Capítulo 71
Sophia tenía treinta y ocho años, dos canas a la altura de las sienes que no se había molestado en disimular y, en el cuello, un broche pequeño que había sido de su madre.
Escribía a las once y cincuenta y cinco de la noche en su estudio: un ala restaurada de la antigua mansión Vránský, reconvertida en sede de la Fundación de Archivo y Asistencia Marta Vránský, que ella dirigía desde mil ochocientos ochenta y dos.
Karl Wagner ya no se llamaba Wagner. Después de disolver la cláusula del cliente Praetor había dejado el bufete, se había puesto Werner y vivía en Praga.
Se veían cada miércoles a las cinco, en el despacho de la fundación, para revisar los expedientes de la semana: él en el sillón de la izquierda, ella en el escritorio, dos horas de eficiencia y media taza de té sin azúcar.
Lo que cabía entre ellos había encontrado, con los años, su forma exacta, y ninguno de los dos había intentado moverla, porque mover algo que funciona era la clase de error que ni él ni ella solían cometer.
Erik Schwartz había muerto en mil ochocientos noventa y cuatro, a los sesenta y uno, de una neumonía cogida atendiendo en Žižkov a un niño tísico que no podía pagar consulta.
Sophia se enteró por una nota del ama de llaves del almacén.
Dejó la pluma con la que firmaba otra cosa, salió al patio sin abrigo y se quedó bajo la lluvia el tiempo justo para que la lluvia hiciera lo que ella no podía permitirse hacer dentro del estudio.
Volvió con la cara seca y el pelo mojado, y firmó el documento pendiente con la pluma en la misma posición en que la había dejado.
Lo había visto vivo por última vez dos meses antes. Erik le entregó entonces su tratado —doscientas treinta páginas en cuero negro, sin firma— y le dijo que se lo hiciera llegar a Van Helsing cuando ella, no él, lo creyera oportuno. Sophia le preguntó por qué se lo daba ya.
—Porque he aprendido a no dejar para mañana las entregas de un manuscrito terminado —contestó, mirando la mesa de zinc—. Cosas que no aprendí en mil ochocientos ochenta.
Meses después, al leer la última anotación de su cuaderno —una medición de temperatura del todo normal, la primera en catorce años que no necesitaba explicación—, Sophia entendió lo que Erik le había dicho de verdad aquella noche: que había sentido venir el final por el único método que supo usar siempre, y que por eso había adelantado la entrega.
Gabriel Novotný había desaparecido en mil ochocientos ochenta y nueve, en algún punto del condado de Aberdeen, tras seis años de cartas sueltas firmadas solo con una G.
La última decía: Voy más al norte, donde los strigoi tienen que cruzar más mar para encontrarme.
Ya no escribo. No me busquen. He cumplido.
G. Sophia respetó la petición. Guardó las cartas en una caja atada con cinta de algodón y las releía una vez al año, la víspera del aniversario, como quien reza por una intención que no espera ver cumplida.
El aparato no había sido destruido. Había sido reducido y contenido.
En febrero de mil ochocientos ochenta y uno Sophia había hecho el viaje a Bistritz, había recuperado el acta de mil cuatrocientos cuarenta y dos y se la había llevado a Schneider, a Berlín.
Ahora podemos empezar, dijo el viejo. Murió al año siguiente, pero dejó los procedimientos encauzados.
Le había costado dieciséis años entender lo que de verdad ocurrió la noche del dieciocho: que lo que el voivoda llamó en sus archivos «mudanza calculada» dejó de ser cálculo a las dos y media de aquella madrugada y se volvió huida.
Le quitaron la base europea, cuatrocientos años de tierra madurada bajo Hradčany.
A Inglaterra solo pudo llevarse lo que cabía en una sola noche.
Sophia había considerado actuar contra la operación inglesa.
Lo había desestimado. En lugar de actuar, había escrito tres cartas, en las tres direcciones que el aparato no esperaba.
La primera, a Ámsterdam, a Abraham Van Helsing, anunciaba sin firma un baúl que llegaría el verano siguiente.
La segunda, a Exeter, firmada por Karl, devolvía a la vida un viejo expediente catastral de mil ochocientos ochenta.
La tercera la había echado al correo el día anterior, a una dirección de Bistritz que el voivoda no esperaba que ella conociera. Tenía cuatro líneas:
Le informo, en mi última correspondencia operativa con usted, que la línea Vránský se extingue conmigo en mil ochocientos noventa y seis.
No por incapacidad biológica. Por decisión personal.
La extinción de la línea cierra para siempre la titularidad humana del contrato de mil cuatrocientos cuarenta y dos.
Ni firma sentimental ni despedida. Cerraba la asimetría que el aparato había mantenido durante cuatro siglos: a partir de su muerte, el voivoda se quedaría sin contraparte humana legítima, y cualquier operación suya en Centroeuropa sería papel sin amparo.
Un golpe limpio, sin humo, de la clase que su padre habría aprobado.
Esta noche, la del dieciocho, Sophia no escribía una carta.
Escribía en su cuaderno personal, el que había empezado al volver de Bistritz y llevaba quince años llenando en silencio.
Mojó la pluma, anotó la fecha y escribió debajo unas pocas líneas: que mañana se cumplían dieciséis años exactos, que ella no vería el final, que los que empezaron aquello en noviembre de mil ochocientos ochenta no eran los que iban a terminarlo.
Su padre le había dejado dos años de trabajo invertidos en ella; ella dejaba dieciséis en cinco extraños que quizá no se reconocieran nunca como herederos de nadie, porque los buenos legados no se reconocen como tales hasta mucho después de cumplirse.
Había una partida más que no aparecía en ningún libro de la fundación.
La madre de Anna vivía todavía en Žižkov, y el primero de cada mes recibía en el alféizar de su ventana, de un mensajero al que nunca llegaba a ver, un sobre sin remitente que le cubría el alquiler y el carbón del invierno.
De todos los papeles que Sophia había firmado en dieciséis años, la única firma que le importaba esta noche era la que no llevaba: la de quien sigue dando sin dejar que lo sepan.
Dejó la pluma. Cerró el cuaderno y lo guardó en el cajón, que cerró con la pequeña llave de acero que llevaba cosida al forro del cinturón desde noviembre de mil ochocientos ochenta.
Apagó la lámpara. Se quedó un momento a oscuras, mirando hacia los tejados de Hradčany que la luna recortaba contra el cielo de noviembre. Después fue a dormir.