¡Ups, me equivoqué papá, me equivoqué! (SERIE ¡UPS! nº 3) 5 . MAMÁ LILIAN
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5 . MAMÁ LILIAN

LILIAN:

Desde que nacieron nuestros hijos, Alessandro los había sobreprotegido, especialmente a Alessia.

Con Kenet era diferente. Al ser hombre y contar con la compañía de sus dos primos, se iba a la calle, mantenía todas las novias que quería y Alessandro no intervenía en absoluto.

Es más, a menudo lo llevaba con él cuando los chicos salían a sus "asuntos".

La pobre Alessia, por otro lado, era su mayor debilidad en todos los sentidos.

Ella, de cierta manera, tenía el poder de manejarlo a su antojo…

y al mismo tiempo no. Él no le había permitido construir una sola relación, no solo amorosa, sino ni siquiera de amistad.

Alessia únicamente contaba con el apoyo de su hermano y sus dos primos porque cualquier persona que intentaba acercarse lo hacía, inevitablemente, pensando que era la hija del Capo di tutti i capi.

Y aunque en eso Alessandro tenía algo de razón, yo seguía creyendo que la solución era diferente.

Por eso quería enviarlos de incógnito a Francia.

Quería que Alessia pudiera descubrir cómo era tener una vida normal, crear amistades sinceras y, por qué no, quizás incluso enamorarse de un chico que no tuviera ni idea de quién era su padre, alguien que se fijara en ella por lo que era, no por el poder que su apellido representaba.

—No les pasará nada, Ale —le aseguré con voz suave, tratando de calmarlo—. Los tendremos bien cuidados...

Me acerqué un poco más a él para que pudiera captar la seriedad de mis palabras. No iba a ceder en mi empeño, pero lo conocía muy bien, debía utilizar las razones, no la fuerza.

—Alessia, en ese sentido, ha sacado mucho de mí —continué—.

Quiere ser esa chica despreocupada y libre que alguna vez fui.

¿Lo recuerdas? Y todo lo que tuve que vivir para finalmente resignarme a esta vida.

No es fácil, amor. Tienes que permitir que experimenten como jóvenes normales, o los perderemos.

Se alejarán de nosotros y, cuando lo hagan, será para siempre.

—Lo sé, Lili, lo sé… —reconoció, soltando un suspiro mientras bajaba la mirada—. Pero no están listos. Todavía no lo están.

—Por supuesto que lo están. Hemos dedicado nuestra vida entera a prepararlos desde que nacieron.

Saben identificar el peligro. No se dejarán engañar tan fácilmente —le respondí con total convicción.

Y para reforzar mi argumento, añadí—: Además, les colocaste ese dispositivo en la muela.

Sin importar dónde estén, podremos encontrarlos muy rápido.

Ale, por favor… ¿Cómo vas a saber si realmente están preparados para enfrentarse a la vida si sigues teniéndolos bajo tu ala como si fueran niños pequeños?

Algún día se irán, ojalá que no, ojalá decidan quedarse a nuestro lado.

Pero eso depende de ellos, amor. No de nosotros.

Alessandro me miró con esa intensidad que siempre me ha desarmado. Un momento después, sus brazos me rodearon y me besó profundamente.

—¡Cómo has cambiado, cariño! —exclamó con emoción palpable, al separarse un poco de mis labios—. Eres tan madura, responsable… y tan sabia ahora.

Sabía que tenía razón. Había dejado atrás mis años de rebeldía.

Toda esa energía que alguna vez desperdicié la enfoqué en cuidar de nuestros hijos.

Porque, como mi esposo, también vivía con el terrible temor de perderlos.

Y tampoco podría soportar ese dolor. Pero, al mismo tiempo, sabía que si no les dábamos esta oportunidad, simplemente nos iban a abandonar tarde o temprano y jamás regresarían.

—¿Estamos obligados a dejarlos ir, verdad? —preguntó finalmente Alessandro, aún abrazándome como si no quisiera soltarme nunca.

—Sí, papá Minetti —le respondí con ternura y algo de determinación—.

Debemos dejar que esos dragones vuelen libres, para que puedan regresar a su nido cuando lo deseen.

Pero, como ya te mencioné, los rodearemos de guardias de seguridad de su edad, jóvenes que no levantarán sospechas.

Hay muchos hombres buenos entre los nuestros que tienen hijos de sus edades.

¿Quién mejor para protegerlos que ellos?

De hecho, me comuniqué con el capo Cian de Milán, y sus dos hijos están dispuestos a estudiar con los nuestros.

Cuando se lo propuse, aceptó de inmediato.

—¿De verdad Cian tiene dos hijos de la misma edad que los nuestros? ¿Por qué no me lo contaste antes? —preguntó Alessandro, con un dejo de emoción—. ¿Crees que uno de ellos pueda enamorarse de Alessia?

—¡Ale! —lo interrumpí, mirándolo directamente a los ojos—.

Deja que sea nuestra hija quien elija a su pareja.

No puedes imponerle alguien, ni siquiera a un hijo del capo Cian.

Si surge algo entre ellos, lo aceptaremos, pero si no, no la obligarás.

¡Promételo! Conozco esa cara tuya, ¡no te atrevas, Alessandro Minetti!

¡No interfieras en la vida amorosa de nuestra hija, porque si lo haces, voy a enfadarme mucho!

Y si llegas a hacerlo, te advierto que me iré a vivir a Francia mientras ellos estén allá. ¡Y esta vez no me vas a detener!

Soltó una carcajada mientras me abrazaba con firmeza y giraba conmigo, intentando aplacar mi molestia con besos en la frente. Yo, tratando de mantener mi postura, decidí soltarme de su agarre y mirarlo con seriedad.

—Tranquila, Lili. No me molestaré, no intervendré —dijo, más calmado—. Pero, aún así, me da paz saber que se irán acompañados de los hijos del capo Cian, quienes nos son muy leales. ¿Cuántos más reclutaste en Milán?

—Todavía Acher no ha terminado —respondí, retomando un tono conciliador—. Le pedí que buscara veinticinco chicos como máximo.

—¿Tan pocos? —protestó Alessandro, frunciendo el ceño.

—¡Ale! —lo detuve firmemente, cruzando los brazos sobre el pecho—. Me explicaron que esa es más o menos la capacidad del aula, y, además, los repartiremos entre los chicos. Alessia quiere estudiar diseño, y Kenet ingeniería en computación. Estarán en clases diferentes.

—¡Eso no puede ser! ¡Tienen que estar juntos! —volvió a intervenir, encendido. —Que Alessia estudie lo mismo que su hermano.

Lo miré incrédula, soltándome de su abrazo para dedicarle una mirada fulminante antes de darme la vuelta.

Necesitaba alejarme antes de que mi paciencia se agotara del todo.

Directamente me dirigí al baño, donde ya había preparado un baño caliente.

Sumergí mi cuerpo, cerré los ojos y dejé que el agua y los relajantes aromas limpiaran el estrés.

Entonces escuché que Alessandro hablaba con el capo Cian mientras mantenía el altavoz encendido. A pesar de mi enojo, no pude evitar esbozar una leve sonrisa al ver cuánto confiaba en aquel hombre. Y de repente, una voz conocida interrumpió aquella curiosa paz:

—Disculpe que lo llame a esta hora, jefe —era Humberto—. Pero se trata de la niña Alessia.

—¿Alessia? ¿Qué sucede con Alessia? —preguntó Alessandro, alarmado. Me levanté de un salto al escuchar su reacción.

—¡La niña Alessia… desapareció! —soltó Humberto urgentemente.