¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 11 . EL CHICO EN LA MOTO
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11 . EL CHICO EN LA MOTO

ALESSIA:

Sin mediar palabras, papá me tomó de la mano y me llevó con él.

Me monté en el auto al lado de mamá, que también tenía los ojos rojos de llorar.

Me abracé a ella sintiendo verdadera pena de haberla hecho sufrir como lo hice.

Y envuelta en sus brazos, echamos a andar.

En verdad me di cuenta de que si mi padre no me hubiera obligado a poner ese dispositivo en mi boca, a pesar de la gran rabieta que armé, en que maldije a todo el mundo y les dejé de hablar por prestarse a eso, jamás me hubieran encontrado.

Soy muy temperamental. La abuela Camil dice que soy igual a papá, cuando pierdo los estribos me voy al lado opuesto de mi personalidad y que él me complazca en todo no ayuda.

Y creo que tiene razón, a veces me pongo tan insoportable que quisiera acabar con el mundo.

Sé que debo controlar eso, he estado trabajando en el autocontrol desde que recuerdo.

Pero cuando me molesto, sobre todo si me siento ignorada, me convierto en ese dragón dorado que me tatuaron y se me olvida, hiriendo a todos con las cosas que les digo.

Es por eso que estoy ahora en esta situación. Me enfurecí porque mi hermano me ignoró por completo, dio su espalda y se fue, eso me llenó de rabia. Sin embargo, mira a dónde vine a parar por eso. Prestaré más atención.

¡Gracias a Dios que papá me obligó a poner el dispositivo, aunque me pasé odiándolo un tiempo por eso!

Ahora me salvó. Si no llega a ser por el aparato, hubiese desaparecido para siempre.

Miré alrededor mientras salíamos. El lugar era tétrico: una fábrica abandonada en medio de la nada. ¿Cómo pude ser tan irresponsable?

Seguí observando cómo nos alejábamos del siniestro lugar, y otra vez volví a ver la moto negra con ribetes rojos muy parecida a la mía, que se detuvo para dejarnos pasar. Era la misma que había estado viendo desde que cumplí dieciséis años. Donde quiera que iba, ese chico aparecía.

Lo observé todo el tiempo. Tenía el casco puesto, y cuando ya iba a dejar de verlo, se subió por primera vez el visor y vislumbré unos increíbles ojos verdes parecidos a los míos que se quedaron fijos en mí, hasta que me fue imposible divisarlo.

¿Quién eras? ¿Por qué nunca había podido saber quién era y por qué me perseguía?

¿Qué hacía allí? ¿Sabría que me habían raptado?

¿Trataría de rescatarme? Mi corazón se aceleró ante ese pensamiento.

—¿Lo conoces? —preguntó mamá, que también se había dado cuenta de cómo me miraba.

—No, no sé quién es, pero no es la primera vez que lo veo —contesté honestamente.

—¿Qué quieres decir? —intervino mi padre al momento mirando por el espejo retrovisor.

—Nada, nada papá, no es nada —contesté bajando la cabeza.

Sin embargo, me di cuenta de cómo varios de nuestros hombres giraron hacia donde se encontraba el chico, a una leve señal de su cabeza.

Era por ello que no mencionaba muchas cosas.

Mi padre no dejaba pasar nada por alto, lo más mínimo lo investigaba.

Sabía que tenía que ser así, por ser quien era, pero yo me asfixiaba cada día más de vivir esa vida.

El radio de mi padre me sacó de mis pensamientos llenos de suspiros.

—Señor, no pudimos atraparlo, aunque es un dragón, lo tiene en la mano y en su motocicleta —presté atención enseguida: ¿Un dragón? ¿Era mafioso?— Es un dragón dorado jefe, como el de la señorita Alessia.

—¡¿Qué?! ¡Imposible! ¡Solo mi hija ostenta ese color! ¡Encuéntralo, aunque se meta debajo de la tierra! —Ordenó a toda voz sin dejar de observarme.

¿Un dragón dorado? Mi padre siempre me dijo, al igual que mis abuelos, que habían creado esa categoría solo para mí.

Existía en la organización un solo dragón dorado, el mío.

Porque mi hermano Kenet heredó el de papá, negro.

¿Cómo era posible que apareciera ahora otro?

Y no uno cualquiera, era alguien que me llevaba siguiendo hacía cinco años para ser exactos.

Todavía recordaba la primera vez que lo encontré. Estábamos compitiendo en motocicletas y me caí. Él se detuvo y vino en mi ayuda.

—¿Estás bien? —preguntó sin quitar su casco.

—Sí, gracias. Vete ahora, no quiero que mis guardias te vean —le dije queriendo cuidarlo sin saber por qué.

—No me asustan tus guardias —dijo a cambio.

—Por favor —rogué asustada.

Al ver que no se iba, monté en mi motocicleta, me alejé en busca de mi hermano y primos que ya regresaban a buscarme.

Desde entonces lo había visto durante todos esos años en diferentes lugares, siempre en la misma motocicleta.

No se acercaba, solo me observaba. Si hacía el intento de ir hacia él, se alejaba a toda velocidad.

Y ahora me enteraba de que era un dragón dorado igual que yo.

¿Por qué? ¿Era amigo o enemigo? Solo una hija del dragón negro número uno tendría el derecho de heredar ese color.

—¡Alessia! —escuché a mamá gritarme.

—¿Qué mamá? ¿Por qué me gritas? —Reaccioné al escucharla.

—Te está hablando tu padre y no respondes —me informó.

—Perdón papá, ¿qué me decías? —Lo miré por el espejo.

—¿Cuándo fue la primera vez que lo viste, y desde cuándo te persigue? —preguntó muy serio.

Me di cuenta de que no podía escapar de eso.

En verdad ahora me daba un poco de miedo.

Ese chico llevaba cinco años siguiéndome y yo no le había dicho nada a mis padres, ni siquiera advertí a mi hermano.

Una vez Kenet lo vio y mandó a su cuerpo élite a perseguirlo, pero se les escapó.

Luego me di cuenta de que hacía todo lo posible porque yo lo viera y mi hermano no, y lo oculté.

Al parecer se dio cuenta de eso, de que yo le ocultaba cosas a mi hermano y mis guardias, pues escogía muy bien los lugares donde solo yo podía verlo.

Por eso me imaginé… Suspiré y miré hacia afuera sintiéndome una prisionera siendo interrogada, que no podía tener un solo secreto.

Sabía que debí decírselo, pero es que no sé, sentía que era algo mío.

Quizás albergaba la esperanza de que fuera un enamorado, y ahora resultaba que podía ser un competidor, un enemigo. Solté todo mi aire.

—Hace cinco años —contesté en un murmullo.

Mi padre, que por algún motivo ese día iba conduciendo el auto personalmente, metió un frenazo, haciendo que nos detuviéramos en seco. Todos fuimos a parar contra los asientos delanteros. Al levantarnos, sin excepción la familia entera me observaba de la misma manera que mi padre.

¡Trágame tierra! ¿Por qué tuvo que verlo papá?