14 . LA HUÉRFANA
ALESSIA:
Evité responder a Filomena mientras seguíamos avanzando por el camino rural. Era angosto, de piedras, rodeado de una exuberante vegetación. Ella no insistió, siguió caminando a mi lado.
—¿Dónde estamos? —pregunté queriendo saber a dónde me había enviado mi padre.
—En Sutera. Bueno, el pueblito es Sutera, que es para donde nos dirigimos ahora.
Nosotros vivimos en el monte San Paulino.
Ya estamos llegando, ¿ves? —Dijo señalando unas casas que se vislumbraban en la lejanía—.
Está allá, es bonito, pero papá no me deja venir mucho.
Por eso estoy feliz de que hayas venido a vivir con nosotros, así tengo con quien conversar y asistir a la universidad.
Papá quiere casarme, dice que las mujeres no necesitan estudiar, pero mamá lo convenció de mandarnos aquí.
—Ya veo —dije pensando que papá sí que se había molestado esta vez. Me mandó muy lejos, a Sicilia. Me cumplió el deseo de ser campesina. ¿Me habría expulsado de la familia por lo que le dije de verdad?
—Alessia, ¿en qué piensas? ¿Extrañas a tu familia? ¿Cómo es vivir en Roma? —preguntó ella sonriente.
Me quedé observando a Filomena. Era una chica hermosa, algo descuidada, pero muy vivaracha.
Tenía su cabello negro y largo y, a pesar de las ropas que vestía, se podía apreciar su frescura y belleza.
Algo habladora, me imaginé que era porque no tenía a nadie con quien hacerlo.
Me dolían un poco los pies de caminar tanto con esas botas pesadas.
—¿Vivir en Roma? —guardé silencio pensando cómo era mi vida—. Muy agobiante, mis padres no me dejaban ni respirar. ¿Por qué vinimos caminando?
Cambié el tema de conversación. No quería entristecerme, porque muy a mi pesar los extrañaba y tenía miedo de que en verdad papá me hubiera expulsado de la familia y no me dejara verlos nunca más.
—¿Y en qué querías que viniéramos? —preguntó riendo—. ¿No me digas que te gusta montar en asnos? Yo los detesto, prefiero caminar. Solo son ocho kilómetros y el recorrido es lindo.
—¿No tienen auto? —La miré con incredulidad.
—¿Auto? —Se rió divertida—. Despierta primita, creo que tu vida de princesa se acabó.
Por lo que me contó papá, vivías muy bien, pero los prestamistas se quedaron con todo el dinero que dejaron tus papás, apenas dio para traerte hasta aquí.
Tuve que prestarte mi ropa, viniste sin nada porque te lo quitaron todo, solo una pequeña bolsa con alguna ropa interior.
Menos mal que te sirvió la mía, daba pena la ropa que tenías puesta.
Me quedé callada al escucharla. Bueno Alessia, querías saber lo que era vivir sin el apoyo de tu familia, ahora lo harías.
Vamos, que no podía ser tan malo. A mamá no le iba tan mal, de seguro a mí tampoco.
Al menos me mandaron con una familia, no me dejaron tirada en la calle.
Le dije que prefería ser la hija de un campesino y no de él, pues ya ves, como siempre me cumplió el deseo. ¿Por cuánto tiempo sería?
De seguro vendría a verme y a buscarme como siempre, cuando se le pasara la molestia. Así que iba a experimentar esa nueva vida de libertad esos días. Me dije respirando el aire limpio, feliz. ¿Qué querría decir mamá con eso de que no me dijo toda la verdad y que era mentira todo lo que me decía?
Seguimos avanzando bajo el radiante sol, hasta que al fin llegamos al poblado. Era muy pequeño y tenía calles muy estrechas. Apenas si se veían los autos.
—¿Nos tomamos un refresco? —pregunté al ver un lugar que los ofrecía.
—¿Con qué dinero mi prima? El que me dio papá voy a ver si da para la matrícula en la escuela de las dos, si nos aceptan —me contestó Filomena.
Vaya, con que así era la cosa. Papá hasta de eso se había asegurado.
Me quería dar en verdad una lección. Mamá dijo que ella era pobre y que a veces no tenía ni para tomar el bus.
Bueno, tendría que conseguir un trabajo para ganar mi dinero como ella.
Seguí en silencio detrás de mi ahora prima, escuchando cómo me describía cada cosa y lugar por donde pasábamos, hasta ir a parar a un edificio.
—¡Está aquí! —exclamó Filomena emocionada como si estuviéramos delante de la mejor universidad del mundo.
Levanté mi mirada para observar una viejísima construcción que tal parecía que se caería en cualquier momento.
Suspiré y entramos. No era París, pero era una escuela.
Fuimos directo a la dirección, donde había otros jóvenes que nos miraban con pena algunos y otros burlonamente.
No era para menos, con la facha que nos gastábamos las dos.
Tampoco era que ellos estuvieran muy por encima de nosotras.
—Hola Filo —vino una chica muy bien vestida a saludar—. ¿Esta es tu prima huérfana de Roma?
—Sí. Alessia, te presento a Marena, una amiga —me susurró al oído—. Es la hija del alcalde del pueblo, es como la princesa, trátala bien.
—Hola Marena, mucho gusto —le dije sonriendo y extendiendo mi mano, que ella no tomó, haciendo que todos a nuestro alrededor se rieran.
—Querida, no te confundas —dijo bien alto—. Que te salude porque andas con Filo no quiere decir que me junte con los de tu clase. Lo siento Filomena, pero sabes muy bien que papá se molesta si me junto con gente que no son como yo.
—Está bien Marena, te entiendo —dijo Filomena bajando mi mano—. Pero a mí no me queda más remedio, es mi prima. Tengo que traerla conmigo.
Me quedé de una pieza, experimentando por primera vez en mi vida el rechazo.
Hasta ahora era yo la que ostentaba esa posición que tenía la tal Marena.
¿Quién se había creído que era para tratarme así?
¡Soy Alessia Minetti, a la que todos respetan y adoran!
Sentí cómo mi cara se puso roja de la ira e iba a insultarla, pero mi prima se dio cuenta y me tomó por la mano tirando de mí, alejándonos de ella.
Solté todo mi aire tratando de calmarme ante el insulto, recordando los montones de veces que le hice eso a algunos de mis compañeros.
Ahora entendía la vergüenza que les hice pasar.
Sin embargo, no podía hacer nada. Papá me había hecho huérfana y recogida por caridad en una familia pobre de un pueblo olvidado en medio de montañas. Sin poderlo evitar, un nudo se me hizo en la garganta. Me aguanté. Estaba muy bien entrenada.
"Alessia, hazte de cuenta que esta es una de las pruebas de papá. Vamos, que no se diga, no te vas a rendir a la primera cosa que te pasa."
Me quedé en silencio mirando todo a mi alrededor. Vi unos chicos que se reían entre ellos mientras me señalaban. Bueno, al menos podría hacer amigos y quizás…
—¡Alessia! —me hizo salir de mis pensamientos Filomena—. ¡Nos toca! No hables tú, deja que yo conteste todo. Recuerda, eres huérfana. Si te aceptan es por caridad.
—¿Qué?