¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 6 . LA BÚSQUEDA
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6 . LA BÚSQUEDA

ALESSANDRO:

Si un rayo me hubiera alcanzado en la cabeza, no habría causado tanto impacto como lo que acababa de decir Humberto por teléfono.

¡Mi mayor miedo se había hecho realidad!

Por un momento, me quedé sin poder articular palabra; mi corazón latía tan rápido que sentía que se iba a salir por mi boca.

Estaba acostumbrado a recibir todo tipo de noticias terribles, pero no a esta.

Miré fijamente a Lilian, quien, por mi expresión, supo que no era nada bueno. Traté de articular palabras durante unos segundos, sin que nada saliera de mi boca.

—¿Qué pasa, Ale? —preguntó asustada—. ¿Qué te dijo Humberto?

—¡Repite lo que dijiste, Humberto! ¿Quién desapareció? —pregunté de nuevo, con incredulidad y terror—. ¿Mi Alessia? ¡¿Mi hija desapareció?!

Un profundo dolor atenazó mi corazón. Observé cómo Lilian corría a secarse y vestirse. Cogimos nuestras armas y, sin más, salimos corriendo rumbo al lugar donde ya nos esperaba el cuerpo élite, junto con los guardias de seguridad jóvenes que tanto nos había solicitado mi hija y los demás.

—Se les escapó en la motocicleta —continuó explicando Humberto por teléfono mientras yo llegaba al lugar donde ellos estaban—. Llevaban dos horas buscándola y no habían podido dar con ella.

—¡¿Dos horas?! ¿Cómo pudieron esperar tanto para avisarme? —vociferé sin detenerme—. ¡Tengo dicho que cualquier cosa relacionada con mis hijos deben comunicármela al instante, sin importar la hora! ¡Todos tienen mi teléfono personal para eso!

—Disculpe, jefe, pero los chicos son jóvenes y no sabían nada —trató de justificarlos Estefan.

—¿Dónde están? ¡Tráiganlos ante mí ahora! —ordené de inmediato.

—Ale, eso no es importante ahora, lo primordial es Alessia —me interrumpió Lilian—. Después investigas eso. Humberto, ¿llamaron a Kenet para ver si está con ellos?

—No está con nosotros, mamá —dijo mi hijo Kenet, llegando en ese momento con sus primos —. Discutimos con Alessia porque ella quería acompañarnos, pero íbamos a estar con chicas en un club nocturno, ya sabes...

—¡Dejen eso ahora! —los interrumpí—. ¿Dónde se les escapó?

Uno de los guardias de la escolta de Alessia me informó que la habían perdido en uno de los barrios del sur de Roma.

Les dijo que saldría a correr como hacía algunas noches.

Ellos le creyeron y revisaron la pista de carreras.

La señorita Alessia envió a los dos que estaban con ella a pagar la inscripción y luego desapareció.

Habían peinado el barrio y supieron que había ido a un bar.

Encontraron su motocicleta desmantelada en un lugar donde estaban vendiéndola en piezas.

—¿En piezas? —preguntamos simultáneamente Lilian y yo—. ¿Les dijeron quién las vendió?

—Sí, este tipo —mostraron las fotos del hombre—. También en el bar dijeron que ella se fue con él, borracha.

—¿Borracha? —pregunté, torciendo el cuello para mirar a mi esposa—. ¿Lista?

Ella bajó la vista mientras Humberto proseguía explicando que era extraño. Según el barman, Alessia solo había bebido una copa y, de inmediato, parecía estar borracha. Al parecer, aquel hombre la había drogado y secuestrado.

—¿Mi Alessia aceptó la bebida de un extraño así como así? —pregunté incrédulo, mirando a Lilian, quien sabía exactamente lo que significaba aquella mirada.

¡Ella no estaba en absoluto preparada para alejarse de nosotros!

Solté una maldición, tratando de tomar aire. Habían pasado dos horas y ella no había dado señales de vida; ni siquiera había activado el dispositivo en su muela para señalar su ubicación. Eso solo podría significar una cosa en la que no quería pensar.

¡Mi hija, mi adorada Alessia, estaba muerta!

Tuve que inclinarme y sostenerme en mis rodillas debido al pánico que me invadió. Mi mejor amigo Rufino vino a mi lado, me levantó y me llevó con él.

—Ale, sé lo que estás pensando, pero puede estar dormida y por eso no ha activado el dispositivo —intentó tranquilizarme, como siempre—. Vamos a movilizar a todos los dragones ahora mismo. ¡La encontraremos, amigo, la encontraremos!

—¿De verdad lo crees, Rufo? —pregunté, recordando cuando perdí a Alessandrito y a Celia.

—Sí, lo haremos. Confía en nosotros. No por gusto dirigimos la mayor organización criminal del mundo —me recordó, dándome una palmada en la espalda—. Vamos a buscar tu teléfono del dragón negro.

—No hace falta —dijo mi papá.

Giré la cabeza y lo vi junto a mi abuelo, quienes nos habían seguido después de escuchar el alboroto de nuestra carrera y gritos.

—Míralo aquí —me lo entregó—. No vuelvas a separarte de él, hijo; tienes que tenerlo siempre contigo.

Tomé el aparato y lo activé. Mandé la señal de alerta máxima a todos los dragones de Italia con la imagen del dragón dorado, único de mi hija Alessia.

Nos dirigimos todos hacia el barrio donde desapareció.

Cuando estábamos por llegar, mi cuñada Lucila me llamó por video.

Le había enviado la foto para que lo rastreara.

—Dime, Lucy, ¿encontraste algo? —pregunté esperanzado.

—No te va a gustar, Ale —dijo enseguida—. Ese tipo es un asesino en serie buscado por la policía hace años. Nunca han podido atraparlo. Desaparece con sus víctimas por tiempos; vive con ellas y, después, las mata.

—¡¿Un asesino en serie?! —gritó Lilian, aterrada—. ¿Cómo pudo Alessia dejarse engañar por un asesino en serie? ¡La hemos entrenado muy bien, siempre le he dicho que vigile su bebida!

—Porque, al igual que tú —le respondí furioso, incapaz de contenerme—, ella quiere creer que todo el mundo a su alrededor está lleno de buenas personas. Y tú le has pintado una vida tan hermosa, libre y despreocupada de antes, que ese se convirtió en su sueño. Por eso huyó, Lilian. Por eso.

—¡Ale, no me culpes a mí! —se defendió Lilian, retrocediendo. Pero no pude contenerme.

—¿Sabes por qué te culpo, Lili? —seguí, sin poder frenar mis emociones—.

Porque pasas diciéndole cómo era tu vida antes de que me conocieras.

Esa vida en la que andabas por el mundo sin preocupaciones, lejos de esta familia mafiosa.

¡Y la pintas tan hermosa que has hecho que ese sea el sueño de nuestra hija, alejarse de nosotros!

¿Tan terrible te parece tu vida conmigo que tenías que llenar la cabeza de Alessia con ese sueño?

—Ale, no digas eso, yo... yo... —balbuceó Lilian, porque en parte sabía que era cierto.

Le hablaba constantemente de aquella vida despreocupada que tuvo antes de conocerme.

Y aunque ahora era feliz conmigo, su vida había dado un giro tan grande al ser parte de la mía, que añoraba esa otra vida.

Una vida en la que no sabía que era hija de un mafioso, y que la había atado de por vida a mí y al mundo oscuro de la mafia.

Muy lejos de su sueño de ser una doctora salvadora de vidas, haciendo solo el bien.

—¡Cuando aparezca, si lo hace, no dejaré que te le acerques más! —continué, furioso—. ¿Ella quiere vivir esa vida tuya que tanto añoras? ¡La vivirá, ya verás!