9 . EN SERIOS PROBLEMAS
ALESSANDRO:
Podía ver que Alessia estaba muy feliz de que al fin la hayamos encontrado y rescatado, que no podía dejar de sonreír.
Miré a todos los hombres que habían entrado y que la rodeaban preocupados con miradas llenas de reproche.
Ella respiró aliviada de no verme, lo supe por el modo en que miraba a todos.
Se sentó de nuevo para ponerse los zapatos. Quería irse lo antes posible de allí.
Al fin me decidí a acercarme a mi hija, no con intención de abrazarla, aunque me moría de las ganas de hacerlo. Pero esta vez no podía ablandarme, tenía que darle un castigo ejemplar, sino la iba a perder. Me detuve delante de ella, que seguía hablando sin dejar de amarrar sus botas.
—Gracias chicos, disculpen por escaparme —dijo sin percatarse de mí—. Creí que el tipo era inofensivo y me tomé la bebida, no lo volveré a hacer.
Alessia habló mientras se masajeaba. Pude apreciar claramente que tenía la marca de las esposas en los tobillos y las manos, al parecer le dolían mucho.
Al no escuchar respuestas ni regaños de sus guardaespaldas, más bien un silencio sepulcral, se detuvo y miró los pies que se habían detenido delante de ella.
Levantó la cabeza y se puso de pie de un golpe.
—¡Ups! ¡Me equivoqué, papá, me equivoqué! —dijo como siempre que hacía algo mal, pero esto no era algo que le podía perdonar así de fácil.
Era un error imperdonable que había cometido contra su propia seguridad y al que debería darle un castigo ejemplar.
No le dije nada, solo la contemplé muy serio, mirando su rostro marcado por los golpes y su labio con señales de haber sido golpeado.
Apreté mis puños para no matar allí mismo al asesino, porque eso sería una muerte muy buena para él.
No, yo no lo dejaría escapar tan fácil, debería pagar con creces mil veces más el dolor que le provocó a su preciosa hija.
La entrada de todos los demás hizo que me alejara de ella, y siguiera investigando todo con mis hombres, como si ella no existiera.
Ahora que el miedo se fue, y que tenía la certeza de que mi hija estaba sana y salva, la decepción, la frustración y la furia ocuparon su lugar.
Porque tendría que castigarla muy duro y sabía que eso la alejaría de mí, pero si no quería perder a mi hija, tenía que darle a comprender cómo era la vida de verdad.
—Vámonos ahora. Humberto, mete al tipo ese en el sótano. Lilian, lleva a tu hija y enciérrala en su habitación, también a tu hijo —ordené fríamente sin mirarlos.
Y sin más, les di la espalda siendo seguido por todos mis hombres.
Cuando estaba a punto de salir, fui detenido por el abrazo que me dio mi hija por la espalda.
No me giré, me quedé de espaldas tenso, queriendo tener la fuerza de alejarla, pero no pude, ¡no pude!
Cuando ya estaba a punto de hacerlo, la escuché.
—Lo siento papá. Me equivoqué, papá, me equivoqué —dijo su frase favorita—. No lo volveré a hacer. Te doy mi palabra de jamás hacerte pasar por esto por mi propia voluntad.
Por el modo de hablar sentí que lo decía sinceramente, muy arrepentida de haberme ocasionado ese disgusto y susto a toda la familia.
Esperé a que todos salieran y nos dejaran solos.
Luego giré dentro de sus brazos, la separé de mi cuerpo con la intención de iniciar el castigo en ese momento.
Pero al ver que realmente estaba arrepentida y pude ver en su mirada que había sufrido un gran miedo, la estreché fuerte contra mi corazón.
¡No perdí a mi hija! ¡No la perdí!
Era lo único que sentía que tenía importancia en esos momentos, en que la tomé por una mano como cuando era una niña y la llevé conmigo a un auto.
Decidí conducir personalmente para no estallar.
Porque esta sería la última vez que ella me dijera: ¡Me equivoqué papá, me equivoqué! Y yo le perdonara todo. ¡La última!
—¿Cómo te dejaste atrapar, Alessia? —pregunté de pronto.
ALESSIA
Retrospectiva
Luego de tener una fuerte discusión con mi hermano porque no me quiso acompañar, por irse con una mujer junto a mis primos, tomé mi moto y me escapé de los guardias de seguridad.
Ya sabía que no debía hacerlo, pero era la única manera de sentirme bien.
Cuando estaba así, compartía con extraños.
Enfilé para uno de los barrios en los que me dedicaba a correr en las noches.
Éramos muy buenos en eso de las carreras clandestinas, lo aprendí de mamá y el tío Migue.
Sin embargo, ese día no quise hacerlo, por lo que entré a un bar y me dirigí a la barra, pedí una bebida y me quedé tranquila.
Ojalá fuera verdad lo que me dijo mamá, que nos dejarían ir a estudiar al extranjero.
Esa constante vigilancia a la que me sometía mi padre me asfixiaba.
Tenía veintiún años y nunca había podido tener un novio.
No sabía cómo se las arreglaba, pero todos salían huyendo de mí, aunque él me aseguraba que no tenía nada que ver con ello.
Al poco rato, observé cómo unos odiosos guapetones habían empezado a meterse conmigo. Lo hacían también con un hombre solitario que estaba sentado en la esquina del bar. Realmente me molestó, por lo que sin pensarlo fui y me senté a su lado.
—¿Una noche difícil, verdad? —pregunté sin más.
—No es nada, ya estoy acostumbrado —respondió sin mirarme.
—No deberías estarlo —dije de igual modo.
—Solo son unos perros que ladran pero no muerden —siguió diciendo—. Ahora mismo se están muriendo de envidia porque te sentaste a mi lado, así que me dejarás pagarte una bebida. Digo, si tu novio te deja.
—¿Novio? —pregunté sorprendida.
—¿De los chicos que te acompañan ninguno es tu novio? —me observó sorprendido y preocupado—. Disculpa, te he visto correr en tu moto con ellos algunas noches.
—Ah, ¿te refieres a mi hermano y mis primos? —pregunté llamando al barman. Y sin saber por qué seguí hablando—. ¿Novio? No sé qué cosa es eso, todos mis intentos han salido huyendo de mi padre.
—¿Tan mal te va? ¿Cuántos años tienes? —Se giró de frente a mí.
—¿No sabías que a las mujeres no se les pregunta la edad? —Evité decir mi edad—. Tengo los suficientes años como para haber tenido novio. Pero todos le huyen a mi familia. Son unos controladores que no me dejan respirar.
—¿Andas sola hoy? —Miró alrededor.
—Me escapé —dije sin más—. Mi hermano y primos se fueron detrás de las mujeres.
—¿No me digas? —dijo con una sonrisa—. Entonces eso quiere decir que estoy de suerte. ¿No es tu bolso aquel?
Me lo dijo señalándolo. Me levanté para ir a buscarlo y se lo arrebaté de las manos a un gracioso.
Regresé y me senté al lado del flacucho.
Terminé de un golpe mi bebida con intención de marcharme.
No me gustaba cómo me miraban esos desalmados.
Me puse de pie sintiéndome un poco mareada.
¡Qué rayos! ¿Por qué estaba mareada con solo una copa?
El tipo al verme me tomó por la cintura y me ayudó a salir del club.
Traté de respirar cuando salí para ver si se me pasaba, pero mi cabeza me pesaba un montón.
La recosté en su hombro, me sentó en un auto y todo se volvió negro.
Lo otro que recordé fue despertarme en una habitación atada a una cama.
Fin de la retrospectiva.
Estaba muy asustada, la mirada de papá era aterradora, tanto que me dejó paralizada.
¡Jamás me había mirado así! Era como si fuera un desconocido.
No dijo nada, solo me observó en silencio, esta vez no sonrió.
Mi hermano entró en ese momento seguido de mamá, mis primos, mis tíos, el abuelo y hasta el bisabuelo. ¡Ahora sí estaba en serios problemas!