Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 70 #2
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Capítulo 70 #2

—Lo descubrí el veinticinco de septiembre.

Su padre murió el veintinueve, en Viena, de un fallo hepático que mi médico personal calificó de natural pero que quizá fue acelerado por la modificación que él mismo se había administrado.

El plazo entre mi descubrimiento y su muerte fue de cuatro días.

Le diré con franqueza, slečna : yo no di la orden de ejecutarlo.

La modificación voluntaria es una vía conocida: los tres precedentes terminaron como terminó su padre, sin que yo interviniera.

Pero le diré también que si su padre hubiera vivido un mes más, yo habría tenido que decidir, y mi decisión habría sido distinta.

—Habría dado la orden.

—Habría dado la orden. Por interés operativo, no por animosidad. Su padre fue un hombre competente, tardío y honorable. Se lo dejo a usted como información.

Sophia se apoyó con una mano en el respaldo del banco más cercano.

—¿Por qué me cuenta esto?

—Porque si no se lo cuento yo, se lo va a contar dentro de tres semanas un hombre llamado de Vargas, con menos precisión y con más segundas intenciones.

Y porque la carta que su padre le dejó —⁠que ya la ha leído, no me lo niegue⁠— no contiene este dato.

Su padre no supo que yo había detectado su infiltración.

Murió creyendo que la operación había sido exitosa.

Si usted parte hacia Bistritz dentro de cinco semanas creyendo lo mismo, va a calcular sus márgenes mal.

Le doy el dato para que usted los recalcule.

Sophia no habló durante un momento largo.

—¿Está usted intentando disuadirme de viajar?

—No. Estoy intentando que viaje con datos correctos. Si viaja con datos correctos, hay alguna posibilidad de que la operación funcione para usted. Si viaja con datos incompletos, no hay ninguna.

—¿Por qué le interesa que mi operación funcione?

—Porque sacar el acta del cementerio de Bistritz me obliga a renegociar el contrato en condiciones nuevas.

Y eso me conviene. El que tengo está mal hecho para lo que necesito en este siglo: lleva años costándome más de lo que rinde.

Si lo saca usted, podemos firmar los dos uno nuevo que nos sirva mejor.

—¿Por qué no lo extrae usted mismo?

—Porque esa clase de pacto solo puede deshacerlo la otra parte, no quien lo firmó.

Si lo saco yo, el acta vuelve a tener fuerza en cuanto la deposito de nuevo.

Si lo saca usted, queda en suspenso hasta una firma nueva.

Es una trampa que el notario Pichler metió en el texto por orden del emperador, supongo que para protegernos a los dos de nosotros mismos.

Cuatro siglos después, se lo agradezco a Pichler.

Sophia respiró hondo.

—Tengo una pregunta —⁠dijo⁠—. No tiene que contestar.

—Adelante.

—Eliska Novotný. La hermana del padre Gabriel Novotný. Desapareció en mil ochocientos sesenta. ¿Fue usted?

Por primera vez en toda la conversación, el hombre volvió la cabeza.

La volvió hacia ella por encima del hombro, despacio, y siguió volviéndola un poco más de lo que un cuello se gira, hasta un ángulo que Sophia registró como imposible en el mismo instante en que apartó la vista y la fijó en la cruz partida del altar.

Hubo un silencio largo.

—No —⁠dijo el hombre, después⁠—. No fui yo. Pero tengo el archivo del caso. Si algún día Gabriel Novotný viene a verme con la pregunta correcta, le entregaré el archivo. La respuesta es más banal que la que él teme. Pero ya no le va a aliviar tanto como le aliviaría hace veinte años.

—¿Quién fue?

—Un hombre del que no se acuerda nadie. Para usted no es importante. Para él lo es. Si quiere, dígale a Gabriel cuando lo vea que la respuesta existe y que está disponible. Yo no se la voy a regalar. Tendrá que venir a buscarla.

—Entendido.

Sophia miró el altar al fondo de la capilla y la cruz partida que lo coronaba. La luz gris había alcanzado el primer escalón.

—Voy a firmar.

—Bien.

—Una sola condición. Si firmo, tampoco yo voy a regalar. Cuando llegue a Bistritz dentro de cinco semanas, voy a extraer el acta del cementerio según los procedimientos jurídicos que mi padre dejó documentados. Si usted tiene intermediarios cerca, no van a interferir. Esa es la condición.

—No interferirán. Tiene mi palabra contractual, slečna , no la sentimental. La contractual es la que pesa.

—Acepto la contractual.

El hombre tardó en responder. Seguía sin volverse. Sophia seguía en el segundo banco.

—Una cosa más —⁠dijo el hombre.

—Diga.

—Cuando llegue a Bistritz, no se aloje en el Corona de Oro.

Es donde los administradores del aparato esperan a los visitantes de su perfil.

La hospedería de la viuda Petrescu, dos calles al norte, le conviene: pida la habitación baja que da al patio.

Tiene una puerta de servicio que no figura en ningún inventario. Eso es todo. Que tenga buen viaje.

—¿Por qué me dice eso?

—Porque me conviene operativamente que su viaje salga bien. Ya se lo expliqué. Y porque hay un detalle de cortesía que voy a ejercer una vez en esta conversación, y solo una, y prefiero ejercerlo en la información práctica antes que en cualquier otra cosa.

—Qué detalle.

—Que la información que su padre se llevó a la tumba sin saber que yo la conocía, ahora es información que usted conoce y yo conozco.

Si en los próximos años decidimos los dos no volver a mencionarla, no la mencionaremos.

Si alguno de los dos decide mencionarla, el otro la confirmará. Esa simetría es el detalle.

—Entendido.

Hubo un movimiento mínimo del hombre. Una pequeña inclinación. Después se levantó.

Sophia oyó los pasos. No se giró. Los pasos cruzaron hacia la izquierda de la capilla, hacia una puerta lateral pequeña que Sophia recordaba haber visto de niña y que conducía al pasaje de servicio que iba al jardín trasero. La puerta lateral chirrió. El hombre la abrió. La cerró desde fuera.

Silencio.

Sophia esperó treinta segundos completos.

Después se giró.

La capilla estaba vacía. El primer banco —⁠el de la cabeza de la casa, el de Marta Vránský⁠— tenía sobre el reposabrazos una hoja de papel.

Una sola hoja. El reconocimiento administrativo.

No había dibujo. No había segundo objeto. El hombre se había ahorrado los gestos sentimentales que Sophia, en algún momento durante la conversación, había temido que aparecieran. Eso fue, quizá, la última cortesía de la mañana.

Sophia se acercó.

Cogió la pluma de oca que había junto a la hoja.

Mojó la punta en el tintero pequeño de viaje que el hombre había dejado al lado.

Leyó las tres líneas en checo. La fórmula era como él había descrito: el reconocimiento administrativo de continuidad, sin compromiso ulterior, sin más palabras. Una sola firma con fecha.

Sophia firmó. Sophia Vránský, veinte de noviembre de mil ochocientos ochenta.

Dejó secar la tinta dos minutos.

Salió de la capilla por la puerta principal, no por la lateral.

Vodička, junto al brasero del portón, levantó la vista.

—¿Todo en orden, slečna ?

—Sí, sargento.

—¿Quiere que la acompañe?

—No, gracias. Quiero ir caminando.

Vodička asintió.

Sophia cruzó el portón y bajó la cuesta de Hradčany hacia Malá Strana. La luz era ya plena, sin sol pero sin niebla. Una mañana de otoño tardío del Imperio Austrohúngaro.

Mientras bajaba, pensó en lo que el hombre le había dicho sobre su padre.

Su padre fue un hombre competente, tardío y honorable.

Era más cumplido que cualquier elogio que cualquier conocido de su padre hubiera pronunciado en la ceremonia de su entierro en Viena el dos de octubre de mil ochocientos setenta y nueve.

Aquel día Sophia había tenido veintiún años y había escuchado a tres hombres uniformados decir frases protocolarias que no significaban nada.

La frase que el voivoda le había pronunciado esta mañana a las siete y poco significaba mucho más, y se la había pronunciado un cliente del bufete Schneider & Preuss, no un amigo de la familia.

Sophia decidió, mientras bajaba la cuesta, que aquella era una información que iba a guardar para sí misma.

Las informaciones útiles que vienen de fuentes hostiles no se comparten en la mesa de los aliados. Se guardan para el momento en que el aliado dude, y entonces se sacan, menos para convencer al aliado que para confirmar que ha dudado en el sitio correcto.

Era una lección que su padre le habría enseñado si hubiera tenido tiempo.

En el sitio donde el camino bajaba hacia Ostruhová, el viento del río le levantó un instante el borde del abrigo, y dentro del bolsillo interior se rozaron, sin ruido, los papeles que llevaba allí.

La carta del padre. Dos noches y media de antigüedad. Tres lecturas previas. Una más, esa noche, antes de dormir.

Sophia siguió bajando.

Sin volver la cabeza.