¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 8 . ESTÁ VIVA
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8 . ESTÁ VIVA

ALESSANDRO:

Cuando Matías bajó la mirada y me entregó el aparato, sentí como si me volviera el alma al cuerpo.

¡Mi hija estaba viva! ¡Viva! Clavé la vista en Lilian, que venía corriendo hacia mí, y entre lágrimas, se abrazó de Kenet.

Ese muchacho... tan ligado a su madre como Alessia a mí.

Adora a su mamá, aunque me odie un poco cuando la regaño, y eso me hace gracia.

También adora a su hermana. Si fueran gemelos, no podrían ser más unidos.

Y sé, como sé que el cielo es azul, que ahora mismo está tan ansioso y aterrorizado como yo, con esa culpa invisible a cuestas por no haber estado ahí para protegerla. Puedo verlo en sus ojos.

—Dejó de alumbrar. ¿Le respondieron? —pregunté con el corazón en un puño.

—Sí, apreté el botón —respondió Matías con una determinación que casi me reconfortó.

—Es lejos de donde estamos —señaló Humberto con calma, aunque se notaba que ya estaba calculando movimientos—. Tomemos los helicópteros, jefe.

—De acuerdo. Pídeles a los helicópteros que aterricen —ordené con firmeza—. Axel y Acher vienen conmigo en el primero, junto con el grupo élite de Alessia. Los demás van en el otro.

Sabía que esa logística haría las cosas más rápidas. Pero los ojos de Lilian me buscaron con súplica, veía venir su petición antes de que cruzara los labios.

—Ale, yo quiero ir contigo —me pidió, pero en sus palabras había un dejo de vulnerabilidad que pocas veces mostraba.

—No, ve con los demás —le respondí, cortante.

Necesitaba tener la cabeza fría. También que ella estuviera segura.

Sin dejarle espacio para insistir, me fui con los hombres que había mencionado.

Kenet, siendo el hijo que es, sostuvo a su madre con fuerza y la persuadió de seguir adelante con él.

Ambos corrieron a montar el segundo helicóptero, mientras el resto de los hombres avanzaba en autos y motocicletas.

La respuesta a mi llamado: el Dragón Negro, de aquel que todos conocían como "el uno", no tardó en llegar. Más de cien dragones acudieron, y más seguían sumándose.

Cuando estábamos a solo unos minutos del lugar señalado, mi teléfono vibró tres veces. Mi corazón saltó lleno de esperanza, pero no respondí.

—Humberto, vuelve a darle un solo timbre —ordené con la voz más firme que pude, aunque por dentro ardía en desesperación.

Pronto llegamos a un punto apartado: una fábrica abandonada en medio de la nada.

Aterrizamos lo más lejos posible para evitar que nos escucharan.

Mi cuñada Lucy me envió los planos de la construcción al instante.

Mientras corríamos, agazapados entre la maleza, no dejaba de pensar en Alessia, sentía la tensión en cada fibra de mi cuerpo.

—Vamos a seguir el indicador, y también estar atentos a cualquier luz —seguí dando órdenes—.

Lleven explosivos, por si tenemos que volar algo donde la tengan, ¡pero silenciosos todos!

Al llegar, tenemos que recorrer el lugar lo más rápido posible.

¡No hagan ruido y no alerten a nadie! No sabemos cuántos son.

—¡Sí, mi Capo! —respondieron al unísono.

Miré a Kenet y a Lilian. Ambos estaban preparados, pero sabía que las emociones podían ser traicioneras en esta misión.

—Kenet, ve detrás con los demás. Cuida a tu madre —le ordené directamente.

Lilian cruzó su mirada con la mía. Entendió en un instante. Por más preparada que estuviera, si veía a su hija en mal estado, no podría controlarse. Y eso... eso podría costarle la vida a Alessia.

—Sí, mi Capo —respondió Kenet, con esa madurez serena que siempre ha tenido.

Mientras ordenaba cada pequeño movimiento, avanzamos por el oscuro corredor. Solo las luces de nuestras linternas nos guiaban. Una voz por el intercomunicador irrumpió la tensión reinante.

—Mi Capo, la encontramos —me avisaron—. Está al final del corredor principal. Siga recto, baje las escaleras para el sótano.

—No hagan nada. Esperen que yo llegue —respondí inmediatamente.

Cuando estábamos por llegar, volví a sentir cómo mi teléfono vibraba tres veces.

¡Mi hija me estaba pidiendo ayuda! No le contesté, porque quería saber en qué condiciones se encontraba, que me llamaba con tanta urgencia.

Quería ver si el entrenamiento al que la sometí desde que nació había dado resultado.

—Es aquí, jefe. Ya puedo escuchar la risa de la señorita Alessia —me informó un hombre del grupo.

Coloqué el oído en la pared. Escuché claramente a Alessia reírse e insultar al tipo, lo cual me indicó por la potencia de la voz que no estaba en peligro de morir. Observé todo alrededor y decidí bajar hasta la puerta. Estaba muy bien cerrada y era de hierro.

—Está muy abajo. Todo parece indicar que si entramos por aquí hay que subir una escalera hasta llegar a donde está —susurró alguien a mi lado—.

No podemos entrar por la puerta, en lo que llegamos, al tipo le va a dar tiempo de matar a Alessia.

Por lo que escuché, debe estar atada. Vamos a la pared de arriba.

—¿Explotamos esta pared, mi Capo? —preguntó Axel, señalando el punto más estratégico.

Pegué la oreja contra el muro para identificar con precisión el lugar exacto donde estaba mi hija.

—Sí. Por el sonido de su voz, está en el otro lado de la habitación —dije con el oído puesto en la pared.

—¿Está seguro? —preguntó de nuevo.

—Sí, háganlo ahora. Ustedes entrarán primero —les dije a los hombres del grupo de Alessia—. Avísenle por el dispositivo que van a explotar la pared, para que se prepare.

Di el paso atrás, diciendo lo último que diría antes de que el caos se desatara.

Estaba aterrorizado, aunque había escuchado su voz.

La idea de entrar y que estuviera destrozada hacía que me faltaran las fuerzas.

No podía demostrar debilidad delante de mis hombres.

Seguí retrocediendo hasta estar a una distancia prudencial en la oscuridad.

Observé cómo pusieron las diferentes bombas estratégicamente. Entonces, desde adentro, escuché claramente la voz de Alessia contando hacia atrás:

—Diez…, nueve…, ocho…, siete…, seis…, cinco…, todavía puedes escaparte…

Sonreí en la oscuridad a pesar de todo. Incluso en ese momento, mi hija seguía siendo ella.

Luego explotaron la pared sin más. Todos los hombres entraron con las armas en las manos, para ver la más desagradable de las escenas.

Alessia estaba en una cama atada por las manos y los pies con esposas.

Su bello rostro tenía signos de que la habían golpeado, por el hilo de sangre que le corría de su boca.

No entré inmediatamente, la observé de lejos. Vi cómo llegaban los demás corriendo al escuchar la explosión. Dejé que los hombres desataran a mi hija, sin dejar de mirarla desde la oscuridad. Cuando ella por fin estuvo libre, se incorporó y comenzó a masajear sus manos y pies.

Un gran sollozo que más parece un rugido de un dragón herido de muerte se me escapó del pecho.

Las lágrimas salieron de mis ojos a borbotones sin que pudiera hacer nada, al tener la certeza de que no le había pasado nada, que habíamos llegado a tiempo a pesar de todo.

En mi mente solo rebotaba un pensamiento: ¡Mi preciosa hija estaba intacta, sana y salva!

La oscuridad envolvió ese momento de mi debilidad.

Soy el Capo di tutti i capi Alessandro Minetti, el dragón negro, el UNO.

Pero me rompí ante el miedo de perder a otro hijo.

Ese es el peor dolor que puede experimentar un padre, lo sé muy bien.

No quiero volver a pasar por eso. No es la ley de la vida, me digo.

Los hijos deben enterrar a sus padres, no al revés.

Me limpié el llanto al ver que llegaba el grueso de los demás.

Tomé aire y me introduje en la habitación sin ir a donde estaba mi hija.

Alessia, ajena a que había entrado, estaba inclinada sobando sus rojos tobillos.

Ordené llevarlo a mi casa, no se lo daría a la policía.

Me desquitaría con creces el atrevimiento de haber raptado a mi pequeña.

Mis hombres me obedecieron sin decir una sola palabra. Sabían que me habían fallado.