¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 13 . EL CASTIGO
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13 . EL CASTIGO

ALESSIA:

Miré a todos los hombres de mi padre todavía arrodillados con expresiones de incredulidad.

Los rostros de mis familiares aterrados al ver cómo papá no cambiaba su orden.

A mi hermano Kenet se le había ido el color del rostro y me observaba como si no pudiera creer que de mi boca hubieran salido palabras tan crueles.

A mamá, que de pronto cayó de rodillas a mis pies llorando.

—Por el amor de Dios, pídele perdón Alessia. Corre y arrodíllate ante tu padre por favor, dile que es mentira eso que dijiste —me pidió llorando mamá.

Todos me observaron con miradas suplicantes.

Pero era obstinada, igual que papá. Estaba furiosa y no me retractaría con tanta gente mirando.

Quizás lo haría cuando llegara a la casa.

Sabía que no haría eso que dijo, era la niña de sus ojos, jamás me mandaría lejos. Por eso bajé mi cabeza y no dije nada.

—¡Castígame con ella papá, yo también tengo la culpa! —Le pidió mi hermano Kenet para mi asombro—. ¡Fui descuidado y no vi que la seguía!

—¿También quieres dejar de ser mi hijo? —preguntó papá con voz ronca.

—¡Jamás papá! —afirmó mi hermano muy fuerte y siguió—. ¡Yo estoy muy orgulloso de ser un Minetti, de ser tu hijo! Y mi hermana también, no lo dijo en serio. Por favor papá, por favor… Alessia díselo.

Kenet me gritó mientras caminaba detrás de papá, sin que este le hiciera el más mínimo caso.

Siguió dando órdenes como un loco, regañando y golpeando a todo el mundo.

Los guardias no se opusieron, siguieron arrodillados con la cabeza baja aguantando todo lo que él les hacía.

También mi abuelo trató de hacerlo recapacitar, sin lograrlo.

Lo que sea que papá me iba a hacer, al parecer no era nada bueno.

Sin embargo, no me opondría. Me lo merecía.

Cualquier castigo que me impusiera, bien merecido lo tenía.

Nunca debí insultarlo así. Ese día rompí todas las reglas que me enseñaron desde niña, hasta le falté el respeto delante de sus hombres.

Aunque me arrepentí de haberle dicho todo eso, porque era mentira.

Estaba muy orgullosa de ser su hija y lo adoraba, pero ahora no se lo diría.

Todos pasaron despidiéndose de mí de a poco.

Cuando vino mi hermano vi sus ojos llorosos.

No dijo nada, solo me abrazó y se fue. Luego me sacaron del auto en un absoluto silencio, me quitaron todas mis prendas y me vendaron los ojos.

El tío Rufo me dio a oler un pañuelo e hizo que me durmiera.

Cuando volví a despertar era de día. Miré a mi alrededor y no conocí nada. Era una casa muy humilde.

—¡Qué diantres! ¿A dónde me ha mandado papá? —pregunté ahora asustada.

Me senté en la cama de una habitación muy extraña. Era una casa de piedra y hacía mucho frío. Al moverme, sentí algo metido en mi sujetador. Lo saqué. Era una pequeña nota.

"Eres Alessia Moret. Nunca digas que fuiste mi hija o estarás muerta. ¿Querías ser libre de mí? Lo eres. Adiós."

¿Qué significaba eso? ¿Papá me había abandonado de verdad por lo que le dije? El corazón me latió acelerado mientras un miedo inmenso se apoderó de mí, cuando escuché unos pasos que se acercaban.

—¿Ya despertaste? ¡Dale que no tenemos todo el día! —Me dijo una mujer que abrió la puerta de un golpe—. Ponte esa ropa de ahí y apúrate.

—Perdón, ¿puede decirme dónde estoy? ¿Quién es usted? —pregunté al escuchar que hablaba italiano como yo.

—Ya me advirtieron que te haces la loca. Estás en mi casa. ¡Levántate, aquí no se duerme hasta tarde! —Contestó con rudeza—. Siempre odié a esta gente que por vivir en la ciudad se cree mejor que nosotros. Ponte esa ropa, es la única que tenemos por ahora.

Miré la silla que me señaló. No lo podía creer.

¿Papá me trajo sin nada? Me vestí con un pantalón muy viejo, una camisa, unas gruesas botas y la seguí a la cocina.

Era muy pequeña, limpia, pero muy pobre.

Al llegar, saludé al ver a un señor que me observó y bajó la cabeza sin responder, para seguir comiendo. Una chica de mi edad me sonrió.

—Dale mi prima, después que terminemos con los animales, te irás conmigo a ver lo de la escuela —habló efusivamente—. Tenemos que apurarnos. Siento mucho lo de tus padres.

—¿Mis padres? ¿Qué quieres decir? —pregunté asustada.

—Está bien, mejor si no te acuerdas lo que les pasó —dijo ella bajando la cabeza.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué les pasó a mis padres? —Insistí asustada.

—¡Murieron! ¡Eres huérfana, por eso te mandaron con nosotros!

—dijo bruscamente el hombre—. Soy tu tío Franco, ella es mi esposa y tu tía política Annette, a la que tienes que obedecer en todo.

¡Muévete! No creas que vas a vivir de vaga, ¡vete a trabajar con tu prima!

La miseria que dejaron tus padres no da ni para comprar un pan.

Si no le hubiera prometido a mi hermano cuidarte, te lanzaría a la calle.

No podía creer lo que escuchaba. ¿Qué broma pesada era esa?

Sin embargo, seguí a la que decía ser mi prima afuera, y fue entonces cuando me di cuenta de dónde me encontraba.

Debía ser un mísero poblado del campo. Era una casa de piedra negra rodeada de corrales de animales y viñedos en medio de la nada.

Creí que a papá se le había ido la mano con el castigo.

Pero si pensaba que me iba a doblegar tan fácil, estaba muy equivocado.

Porque ahora me di cuenta a qué se refería cuando dijo que me complacería en mi deseo.

Tomé aire y seguí a la chica que iba indicando lo que debía hacer.

Era un trabajo duro, pero lo logré. Mis entrenamientos eran peores.

Al terminar, nos dimos un baño con agua fría con una cubeta. Nada de ducha. Nos cambiamos de ropa. Era terrible la que me trajo la que decía ser mi prima. Unas enormes sayas floreadas, unas altas botas de cuero, una blusa ajustada y un gran pañuelo triangular por encima.

—¿Cómo te llamas? —pregunté a la chica a mi lado.

—¿No te acuerdas? —Me miró sonriente—. Viniste cuando tenías cinco años. No importa si lo olvidaste. Soy tu prima Filomena y tú eres Alessia. ¿De qué color es tu cabello? No recuerdo que fuera de ese.

—¿Qué quieres decir? —pregunté enseguida tomando un mechón.

Como no había espejos en la casa, fue entonces cuando me di cuenta de que me lo habían pintado de negro y estirado.

¡Qué diantres! De seguro era para que nadie me reconociera.

Papá había pensado en todo, o a lo mejor fue idea del tío Migue.

¿Podría llamarlos? Alessia, esta vez te pasaste. ¿Cuánto tiempo me dejaría aquí?