Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 70
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Capítulo 70

Sophia llegó al portón principal cuando la luz era todavía gris y los gendarmes que custodiaban el perímetro eran solo dos hombres aburridos junto a un brasero portátil.

El sargento Vodička era uno de ellos.

La saludó con una inclinación pequeña, sin decir el nombre.

—Diez minutos —⁠dijo Vodička, en voz baja⁠—. La capilla está en pie. El cuerpo principal ardió hasta los cimientos. El ala oeste sigue cerrada por orden del juez. Si entra y sale por la capilla, para mí usted no ha estado aquí.

—Gracias.

Sophia entró por el lateral del portón, pasando junto al brasero. El segundo gendarme —⁠un muchacho de veinte años a quien Vodička había instruido para no levantar la vista⁠— miró el suelo durante los siete segundos que Sophia tardó en cruzar. Después siguió mirando el suelo.

El jardín de la mansión era irreconocible.

La planta principal —⁠que apenas dos noches antes había sido un edificio de tres pisos con cuarenta ventanas iluminadas y la docena escasa de criados que Frederick mantenía⁠— era ahora una estructura calcinada de muros exteriores aún en pie y entrañas de cenizas.

El techo había caído entero. Las vigas maestras estaban convertidas en troncos negros que sobresalían como costillas de un animal muerto.

El olor era todavía denso a pesar del frío y de la humedad nocturna: agua mezclada con madera quemada y un tercer ingrediente que Sophia identificó sin querer como tela de tapicería.

La capilla familiar estaba a la derecha del cuerpo principal, separada de él por un patio adoquinado de cinco metros que había servido de cortafuego.

Era una construcción gótica del siglo XV, de planta rectangular, con bóveda reforzada por nervaduras y muros de granito de un metro de espesor.

Hechura defensiva más que litúrgica: los Vránský la habían construido con la doble función de capilla privada y de refugio interior cuando la mansión todavía era una propiedad fortificada.

Ningún incendio del cuerpo principal podía haber llegado hasta allí. La piedra era demasiado gruesa.

Sophia se acercó a la puerta de la capilla.

Estaba entreabierta.

Era de roble macizo, con gruesos herrajes, y por lo común se cerraba con dos vueltas de llave.

Sophia se detuvo. Vodička no había mencionado que la capilla estuviera abierta.

Quizá no lo sabía. La puerta se abría hacia dentro y desde el ángulo del portón principal, donde Vodička estaba, no era visible.

Sophia se quedó delante de la puerta.

Después la empujó.

Entró.

La capilla por dentro estaba en penumbra fría.

Las ventanas altas, dos a cada lado, dejaban entrar la luz gris del amanecer en cuatro franjas oblicuas que no llegaban al fondo.

El altar pequeño seguía en su sitio, pero la cruz que lo había coronado estaba partida: el madero vertical tronchado a media altura, el travesaño caído de lado, todo bajo una costra de polvo.

El sagrario, detrás, había sido abierto y vaciado.

Los seis bancos de madera oscura, tres a cada lado, estaban en su sitio.

La pila de agua bendita junto a la puerta, en piedra vieja con un ángel desgastado, estaba seca.

En el banco delantero del lado izquierdo —⁠el que la familia Vránský reservaba para la cabeza de la casa, cuando aún la tenía⁠— había un hombre sentado.

De espaldas.

Sophia se quedó inmóvil cinco segundos.

El hombre no se giró.

Vestía un abrigo largo oscuro, sin sombrero, con el pelo gris peinado hacia atrás.

Las manos, entrelazadas sobre el respaldo del propio banco, no se movían.

Nada en él se movía. No era la quietud del que espera: era la de algo que no necesita acompasar su respiración a la de los vivos, y que lleva esperando tanto tiempo que el tiempo ha dejado de pesarle.

El vaho del aliento de Sophia se deshacía en el aire frío a cada exhalación.

Delante de él no había vaho ninguno. En la capilla hacía frío. Más cerca de él, más.

Sophia avanzó dos pasos.

El hombre habló entonces, sin volver la cara.

—Buenos días, slečna Vránský.

Hablaba un alemán culto, pero por debajo había algo más viejo y más al este —⁠de las montañas⁠— que las vocales largas no terminaban de esconder: un acento de otro siglo.

La voz era tranquila, baja. Sophia la reconoció en el primer segundo: la había oído una sola vez, tres días antes, en el salón de la mansión.

La misma cadencia grave y lenta que hacía que cada frase llegara entera, con su peso exacto. No era una voz que se olvidara.

Sophia avanzó tres pasos más.

Se detuvo a la altura del segundo banco, quince pasos detrás del hombre. Lo justo para hablar sin alzar la voz y para tener entre ellos suficiente espacio físico para no medirlo en términos militares.

—Buenos días —⁠dijo Sophia, también en alemán.

—Va a sentarse, supongo.

—Voy a quedarme de pie.

—Como prefiera.

El hombre seguía sin volverse. Se había permitido un gesto pequeño con la mano derecha al hablar, una flexión del índice contra el pulgar, casi imperceptible, que Sophia interpretó como un movimiento de quien está terminando una operación interna que no quiere interrumpir antes de tiempo. Después la mano volvió a la quietud.

—Hace dos noches quemamos su depósito —⁠dijo Sophia⁠—. Hasta la última caja.

—Lo sé.

—No parece importarle.

El hombre tardó. Y cuando habló, lo peor fue que lo dijera sin un solo gramo de rencor.

—Llevo cuatrocientos treinta y ocho años firmando contratos en este continente.

He tenido depósitos en ciudades cuyo nombre usted no sabría pronunciar, y los he visto arder, y he levantado otros.

Lo de la otra noche me costará una década reponerlo.

—⁠Una pausa⁠—. Para usted, una década es media juventud.

Para mí es lo que tarda en cambiar una estación.

No la odio. A nadie se le ocurre odiar al granizo que le echa a perder la cosecha. Se vuelve a sembrar.

—Pensaba que ya estaba en Bistritz —⁠dijo Sophia.

—Es lo que mi carruaje pretendía sugerir.

—¿No iba en el carruaje?

—Iba lo suficiente de mí en el carruaje para que lo creyera quien tenía que creerlo. La parte que no iba se quedó aquí.

—Por qué.

El hombre tardó en responder.

—Porque el contrato no admite que la parte humana se renueve sin firma —⁠dijo⁠—. Cuando un titular muere, el siguiente no se nombra en un registro: se reconoce estando presente. Tenía que verla con mis propios ojos. No por afecto. —⁠Hizo una pausa muy breve⁠—. Yo no hago nada por afecto.

—Mi tío estaba vivo todavía hace treinta horas.

—Su tío llevaba muriéndose desde octubre.

La noche del dieciocho dejó de servir, y cuando un Vránský deja de servir, el contrato busca al siguiente de su sangre.

La siguiente es usted: la hija única del último varón.

El acta se escribió para hombres, pero quienes la escribieron previeron que algún día no quedara ninguno, y lo dejaron dicho en una sola línea de latín, slečna .

La fórmula es primogenitus aut filia unica heredum .

La tradujo un notario de mil cuatrocientos cuarenta y dos al alemán cancilleresco con la frase: primogénito o hija única en defecto de él .

Usted es ese defecto. Y me da igual por qué puerta entre en el contrato: me basta con que alguien la ocupe. La sangre no distingue. Yo tampoco.

Sophia mantuvo la voz neutra.

—Entonces vino a verificar mi presencia.

—Vine a verificar dos cosas. La primera, que existe usted.

La segunda, si está dispuesta a firmar que el contrato es ahora suyo.

Sin esa firma, los míos se pelearán entre ellos durante años por un contrato sin dueño.

Y cuando los míos se pelean, arden cosas.

A veces, ciudades enteras. Prefiero que esta no arda.

—¿Qué tipo de reconocimiento?

—Su firma en un papel que voy a dejar sobre el banco delantero antes de marcharme.

Tres líneas. En checo, no en latín. Dice que el contrato de mil cuatrocientos cuarenta y dos pasa a usted desde que su tío dejó de servir.

Sin más palabras. Sin compromiso ulterior.

Una vez firmado, lo recoge un intermediario que pasará por la sacristía de San Nicolás dentro de tres días.

Si no firma, no pasa nada de inmediato, pero las próximas dos generaciones de su familia van a tener que defender la herencia con métodos cada vez menos administrativos.

—¿Y por qué le interesa a usted que yo firme, si firmando me convierto en contraparte que puede actuar contra usted?

—Lo habrá deducido su sacerdote, si leyó bien el acta: sin una contraparte humana viva, mi derecho se queda sin nada a lo que agarrarse.

Volver a levantarlo exigiría rehacerlo desde cero, con notario y testigos, a plena luz.

Eso no me conviene. Una contraparte que firma, aunque me odie, vale más que ninguna.

Hace cuatro siglos un hombre me lo dejó por escrito. Le heredé la prudencia.

Sophia procesó.

—¿Eso es todo?

—La parte contractual, sí.

—Hay otra parte.

El hombre tardó un momento.

—Hay un comentario —⁠dijo, con un tono distinto, más bajo⁠—.

No es una petición. Es información que le voy a dar gratis.

Su padre, Andrej Vránský, viajó a Bistritz tres veces entre mil ochocientos setenta y ocho y mil ochocientos setenta y nueve.

Visitó despachos del aparato. Dijo que era administrador hereditario y solicitó acceso a archivos del contrato.

Le concedieron acceso. Lo que sus investigadores no detectaron, y lo que mis informes sí detectaron a finales de septiembre del setenta y nueve, es que su padre no era un administrador conformista revisando rutinas.

Era un infiltrado con sangre alterada por dosificación voluntaria.

Sophia no movió la cara.

—¿Lo descubrió usted?