con lo bueno que es conmigo, si eran mentiras?
—me detuve para limpiar mis lágrimas—. Sabes, mi papá es un gran hombre, el mejor de todos.
Estoy muy orgullosa de ser su hija y lo adoro.
Yo sé que él no quería ser mafioso, me lo dijo el bisabuelo, que se negó todo el tiempo.
Fue él quien lo obligó a entrar en ese mundo para que buscara a mis abuelos.
Me detuve al ver cómo movía un poco sus manos. Lo observé por un instante pero seguía inconsciente. Por suerte parecía que había dejado de sangrar. Me estremecí con el frío y volví a recostarme a él. Me sentía muy sola, necesitaba a mi hermano.
—Todo es culpa mía. Sé que la obsesión que tiene papá con cuidarme es por lo mucho que sufrió cuando le mataron a su primer hijo, mi hermano Alessandrito.
Tiene miedo de perdernos a nosotros también —me dolió mucho saber que lo herí así—.
Sin embargo, ahora me doy cuenta de que era una malcriada peor que Marena.
Ya mamá había conseguido que me dejara ir a estudiar con mi hermano Kenet a París.
Solo debía portarme bien un mes, ¡un mes y sería libre!
No sabes lo arrepentida que estoy. Tengo tantas ganas de verlo.
Lo he llamado todo el tiempo con mi dispositivo, parece que no funciona.
Creo que papá me abandonó como se lo pedí, y eso me aterra…
—Vaya, vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? —Una voz gruesa me hizo saltar asustada.
Me levanté de un golpe solo para ver cómo se acercaba un hombre.
Era muy fornido, vestía un pantalón ajustado sujeto por un amplio cinturón en el cual vi que llevaba un cuchillo, unas botas altas de montaña, la camisa abierta con las mangas arremangadas.
Se me quedó mirando con una sonrisa malévola.
Su rostro estaba surcado por una enorme cicatriz parecida a la herida que tenía Ray.
—Tú debes ser la noviecita de Ray —dijo sin dejar de mirarme.
—¿Qué quieres? —pregunté, no me gustaba para nada ese tipo—. ¿Tú quién eres? ¿Te mandó el tío Franco a ayudarme con Ray?
Soltó una estruendosa carcajada como si hubiera dicho el mejor de los chistes. Mi instinto me dijo que no era amigo. Por lo que me puse en alerta. Eso no era un juego, Alessia. Estabas en peligro.
—No señorita, tu tío Franco no me puede mandar.
En cuanto a este desgraciado, mejor te quitas del medio y me dejas acabar con él —dijo mientras extraía el cuchillo y seguía hablando sin dejar de mirarme—.
Entiendo ahora, tú debes ser la sobrina de Franco que vino de Roma.
Esto cada vez se pone más interesante. Paciencia belleza, cuando termine con Ray, tú y yo nos vamos a divertir mucho.
Si te portas bien, puede que tu vida sea mejor que la de ser una huérfana recogida.
Me coloqué instintivamente delante de Ray.
No lo conocía, pero no dejaría que lo asesinaran así como estaba.
Era el primo de Filomena, y ahora el mío también.
Además, seguía yo en su menú cuando lo matara.
Arremangué mi saya para que me dejara moverme libre.
Había vencido a tipos peores que ese. Así que no me dejaría amedrentar.
—¡Tócalo si te atreves! —Le dije cuadrándome, lista para luchar.
—Muchacha, ¿en serio crees que puedes impedirme que acabe con él y luego contigo? —Se rió estruendosamente—. ¡Esto sí está bueno! ¡Deja de estorbar y pórtate bien!
El hombre trató de empujarme, pero lo esquivé y le di una enorme patada en el estómago haciendo que retrocediera. Me miró asombrado, de seguro preguntándose cómo una mujer podía hacer eso.
—¿Conoces algunos trucos, eh? —preguntó ahora molesto—. De nada te servirán, hago tres de ti.
Arremetió de nuevo tratando de agarrarme. Volví a esquivarlo y a propinarle otra patada en su espalda. Papá me enseñó siempre a ser muy rápida y no dejarme atrapar. Era algo en lo que insistía mucho.
—¿Quién te has creído que eres? —Bufó furioso—. ¡Me las pagarás, te haré rogarme!
—Quiero ver que lo hagas —dije sujetando mejor mi saya que me estorbaba.
Ahora me miró con más detenimiento mientras hacíamos un rodeo midiéndonos.
Se pasó la mano por el costado donde le di la patada.
En realidad era fuerte, muy fuerte. Sabía que no sería fácil vencerlo, pero no le tenía miedo.
Primero muerta antes de dejar que ese energúmeno hiciera conmigo lo que quisiera.
Avanzó de nuevo contra mí tratando de atraparme sin lograrlo. Era un campesino bruto, pero vi que no sabía artes marciales. Volví a esquivarlo al tiempo que le di otra patada en la costilla empleando su fuerza al atacarme, y escuché un crack. Estaba contenta de las botas que traía.
—¡Maldita, no sabes con quién te has metido! —Gritó mirándome con odio. Estaba segura de que nunca una mujer se le había opuesto y eso lo dislocaba—. ¡Serás mi perra a partir de hoy! ¿En serio crees que puedes con un hombre como yo? ¡Mejor ponte en cuatro patas y ladra!
—Otro más que quiere que sea su perra —me reí para liberar un poco el miedo que sentía.
Vi cómo Ray hacía por ponerse de pie, pero volvió a caerse. Estaba sola. Y el hombre, lejos de retroceder, escupió en el suelo, apretó el cuchillo con las dos manos y avanzó hacia mí con una lentitud que me heló la sangre.