¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 17 . NO LO DIRÁ
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17 . NO LO DIRÁ

EL BISABUELO:

En la casa había un silencio sepulcral. Nadie se atrevía a decir nada.

Alessandro desapareció con Alessia y cuando regresó lo hizo solo, sin decirle a nadie lo que había hecho con ella.

Luego se encerró en el despacho y no había salido de allí.

Su esposa Lilian trató de entrar, incluso se arrodilló delante de la puerta casi todo el tiempo rogándole, pero él no abrió.

Al ver eso, busqué una llave y entré. Miré a mi nieto en un estado deplorable, fui y lo abracé muy fuerte. Tenía la misma expresión y desespero de cuando perdió a su primer hijo.

—Ella dijo eso molesta, Ale. Tu hija te adora —le dije sentándome a su lado.

—No lo hace abuelo, me odia —dijo con un sollozo—. Alessia me desprecia al punto de desear ser hija de otra persona, por ser un mafioso.

—Perdóname hijo por meterte a la mafia —me apresuré a decir sintiéndome culpable—. Pude sacarte de esa vida, pero en mi desespero por encontrar a tus padres, te obligué a entrar en ella. Es mi culpa.

—No abuelo, no es tu culpa —reaccionó con furia—. ¡Fueron mis padres los que me condenaron a esta miserable vida sin necesidad! Pudieron ayudar a todo el que quisieran con nuestra fortuna.

—Sí lo es —dije muy serio—. Porque aunque tus padres hicieron esa organización de los dragones, pude alejarte de ella y dejar que vivieras la vida despreocupada que vivió tu padre.

Me detuve viendo cómo había bajado de peso. Tenía una barba incipiente y grandes ojeras. No era la primera vez que lo veía en ese estado de desolación. Pero no podía dejar que se hundiera en el dolor. Me llené de valor para seguir.

—¿Qué hiciste con ella, Ale? —pregunté con cuidado—. Podemos darle una lección aquí cerca de nosotros.

—No lo diré. Ella quiso ser hija de un campesino, pues le di el gusto como siempre hice —contestó con un gruñido.

—¿Qué quieres decir? —pregunté preocupado.

—Nada abuelo, no quiero hablar con nadie. Déjame solo por favor —pidió bajando la cabeza.

Sabía que si insistía sería peor. Al menos me había hablado.

Me quedé mirándolo tristemente y salí, volviendo a cerrar con llave.

Me alejé diciéndole a todos que no con la cabeza.

Todos me siguieron al exterior de la casa y me dejé caer en un sillón de la terraza.

Todos me imitaron con la misma sensación.

—¿No quiso decirte qué hizo con ella, papá? —preguntó mi hijo Alessandro.

—No hijo, está destrozado igual o peor que cuando perdió a Alessandrito. Mejor lo dejamos solo por ahora —sugerí con gran tristeza—. Esperemos que se enfríe y luego trataremos de hacer que la regrese. ¿Lucy, pudiste ponerle algo a Alessia para rastrearla?

—No —negó con la cabeza—. Ale se la llevó solo en medio de la noche antes de que pudiera hacerlo.

—¿Preguntaron a los pilotos? —Seguí averiguando.

—No utilizó ningún helicóptero nuestro. Tomó el auto que no tiene nada, no se puede rastrear —respondió Lucy—. Traté de hacerlo por las cámaras de tránsito, pero se me perdió. Tomó por rutas donde no hay cámaras.

—¿Saben si mandó algún guardaespaldas con ella? —pregunté de nuevo.

—Todos los nuestros están aquí —contestó Rufino—. Alessia, donde quiera que esté, está sola.

—¡Dios del cielo! ¿Por qué esa niña tuvo que insultarlo así?

—dijo Lilian llorando y desesperada—. Él ni siquiera la había regañado por lo que pasó.

Seguro la iba a hacer entrenar muy fuerte, o no dejarla ir a la universidad en París.

Pero ella le faltó el respeto delante de todos y lo molestó sacando a ese otro Ale odioso.

¿En qué estaba pensando esa muchacha? ¿Cómo pudo ocultar de todos que la seguían por cinco años?

Ale no la va a perdonar muy fácil, lo conozco.

No lo hará hasta que ella aprenda la lección, si lo hace.

Nos quedamos en silencio. Lilian puso en palabras lo que todos teníamos en la mente.

También creí que no la iba a castigar de esa manera, pero ella…

esa niña estaba muy malcriada por culpa de todos.

Me temí que esa prueba tendría que pasarla sola sin nuestra ayuda.

Ni siquiera confió en Rufo, que era su consiglieri.

Solo mi nieto sabía dónde estaba y no se lo diría a nadie.

—Lo peor es que es tan testarudo que no le dirá a nadie qué hizo con ella —dijo Rufo como si leyera mis pensamientos—. Vamos a tratar de encontrarla nosotros para cuidarla sin que Ale se entere, aunque creo que no lograremos nada. Cuando quiere desaparecer a alguien, lo hace muy bien.

—¡Yo voy a encontrar a mi hermana, aunque tenga que recorrer el mundo entero! ¡La encontraré! —dijo Kenet, que estaba desesperado.

—Cálmense, dejen que se tranquilice. No ganamos nada con desesperarnos. A lo mejor solo le está dando una lección —dijo mi nuera Camil, la madre de Alessandro—. Mejor sigan con sus vidas. Yo hablaré con él cuando sea el tiempo.

No le provoquen más dolores de cabeza ni le lleven la contraria. Alessia tiene que recapacitar, o la perderemos.

—¡Si Lilian no hubiera estado contándole todo el tiempo sobre esa vida idílica que se creó antes de conocer a Ale, Alessia no fuera así!

—dijo de pronto Lucila furiosa, ella adoraba a su sobrina—.

En eso Ale tiene razón. Ella es la culpable de lavarle el cerebro a su hija.

¡Te lo advertí muchas veces Lilian, pero no me escuchaste!

—¡Lucy! —La regañó la señora Libia.

Sin embargo, Lilian bajó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. Su madre la abrazó y ella se echó a llorar al tiempo que reconoció que su hermana tenía razón.

—¿Qué vida hermosa tuvimos? —insistió Lucila, que estaba furiosa—. ¡Éramos muy miserables por mi enfermedad!

—Solo quise que supiera que existía otra vida además de esta —murmuró Lilian llorando.

—No me opongo a eso, ¿pero por qué no le dijiste la verdad de cómo era esa vida?

¡Andrea nunca te quiso y se lo pintaste como un amor de Romeo y Julieta que, por culpa de Ale, se acabó!

—Se detuvo al ver cómo la mirábamos todos—.

Sí, lo sé. ¡Todos somos culpables! Ninguno de nosotros, cuando la escuchamos durante estos veintiún años diciéndole esas mentiras a Alessia, la desmentimos.

¡Por eso todos somos culpables y ahora la perdimos!

¡Ale nunca nos dirá qué hizo con ella! ¡Nunca!

Ni dejará que se comunique con nosotros.

Estoy segura de que se aseguró de eso. Así que acostúmbrate Lilian y préstale atención a tu esposo.

Porque prepárense, lo que se va a desatar a partir de ahora nadie es capaz de detenerlo.

Se hizo un gran silencio ante la explosión de Lucila que compartimos todos. La historia la conocíamos, sobre todo yo. Cuando a Alessandro le mataron a su primera esposa Celia y a su hijo Alessandrito, se volvió un monstruo. Ahora sería peor que antes por cómo lo hirió su adorada hija.

—Ale se siente traicionado por todos nosotros y tiene razón —dijo Lucila muy seria mirándonos a todos—. ¡Y lo hicimos! Le fallamos en lo más esencial: cuidar que su loca mujer no echara a perder a sus hijos.

—¡Lucy! —Gritamos todos.