Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 69 #3
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Capítulo 69 #3

Eichenberg tardó casi un minuto entero. Cuando habló, la voz le había bajado otro grado.

—Reichl tenía un nombre.

—¿Qué nombre?

—El nombre del sucesor designado por el Conde para reemplazar a Frederick Vránský como Centinela cuando Frederick muriera.

Erik se quedó inmóvil.

—¿Hay sucesor?

—Hay candidato. No sucesor. —⁠Tomó aire⁠—.

Uno que el Conde aprobó este mismo año, cuando vio que Frederick se apagaba antes de tiempo y el linaje iba a quedarse sin Centinela.

Lo aprobó antes de que Frederick muriera.

Reichl lo llevaba escrito, en la cartera.

Alguien la registró antes de que yo llegara.

—⁠Bajó la voz⁠—. El nombre no lo sé. Pero sé que existe.

—¿Quién lo sabe?

—Ahora mismo, dos personas. La que lo escribió en un principio, que es el Conde. Y la persona que lo robó de la cartera de Reichl antes de que Reichl muriera, que no soy yo.

—¿Cómo sabe que ese alguien lo robó?

—Porque Reichl, antes de morir, me lo dijo.

Su última frase fue me han quitado el papel .

Yo lo había apuñalado sin entender de qué papel hablaba.

Cuando lo entendí, él ya estaba muerto y yo tenía esto en el costado.

Mientras me arrastraba hacia la salida por el ala oeste, vi a un hombre cruzar el patio en sentido contrario, hacia la calle.

Llevaba en la mano un sobre, del tamaño de una hoja plegada.

—¿Lo reconoció?

—No le vi la cara. Solo la silueta y la manera de caminar. Pero su forma de moverse no era de un hombre del Cuervo, ni del Dragón, ni del Zafiro.

—Era humana.

—Era humana —⁠dijo Eichenberg⁠—. Civil. Local, con toda probabilidad. Un hombre que estaba en la mansión esa noche por motivos suyos y que se llevó el papel por reflejo, sin saber lo que era, y que si todavía lo tiene no sabe que lo tiene.

Erik recordó.

El sargento Vodička, que había venido a la sacristía. El que entregó los tres objetos a Sophia. El que dijo, al irse, que el cajón del escritorio estaba forzado pero que el clavo estaba intacto.

Esa había sido la gran asunción de la mañana. Que el papel del clavo se lo había llevado Sophia antes que nadie.

Pero el cajón sí había sido forzado. Por alguien.

Y, según Eichenberg, alguien más había salido del ala oeste con un sobre del tamaño de una hoja plegada, arrancado a Reichl antes de que muriera.

No era la carta del padre de Sophia. Esa la tenía ella, de manos de Frederick. Ese sobre se lo había quitado a Reichl otra persona que buscaba otra cosa y se la llevó.

El nombre del candidato sucesor de Frederick.

Erik no se lo dijo a Eichenberg. Le ajustó el vendaje. Le indicó que iba a darle un sedante para que durmiera. Buscó en el maletín una dosis pequeña de bromuro. Se lo dio en una cucharada de agua. Lo aceptó sin desconfianza.

A los tres minutos estaba dormido.

Erik se sentó en la silla del salón, frente al sofá donde el intermediario del Cuervo respiraba ahora con regularidad de paciente convaleciente. Se quedó mirándolo durante diez minutos sin moverse.

Después fue al despacho. Cogió la pluma. Empezó a escribir.

Para Sophia. Urgente: hay un sobre que salió de su estudio anoche en manos de un tercero que no era ni nosotros ni Reichl.

El sobre contenía el nombre de quien debe sucederle a Frederick como Centinela.

El tercero es civil, quizá local, y puede que siga vivo.

Lo necesitamos antes de que el Conde lo sepa.

Lo necesitamos antes de que la facción Auditora lo sepa.

Lo necesitamos antes de que el papel salga de Praga.

Erik.

Lacró el sobre con su sello personal —⁠no el profesional⁠— y bajó al rellano. Llamó a la portería de Lebeda y le pidió que llevara el sobre a la sacristía de San Nicolás antes del atardecer, en mano, sin pasar por nadie más.

El portero lo miró un momento.

—Doctor —⁠dijo, con la voz muy baja⁠—. ¿Hay alguien arriba con usted?

Erik no mintió.

—Sí.

—¿Necesita usted algo más?

—Aún no.

—Avíseme si lo necesita.

Lebeda cogió el sobre. Se puso el gabán. Salió a la calle.

Erik volvió al piso. Cerró la puerta. Se sentó otra vez en la silla del salón, frente al hombre dormido, y siguió leyendo el expediente de Franz Kovaljuk a la luz del cuaderno y de la pena.

El hombre no podía quedarse allí. Erik lo tenía calculado desde la una: en cuanto el bromuro cediera lo suficiente para que se sostuviera de pie, lo bajaría por la escalera de servicio y lo pondría en el tren de las nueve y media a Dresde, con dinero para dos semanas y sin una sola dirección encima.

Lo que hiciera después con su vida no era asunto suyo.

Lo que no iba a hacer era entregárselo a nadie.

A las cuatro y cuarto, mientras releía las notas del sobre de De Vargas sobre los Pazurnyk de Teresva, sonó por debajo de su mano un cambio mínimo en la respiración del hombre dormido. Erik levantó la vista.

Eichenberg seguía durmiendo.

Pero entre los labios entreabiertos había aparecido una palabra que el bromuro no debería haberle permitido pronunciar todavía. Una sola, muy baja, en alemán.

— Bistritz.