12 . ENFRENTANDO A PAPÁ
ALESSIA:
Me enderecé en el asiento mirando a mi madre con pena.
Ella, que tanto había luchado por ayudarme a escapar de la protección férrea de mi padre, hoy se lo había desbaratado todo.
Levanté la cabeza solo para ver la mirada de mi madre, y lo supe.
De esta no me salvaba nadie. Hoy le había demostrado que había incumplido con todo lo que debía hacer y me habían enseñado todos esos años.
Era como decirle que su trabajo y esmerado entrenamiento los tiré por la borda, que nunca le presté atención.
Porque si era un enemigo, me hubiese atrapado fácil por las ansias que tenía de ir hacia él.
—¡¿Cinco años?! —Gritó papá bajando del auto y dando un portazo, lo cual hicimos todos en medio de la oscura carretera.
Sabía lo que eso significaba. El dragón negro había despertado por mi culpa, y de qué manera. Se había logrado contener, pero esto era demasiado y lo comprendí demasiado tarde.
—¡¿Cinco años alguien te persigue y nadie se dio cuenta?! —Se giró hacia sus jefes de seguridad y los encargados de la nuestra—. ¡Humberto! ¡Estefan! ¡Vengan aquí inmediatamente! ¡Kenet…!
—Gracias por esto, hermanita —murmuró mi hermano al pasar por mi lado, para ir a detenerse frente a mi padre.
Corrí y me arrodillé delante del dragón negro, el uno.
El Capo di tutti i capi, mi padre Alessandro Minetti, al que todos temían con solo mirarlos.
Y que en esos momentos parecía un verdadero dragón lanzando llamas.
Todos sus hombres sin excepción cayeron de rodillas ante él, hasta mi hermano se arrodilló con la cabeza baja.
¡Todos le habían fallado por ocultarle eso, y no se dieron cuenta en cinco años de que alguien me seguía!
El castigo que les esperaba no me lo podía ni imaginar, todo por ser como soy. Hasta quizás los expulsaría a todos y le cortaría la libertad a mi hermano, que lo había dejado en ridículo, pues hasta ahora se jactaba de cuidarme sin error.
—¡No es su culpa, papá! —vociferé desesperada—. Perdón, mi Capo di tutti i capi. ¡Es mía! ¡Yo lo oculté de todos! ¡Ellos no saben nada! ¡Nada! ¡Me equivoqué papá, me equivoqué!
Mi padre ni siquiera me prestó atención. Sencillamente movió su cabeza e hizo que dos de sus hombres me levantaran en peso y me lanzaran literalmente en otro auto.
—¡Fui yo la que no dijo nada papá, mi hermano no tiene la culpa! ¡Él cumple con todo lo que le enseñaste! —Grité mientras era levantada en peso por dos guardias. Pataleé tratando de escaparme e ir a convencerlo—. ¡Papá, escúchame! ¡No lo hice a propósito!
Pero por mucho que le hablé siguió sin responder. Me enfurecí porque me ignoraba, algo que nunca he podido tolerar. La rabia me inundó, todas mis emociones se desataron.
—¡Te odio! —Le grité con todas mis fuerzas—. ¡Ojalá nunca hubiera nacido! ¿Por qué tuve que ser hija tuya? ¡Te odio...!
—¡Alessia cállate! —Gritó mamá con una cara de terror, pero no me detuve.
—¡Maldigo mil veces ser tu hija! ¡Preferiría ser hija de un campesino pobre a ser una Minetti! ¡Te odio, te odio! —Seguí insultando sin escuchar a mi madre llorando furiosa, como si un demonio se hubiese apoderado de mí deseando hacerle daño.
En ese estado no podía controlarme, como si fuera otra Alessia malévola que no le importaban los sentimientos de nadie y solo quería herirlos.
—¡Me escaparé, lo juro! ¡No quiero volver a verte en todo lo que me resta de vida!
¡Me cansé de esta miserable vida que me haces vivir!
¡Esto no es vida, es una maldita cárcel de la que me escaparé y jamás me volverán a ver!
¡Me cambiaré el nombre para que no me encuentres, no me importa si tengo que irme a Marte, pero no aguanto más!
—Todos me miraban con los ojos aterrados—.
¡Eres un maldito monstruo que no le importa la felicidad de sus hijos!
¡Los odio con todo mi corazón a todos por hacerme esto!
¡No quiero ser una Minetti, es una desgracia serlo!
Mi padre me observó fijamente con una mirada que me estremeció y me hizo callar.
No movió un solo músculo de su rostro, solo me miró apretando sus mandíbulas.
Sus fosas nasales se abrían y cerraban como si fuera un dragón lanzando fuego.
Todos hicieron un silencio aterrador y me observaron como si no pudieran creer que eso hubiera salido de mi boca.
Entonces, cuando el silencio se me hizo insoportable, me di cuenta de lo que había hecho. Las palabras que acababa de lanzar no eran solo una pataleta. Eran cuchillos. Y los había clavado en el único hombre que había llorado por mí esa misma noche.
—¿No quieres ser mi hija? —preguntó con una voz helada—. De acuerdo, desde este momento dejas de serlo. Te complaceré en eso que acabas de desear. Será lo último que como padre haga por ti.
—Ale… —Trató de hablar mi tío Rufo en mi defensa, pero papá solo le dio la espalda.
—¡No Ale, ella no quiso decir eso! ¡Perdónala Ale, perdónala por favor! —Corrió mamá desesperada—. ¡Es mi culpa, tienes razón, es toda mi culpa! ¡Le diré y mostraré que era mentira todo lo que le he dicho! ¡Ale...!
Mamá corrió hacia él tratando de impedirlo, pero una sola mirada de papá hizo que se detuviera en seco.
Mi bisabuelo vino y se detuvo en la puerta del auto y me miró con pena.
No dijo nada, solo movió su cabeza de un lado a otro negando.
Luego me abrazó, y lo que dijo hizo que el terror se adueñara de mí.
—Adiós Alessia. No sé si en esta vida me quedará el tiempo suficiente para volver a verte.
Sé valiente. Ojalá un día recapacites y te des cuenta de lo que vale tu familia Minetti, que tanto odias, y le pidas perdón a Ale para que te deje volver —vi cómo sus ojos se le llenaron de lágrimas—.
También espero que aprendas que la vida no es color de rosa, y el motivo por el que tu padre, que te adora, te cuida así.
—¿Abu…? —Lo llamé asustada.
Volvió a abrazarme y se fue limpiando sus ojos. ¿Qué quiso decir con eso? No lo dije en serio, solo estaba molesta. ¿Lo haría de verdad? Mamá trató de venir a mí y vi que no la dejaban acercarse, hasta que papá dijo que sí. Vino toda llorosa y me abrazó.
—Perdón Alessia, es mi culpa, es mi culpa por no decirte toda la verdad —dijo al separarse de mí.
—¿Mamá? ¿De qué verdad hablas? —pregunté intrigada.
—Te hice creer que la vida allá afuera sin ser mafiosos es linda. ¡No lo es, no lo es Alessia! Perdóname, perdóname… —repitió una y otra vez.
—No te preocupes mamá, estaré bien —le dije sin entender todavía por qué todo el mundo se comportaba así.
Yo no creo que papá me vaya a abandonar, solo me castigará. Cuando lo llene de besos como hago siempre se le pasará la molestia, no sé porque todos actúan de esa manera si lo saben.