Capítulo 72
Peter Hawkins tenía ochenta y un años y la cabeza intacta, que era lo único suyo que seguía intacto. Frente a él, en la silla de las consultas, un aprendiz de veintinueve años: alto, delgado, recién prometido, con el traje gris discreto de los días de despacho.
Hawkins puso la mano sobre el expediente delgado. El joven lo observó.
—Jonathan —dijo Hawkins—. Antes de que viaje la semana que viene, llévese este dossier a casa y léalo esta noche. Después me dice si todavía quiere ir.
Jonathan Harker lo recibió con las dos manos: el gesto que Hawkins le había enseñado para los papeles antiguos, que pesan más que los nuevos aunque no en la balanza.
—¿Algo en concreto que deba buscar, señor?
—Las tres líneas subrayadas en el segundo párrafo de la página tres. El último párrafo de la página cinco. La firma. Y la fecha de archivo. —Le sostuvo la mirada—. El resto, si quiere, después. Pero esas cuatro cosas son las que cambian el viaje.
—Sí, señor.
El dossier viejo, con su cinta roja, salió del despacho en las dos manos del joven Harker.
Esa noche, en su piso de Exeter, Jonathan Harker leyó el dossier en la mesa del comedor mientras Mina, que había venido de visita al salir de la escuela, leía al otro lado de la lámpara.
Lo leyó con el método que había aprendido en el bufete: primero la estructura, luego los datos, al final las anomalías.
Las tres líneas subrayadas de la página tres eran densas, plagadas de términos legales centroeuropeos que tradujo con esfuerzo.
El párrafo final de la página cinco era más claro, y su claridad lo hacía, si acaso, menos creíble.
Cerró el dossier.
Era un documento impecable. La firma, real; el sello del bufete, auténtico; la fecha de archivo, coherente con el caso.
Todo verificable. Y, sin embargo, el conjunto no encajaba en ninguna categoría jurídica que Harker conociera, porque no describía un fraude inmobiliario ni una irregularidad catastral.
Describía otra cosa, para la que el vocabulario legal no tenía un nombre preciso.
—¿Algo interesante? —preguntó Mina sin levantar los ojos del libro.
—Antecedentes del caso —dijo Harker—. Supersticiones locales que afectaron a propietarios anteriores. El señor Hawkins quiere que viaje informado.
Mina asintió. Harker dejó el dossier encima de la guía de viaje de Transilvania y pensó que lo releería en el tren, con más tiempo y menos sueño.
No volvió a abrirlo antes de partir. Era la clase de papel que un hombre de leyes de veintinueve años, recién prometido y con su primer encargo internacional, archiva en la casilla de lo pintoresco.
Superstición local. Color de época. Útil para el contexto, irrelevante para el trabajo.
Cuando la puerta se cerró tras Harker, Hawkins se quedó mirando un momento el archivo.
Después abrió el cajón donde guardaba la correspondencia personal y sacó la carta que había recibido la semana anterior desde Praga, firmada con un nombre que le había costado un día entero recordar y que, al recordarlo, le había producido una emoción tan precisa que tuvo que sentarse.
Karl Werner, antes Wagner, del bufete Schneider en la guarda, una dedicatoria: A Franz Kovaljuk, que reconoció primero .
En el tercero, una hoja suelta de tinta marrón desvaída dentro de una funda de pergamino, y una carta sin remitente.
Van Helsing abrió la carta primero.
Doctor Van Helsing: el material que acompaña esta carta lleva diecisiete años custodiado en Praga por personas que sabían más que su difunto mentor.
En el cuaderno de tapas negras encontrará la secuencia clínica completa de un fenómeno que los manuales todavía no admiten.
La hoja que lo acompaña es de un libro de mil quinientos ochenta y ocho, el De Daemonibus, y describe lo que se conoce como signum contactus y la fórmula latina llamada signum inversum.
Quienes le enviamos esto no podemos identificarnos.
Use lo enviado cuando un caso le exija respuestas que los manuales no den.
No lo publique. Compártalo solo con quienes lleguen a usted con preguntas a medio formular: es para campo, no para academia.
Es probable que esa situación le llegue dentro de los próximos meses. Le deseamos lecturas atentas.
La carta no estaba firmada. Van Helsing la dejó, cogió la hoja del De Daemonibus , la sostuvo bajo la luz de la ventana y la leyó dos veces.
Después abrió el cuaderno de tapas negras por la primera página y empezó a leer.
Cuando la secretaria llamó a las cuatro para recordarle una cita, le pidió, sin levantar la vista, que la cancelara, y todas las de la semana.
A las once de la noche llevaba ciento cuarenta páginas y los ojos ardiéndole.
Las noventa restantes las leería al día siguiente.
* * *
PRAGA — ESCRITORIO PRIVADO DE SOPHIA VRÁNSKÝ. 1 de mayo de 1897. 19:30 h.
La carta llegó por la red eclesiástica poco después del té, en mano de Jan Procházka —párroco de San Nicolás desde el ochenta y cinco, el mismo que dieciséis años atrás había guardado en el cajón de la sacristía el sobre que Gabriel dejó la mañana del diecinueve de noviembre—.
Era un sobre de Hamburgo, con matasellos del treinta de abril y remite del Hotel Bristol de Berlín.
La letra era la de Karl. Sophia lo abrió. Cinco líneas:
Sophia: Hawkins le entregó el dossier al joven Harker el viernes pasado.
Confirmado por nuestro contacto en Exeter al día siguiente.
El joven ha salido ya para el continente.
Yo salgo mañana de Berlín hacia Múnich, y de allí a Klausenburg por el camino corto.
Estaré en el paso del Borgo el veintitrés.
Si todo sale bien, le escribo desde Bistritz.
Si no, no me escriba a mí: con la red ya tiene suficiente. K.
Sophia la leyó. La dobló. La guardó en el cajón cerrado con llave, encima del cuaderno y de las dos únicas cartas familiares que había conservado en dieciséis años: la principal, del catorce de septiembre de mil ochocientos setenta y nueve, y una más antigua, de mil ochocientos setenta y cuatro, en la que su padre le explicaba a la niña de quince años por qué no debía firmar nunca un papel sin haber leído antes las dos páginas que había detrás del papel.
Después fue a la ventana y apartó la cortina.
Los tejados de Hradčany se recortaban contra el cielo claro de mayo, las chimeneas ya frías, y la ciudad seguía con sus tareas de un sábado de primavera: los aprendices de los hornos volviendo a casa, las primeras lámparas encendiéndose en los pisos altos, los carruajes amortiguados por la humedad de la calle.
Volvió al escritorio. Sacó el cuaderno personal, lo abrió por la última entrada —la del dieciocho de noviembre— y añadió una sola línea:
Primero de mayo de mil ochocientos noventa y siete. La operación inglesa empieza. Mi padre tenía razón sobre los plazos administrativos del siglo XIX. Tardan lo que tardan. Llegan cuando llegan.
Cerró el cuaderno y lo guardó junto a las cartas y a la copia firmada del reconocimiento administrativo del veinte de noviembre de mil ochocientos ochenta: la única hoja que le había firmado al voivoda en toda su vida, archivada la misma noche del incendio y conservada desde entonces como recordatorio de que también la información se firma una vez, y solo una.
Apagó la lámpara. Se sentó. Afuera, sobre los tejados, empezaba a anochecer.
Se quedó un rato a oscuras. Después fue otra vez a la ventana, y esta vez no para mirar la calle: para mirar los tejados.
Estaban ahí.
No fue un pájaro. No fue el viento moviendo una veleta.
Algo cruzó de un tejado al siguiente con una fluidez que Sophia había visto una sola vez en su vida —dieciséis años y cinco meses atrás, desde la rendija de su puerta, mientras una silueta cruzaba el vestíbulo de la mansión hacia el ala oeste—, y que había archivado entonces en el registro interno donde guardaba las cosas que aún no tenían explicación pero ya tenían peso.
Lo siguió con los ojos mientras cruzaba los tejados de Hradčany hacia el norte. Hacia el río. Hacia el puerto fluvial donde el Moldava se abre paso entre los últimos arcos de piedra antes de la llanura.
Desapareció sobre la línea de los tejados.
Sophia mantuvo la mirada un momento más en el punto donde lo había perdido. Después cerró la cortina.
Volvió al escritorio. Se sentó.
En algún punto del camino entre Exeter y los Cárpatos, un tren se preparaba para salir.
FIN