Capítulo 69 #2
—¿Sabe Schneider lo de Bistritz?
Brandauer levantó las cejas un grado, con el gesto mínimo de un socio joven que recibe información que no esperaba.
—No me dijo nada de Bistritz. Pero si ella va a ir, supongo que él lo va a saber dentro de una semana. Yo se lo voy a decir cuando vuelva con la libreta.
—Dígaselo. Y dígale, además, que el solicitor inglés Hawkins de Exeter ha recibido por dos vías una consulta catastral preventiva sobre una propiedad en Purfleet.
La consulta lleva mi firma y el sello del bufete.
La envié anoche. Si Schneider tiene intención de actuar a través de Inglaterra, ese es el canal limpio.
Si Müller lo descubre, la consulta queda comprometida.
—Lo apunto.
—No lo apunte. Memorícelo.
—Lo memorizo.
Karl se levantó. Pagó el café con dos coronas, se puso el abrigo, y le tendió la mano a Brandauer.
—Sigmund.
—Wagner.
—La próxima vez que nos veamos, uno de los dos ya no será el mismo. Recuérdelo.
—Lo recuerdo.
Karl salió al frío de Ferdinandova y caminó hacia el este, hacia el Hotel Saxe, sin dejar de pensar en la frase que Schneider había dicho hace veintidós años cuando aceptó como cliente al llamado Praetor en la primavera del cincuenta y ocho.
Karl no estaba presente entonces. Pero la frase la había leído, en un acta abreviada del bufete que Müller archivó hace dieciséis años en la sección de antecedentes.
Aceptamos al cliente Praetor con reserva mental.
Schneider había escrito con reserva mental en el acta de aceptación.
Era una expresión jurídica medieval, casi extinta en mil ochocientos cincuenta y ocho, que significaba que el firmante registraba en la propia firma una intención contraria a la que el contrato dejaba constar.
Karl la había leído en su momento sin prestarle atención.
Müller se la había hecho leer junto con otros antecedentes ordinarios cuando Karl tomó posesión como socio, y Karl, al ver la fórmula extraña, había supuesto que era un capricho retórico del fundador.
No era un capricho.
Era una declaración.
Schneider, en mil ochocientos cincuenta y ocho, había aceptado a Praetor sabiendo que Praetor era lo que era, y había firmado con reserva mental porque ya entonces estaba planificando, en algún horizonte muy lejano de su carrera, el momento en que iba a anular ese mismo contrato desde dentro.
Veintidós años después, el viejo lo estaba haciendo.
Y le había escogido a él.
* * *
CALLE DLOUHÁ — CIUDAD VIEJA. 19 de noviembre de 1880. 14:30 h.
Erik estaba leyendo el expediente de Franz cuando llamaron a la puerta.
No era la llamada del portero Lebeda, que tenía una cadencia identificable.
Tampoco la del inspector Beneš, que había sonado por la mañana con la deferencia gruesa de los inspectores en operación.
Era una llamada distinta: tres golpes muy espaciados, débiles, con la percusión irregular del que tiene que apoyarse en la pared del rellano para mantenerse en pie.
Erik fue a la puerta.
No abrió. Habló a través de la madera.
—¿Quién?
Nadie respondió enseguida. Después, una voz masculina, muy baja, en un alemán con acento que Erik no reconoció:
—Médico.
—Estoy ocupado.
—Soy yo el que necesita médico.
—¿Tiene cita?
—No tengo cita. Tengo una herida abierta en el costado izquierdo. Sangro desde anoche. Si no me atiende usted, voy a desangrarme en su rellano.
Erik miró por la mirilla.
Vio a un hombre joven, de unos treinta años, apoyado contra la pared del descansillo con la mano derecha apretada contra el costado izquierdo.
La camisa de la mano —quizá la suya— estaba empapada de un color marrón oscuro que era sangre seca con bordes todavía rojos.
La cara del hombre era pálida, con la palidez específica de la pérdida hemática lenta durante diez o doce horas.
Llevaba ropa de calle de buena calidad, pero arrugada, sin abrigo.
El sombrero estaba en el suelo a su lado.
Erik abrió.
—Pase.
El hombre entró y cayó en el sofá del salón con el peso muerto de un cuerpo que ha estado posponiendo el desplome desde el amanecer.
Erik cerró la puerta con la pierna —tenía las dos manos ya ocupadas— y fue al despacho a por el maletín médico que guardaba en el armario para visitas domiciliarias.
Volvió al salón.
—Quítese la chaqueta.
El hombre intentó. Las manos no respondieron.
Erik se la quitó por él. Después la camisa, cortándola con tijeras de cirujano por la costura del costado para no mover demasiado el tronco.
Debajo apareció una herida punzocortante de unos tres centímetros, entre la sexta y séptima costilla, lateral.
Profunda. No alcanzaba pulmón porque el hombre respiraba sin ruido húmedo, pero había seccionado vasos intercostales y había estado sangrando a un ritmo controlado pero continuo durante muchas horas.
Compatible con un corte de cuchilla muy fina, acaso bayoneta corta o estilete.
Erik buscó pulso. Débil pero estable.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Anoche. Dos y veinte.
—¿Dónde?
El hombre lo miró.
—Hradčany.
Erik sostuvo el algodón con alcohol al noventa y seis sobre la herida durante seis segundos sin moverlo, sin hacer presión, dejando que el hombre asimilara el dolor de la limpieza. El hombre apretó los dientes. No gritó.
—¿Quién le hizo esto? —preguntó Erik, sin apartar el algodón.
—Un colega.
—¿Colega de qué profesión?
El hombre tardó.
—La misma que la mía.
Erik retiró el algodón. Cogió el frasco de yodo. Aplicó dos pinceladas. El hombre apretó los puños sobre las rodillas. La sangre seca se desprendió por los bordes y empezó a sangrar de nuevo, más despacio.
—¿Su nombre? —preguntó Erik, más por costumbre que por curiosidad.
—Eichenberg. Theodor Eichenberg. De Brno, de nacimiento. Aunque ahora trabajo más en Viena.
—¿Su profesión, señor Eichenberg?
—La que también es la del hombre que me apuñaló anoche. Ya se lo he dicho.
—Sea más explícito.
Eichenberg lo miró con una calma que el dolor no había conseguido borrar del todo.
—Linaje del Cuervo —dijo—. Soy su intermediario.
El que me apuñaló era del Dragón. Aloys Reichl.
Lo maté yo después, pero no antes de que él me hiciera esto.
Fue una operación de captura cruzada. Reichl tenía algo que mi facción quería.
Yo tenía algo que él quería. Ninguno de los dos consiguió lo que buscaba.
Él está muerto. Yo estoy vivo, por ahora.
Erik mantuvo el yodo a media aplicación. Pasaron tres segundos largos.
—Continúe —dijo, después.
—Vine a usted porque los míos no pueden recogerme.
—Tragó saliva antes de seguir—. Praga está cerrada para nosotros desde anoche, por lo que hicieron ustedes en la mansión Vránský.
Los Auditores nos han cerrado las salidas tres días.
Oficialmente, para no estorbar en el cierre del caso Reichl.
En realidad, por habernos movido sin avisar.
—La pausa le costó más que las palabras—.
Tengo que aguantar aquí hasta que vengan a por mí.
Necesitaba un médico que no fuera ni de los suyos ni de los nuestros.
—¿Por qué yo?
Eichenberg sonrió apenas. Le costó.
—Porque usted es el único médico de la ciudad al que ninguno de los dos bandos puede tocar.
Los míos no pueden usar su casa como dirección; los Auditores no pueden vigilarla sin pedir permiso.
Lo encontraron nuestros archivos hace seis horas.
—Respiró—. Llevo en la calle desde las once, esperando a que se fuera el inspector Beneš.
Subí cuando Lebeda terminó de barrer el zaguán.
Erik terminó la limpieza. Sacó hilo de seda número dos y la aguja recta.
Le hizo seis puntos en la herida con la velocidad sin lujo de los cirujanos militares de la guerra francoprusiana, que es el ritmo que Erik había aprendido en sus dos años de hospital de campaña antes de instalarse en Praga. Cerró. Aplicó vendaje compresivo.
Eichenberg se permitió cerrar los ojos durante el último de los seis puntos. No del todo. Una rendija.
Erik le ofreció agua. Bebió.
—Eichenberg —dijo Erik—. Va a quedarse en el sofá hasta esta noche. Si todo va bien, va a dormir aquí también. Mañana decidiremos qué hacer.
—De acuerdo.
—Antes de dormir, quiero que me cuente una cosa.
—Lo que pueda.
—Lo que Reichl tenía y usted quería. Ya sé lo que usted tenía y él quería: la libreta. Yo ahora la tengo.
Eichenberg abrió los ojos del todo.
—¿Usted la tiene?
—Yo no. Una compañera.
—Bien.
—Lo que Reichl tenía. ¿Qué era?