¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 18 . EL PRIMO RAY
7%

18 . EL PRIMO RAY

ALESSIA:

Por fin llegamos a la casa. Se me habían hecho ampollas en los pies.

Aunque usaba botas, no se comparaban con estas, que eran de cuero duro, pesadas y sin nada de protección por dentro.

Tampoco tenía medias. Suspiré pensando que papá me estaba enseñando la cruda realidad en que vivía la mayoría de las personas.

¿Por qué no me mandaría una maleta llena de ropa con tanta que tenía?

Hasta la ropa interior mandó que me la cambiaran por una barata.

¿En serio me iba a cumplir lo que le grité? ¿Por cuánto tiempo?

Tenía que haberme retractado enseguida de mis palabras como me rogó mamá.

En un final, todo era mentira. ¿Cómo pudo creer que yo no lo amaba?

Lo adoraba, aunque me miró de una manera que me estremeció.

Pobre papá, fui mala con él. Lo conocía, debía sentirse muy herido.

Si tan solo me hubiese dejado la oportunidad de hablarle.

—¡Al fin llegaron! —dijo la tía Annette en cuanto nos vio—. Vayan a recoger las ovejas. Ray debió venir hace rato y no lo ha hecho. No sé para qué Franco le dio trabajo, es un inútil e irresponsable, no hace nada bien. ¡No ha cambiado!

—Vamos mi prima —me pidió Filomena.

—¿No vamos a comer primero? —pregunté sintiendo que iba a desfallecer.

—Lo haremos a nuestro regreso, no es muy lejos —dijo ella tirando de mí.

No dije nada. Me sentía muy cansada y tenía hambre, pero la seguí.

Fuimos hacia una colina y tuvimos que subir una pendiente para salir al otro lado.

Era preciosa la vista y el aire se sentía muy limpio.

Seguimos bajando hasta llegar a la llanura.

Nos asombramos cuando llegamos: había un joven todo ensangrentado tirado en el piso. Filomena corrió al verlo.

—Ray, Ray, ¿qué pasó? Ray, despierta —lo llamó mientras yo me acerqué despacio mirando alrededor.

—¿Lo conoces? —pregunté.

—Sí, es un primo lejano de papá. Se había desaparecido un tiempo y ahora vino de nuevo —me contó mientras intentaba despertarlo—. Llegó junto contigo cuando papá fue a recogerte al puerto. Vino en el mismo barco que tú.

—¿En serio? —No tenía idea de qué hablaba—. ¿Filomena, te dijo tu papá quién me trajo?

—Sí, lo hizo un señor de muy mal semblante, dijo papá. Te dio a él y con la misma se fue de nuevo —ese debió ser papá, pensé. Me concentré en el joven al escuchar a Filomena—. Ray, Ray, despierta.

—Parece que le dieron una golpiza —dije y me acerqué. Casi le habían desfigurado el rostro, tenía una herida—. Tenemos que llevarlo, pero no sé si podremos. Es muy fornido.

—Quédate con él —me pidió Filomena poniéndose de pie—. Yo llevaré las ovejas, si no, mamá nos mata, y le diré a papá para que venga a llevarlo. ¿De acuerdo?

—Sí, ve —estuve de acuerdo—. Antes ayúdame a que se recueste de aquel árbol, trataré de vendarle la herida para que no siga sangrando.

Con gran esfuerzo lo arrastramos entre las dos, hasta que quedó sentado con su espalda apoyada en el árbol. Le revisé la herida. No era tan profunda en la mejilla.

Menos mal que no le cogieron el ojo, pero había que vendarla, todavía estaba sangrando.

—Tenemos que vendarle la herida para que no siga perdiendo sangre. Tiene además otra aquí atrás —le mostré.

—Eso debe ser que le dieron un golpe fuerte con un palo. Por eso está desmayado, y la herida deben haberla hecho con él dormido —dijo Filomena revisándolo—. Se ve que fue un cobarde quien hizo eso. Iré por papá, de seguro manda a buscar al doctor.

—Hay que vendarlo ahora —insistí al ver que sangraba—. Sé algo de eso porque ayudaba en obras de caridad que hacíamos en los suburbios.

—¿En serio? ¿Tú me quieres hacer creer que tu mamá iba a los suburbios a curar a pordioseros? —preguntó burlona—. Vamos Alessia, que la conocí muy bien.

—Deja eso Filo —la interrumpí recordando lo que había dicho de la madre de su prima—. Por lo general era papá quien decía de ir y ella nos acompañaba.

Inventé una excusa rápido. ¿Cómo papá se las ingenió para hacerles creer que era hija de ese tal doctor Ronaldo, hermano del tío Franco?

¿Sería por eso que me tiñó el cabello? Eso podía significar que vendría por mí antes de que apareciera mi verdadero color.

¡Ojalá lo hiciera! Porque si los rufianes que decía Filo se enteraban de que era su hija, me atraparían.

Rompí mi saya mirando cómo Filomena me miraba asustada.

—¿Por qué rompiste tu ropa? ¡Mamá te matará, no tengo más! —dijo mirando con lástima mi falda.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir con que no tienes más? —pregunté mirando el trozo de tela en mi mano.

—Mi prima en serio, deja de comportarte como antes —dijo en un tono cansado, suspirando como si le diera mucho trabajo enseñarme—.

Somos pobres, tengo dos mudas para trabajar y estas dos para salir, te di una a ti de cada una.

Papá no nos da dinero para comprar más ropa porque todo lo coge para pagar las deudas. ¿Qué vas a hacer ahora?

—La arreglaré —dije muy seria—. Vete y ven rápido, dentro de poco va a oscurecer. No me gusta quedarme sola en medio de este bosque.

—No te preocupes, no hay animales salvajes —dijo enseguida—. Y los que le hicieron eso a Ray desaparecieron, seguro porque le tienen miedo.

—De todas formas apúrate —insistí en que se fuera—. Ray todavía no despierta.

La vi recoger a las ovejas, que eran muy inteligentes y enseguida se fueron detrás de una que tenía una campana en el cuello. Mientras tanto me dediqué a vendar la herida de Ray. Debía ser un poco mayor que yo, se veía que hacía ejercicio, su cuerpo era musculoso.

Como no me alcanzó el pedazo que arranqué de mi saya, y acordándome de lo que dijo Filomena, le quité con mucho esfuerzo su camisa y le envolví su cabeza.

Luego me senté a su lado y me dediqué a tratar de arreglar mi saya.

Al final lo logré. Era buena en eso de la ropa, la abuela Camil me enseñó.

Ella y mi tía Alexa hacían maravillas. Lo disimulé todo muy bien.

La tía Annette no se daría cuenta de nada. Quedé satisfecha con mi trabajo.

Observé la hermosa pradera, llena de flores silvestres.

El atardecer era muy lindo, aunque la oscuridad comenzaba a rodearlo todo.

La soledad llegó de nuevo a mí y un nudo se me hizo en la garganta.

¡Extrañaba mucho a los míos! Nunca imaginé sentirme así.

Pensaba en cómo mamá decía que ella iba libre por todos lados.

Aunque era pobre, era muy feliz con Andy.

Pensaba que yo lo sería también en cuanto saliera de las garras de papá.

¿Por qué papá la habría hecho separarse de Andy, después de casi seis años de relación?

Nunca me había contestado esa pregunta, se quedaba callada cuando la hacía.

Si yo llegaba a encontrar el amor idílico que ella describía, no lo dejaría por ningún mafioso.

Aunque papá era muy buen mozo y mamá se veía que lo amaba.

¿Entonces por qué no le guardaba rencor por obligarla a casarse con él y dejar a Andy?

Algo se me escapaba. ¿Sería en verdad mentira como me dijo?

Porque como lo veía, ser pobre no era una ventaja, era una desgracia.

Hoy había tenido tanta sed y no pude ni tomar un refresco por no tener dinero. ¡Qué barbaridad!