7 . INCREMENTANDO LA BÚSQUEDA
ALESSANDRO:
¡BASTA!
Me detengo ante el grito de mi abuelo. Miro a Lilian y veo cómo comienza a llorar mientras Kenet la abraza.
También me mira con reproche. Sé que no debo desquitarme con ella, pero ahora mismo estoy tan asustado que necesito un culpable por lo que está sucediendo.
Y no deja de ser cierto lo que he dicho.
Es verdad que la tengo ahogada por mi miedo.
Pero también sé que Alessia sueña con vivir como lo hacía su madre antes de conocerme.
Desea tener un amor idílico y ayudar a los más necesitados con su trabajo.
Me lo ha repetido tantas veces y, aunque me ha molestado, nunca le quité esa imagen ideal que su madre le inculcó.
Por eso, ahora también me siento culpable.
Debí contarle la otra parte de la historia que su madre nunca le narra.
Que trabajaba hasta el cansancio para poder pagar las medicinas de su hermana.
Que todo el mundo se aprovechaba de ella y no le reconocían sus méritos.
Que tenía que bajar la cabeza ante todos por miedo a ser despedida, incluso cuando tenía la razón.
Y que su abuela, la señora Libia, se mataba trabajando en esa oscura y tétrica lavandería por los mismos motivos.
Porque eran muy pobres. Y ese amor que ella describe tan bonito con Andrea, no fue tal; él solo la engañó y la utilizó.
Sin embargo, no quise contradecir a su madre, y mira a dónde hemos llegado. El mayor deseo de mi hija es irse lejos de nosotros, de la familia. Tener una vida como esa tan "maravillosa" que su madre vivió hasta que tuvo la mala suerte de encontrarse conmigo y entrar en la mafia.
¿Por qué no le dice que, si yo no la hubiera encontrado, ahora probablemente sería la mujer de Demon o de cualquier mafioso en Francia? Eso, si no la hubieran asesinado junto a su madre y su hermana.
¡No, nada de eso se lo cuenta!
Para Alessia, yo soy el mafioso que obligó a su inocente madre a entrar en la vida oscura de la mafia, quitándole el derecho a decidir, al igual que hago con ella. Alejándola de esa vida tan maravillosa y feliz que, según Lilian, tenía lejos de la mafia.
—¡Ale, Ale…! —escucho a Lucy llamándome. No me había percatado de que la había dejado en el video mientras insultaba a su hermana. Veo que Damián también está ahora con ella.
—¿Qué pasa, Lucy? —respondo al fin.
—Pude rastrear el auto en que se la llevó gracias a algunas cámaras de seguridad de negocios —me informa para mi satisfacción—. Se dirigía hacia las afueras de la ciudad. La última cámara que lo captó indicaba ese rumbo.
—Está bien, Lucy —me recompongo—. Damián, manda dos helicópteros que nos sobrevuelen por si ella emite la señal del dispositivo y podamos llegar más rápido. Lucy, ¿y su teléfono?
—Nada, Ale. El que usa cuando sale está apagado, y el otro está aquí en la casa junto con todas sus cosas.
También dejó en la casa el reloj con el localizador.
Nuestra única esperanza es el dispositivo en su muela —me informa, desconcertándome aún más—.
Debí implementar una forma de rastrearla, pero como ella protestó tanto temiendo eso, no lo hice.
—Gracias, Lucy. Cualquier otra cosa que averigües, dímelo rápido —le pido, mirando a mis hombres.
Ahora fijo la vista en mi hijo Kenet con rabia.
Sé que le he dado mucha libertad. Es hombre y siempre se mueve con su cuerpo élite.
Él sí sigue al pie de la letra todas las medidas de seguridad que impuse, por eso dejo que su hermana salga con ellos a esas carreras que le enseñaron su tío Miguel y Lilian.
Hasta yo he ido algunas noches con Rufo y Damián a correr.
Es cierto que uno puede liberar el estrés con esas actividades.
Sobre todo, porque allí podemos sentirnos libres sin que nadie nos reconozca.
Me siento culpable porque el equipo de Kenet está muy bien entrenado.
Pero Alessia insistió en tener su propio equipo, y al final, después de mucho negarme, la complací, como siempre hago.
Ahí Lilian tiene razón: siempre complaco a mi hija en todo lo que me pide, excepto en lo de tener novio.
Ella me rogó que le armara un grupo élite de mujeres para que pudiera ir a lugares destinados a mujeres sin sentirse incómoda.
Me pareció que no era la mejor idea, y le ofrecí en su lugar un equipo de hombres jóvenes, con la condición de que no podía enamorarse de ninguno.
Además, me aseguré de seleccionar a hombres poco atractivos, para que no se sintiera tentada.
También les advertí a ellos, personalmente, que si la miraban como mujer, los mataría.
Ahora me doy cuenta de que fue un gran error.
¡Debí ponerle mujeres, como ella me pidió!
Llegamos al bar donde desapareció. Ya hay varios dragones inspeccionando e interrogando a todos. Desciendo del auto seguido por los demás y entro en el oscuro lugar. ¿Cómo es posible que no supiera que mi hija frecuentaba estos sitios?
—¡Kenet! —llamo a mi hijo—. ¿Cómo te atreves a venir a estos lugares con tu hermana?
—¡Te juro, papá, que es la primera vez que vengo a este sitio! —responde firmemente.
—Es verdad, tío —lo apoyan mis sobrinos Lucien y Laurent—. Nosotros competimos y, después, nos vamos a los lugares de la familia. Nunca hemos entrado en un lugar como este.
—Entonces, ¿qué hacía Alessia en este barrio de mala muerte? —pregunto, cada vez más confundido con mi hija.
Miro a los jóvenes guardias del cuerpo que formé para ella. Uno baja la cabeza antes de confesarme que Alessia vino a este lugar tratando de escapar de ellos.
—¿Y tú quién eres? —le pregunto de inmediato.
—Matías, mi Capo. Soy el jefe del cuerpo de seguridad de la señorita Alessia —me informa, con la cabeza gacha.
Lo miro con desdén, deseando sacar mi arma y darle un tiro entre ceja y ceja. ¡Confié en este hombre lo más valioso que tengo y, a la primera, la pierde! Mi jefe de seguridad, Humberto, se adelanta y lo protege.
—Él no estaba con ellos por mi culpa, mi Capo —me informa Humberto—.
Era de noche, y vi cuando Kenet, Laurent y Lucien se fueron con su cuerpo élite, dejando a Alessia en casa.
Ella entró y pensé que no volvería a salir.
Entonces me llevé a Matías para entrenarlo, como hemos estado haciendo cada noche.
La señorita Alessia salió a escondidas y llevó al grupo porque ellos se dieron cuenta y la siguieron.
Pero sin Matías, ella los engañó fácilmente.
En ese momento entran los tíos de mi hija junto con mis mejores hombres, Archer y Axel. Señalan de inmediato el dispositivo que Matías tiene en las manos.
—¿Desde cuándo está parpadeando esto? —pregunta Archer, refiriéndose a la luz roja que se enciende en el aparato—. ¿No sabes que eso indica dónde está mi sobrina?