Capítulo 69
Sigmund Brandauer era más bajo de lo que Karl recordaba.
Estaba sentado en una mesa de la ventana sur del café del palacio Lažanský, la que daba al Moldava y al Teatro Nacional en obras al otro lado del río, con un vaso de agua mineral por terminar y un sombrero de fieltro gris en la silla de al lado.
Llevaba un traje de viaje gris oscuro algo arrugado por la noche en tren, un cuello duro impecable, y una corbata de seda azul oscuro con un alfiler de plata sin escudo.
La barba recortada, los ojos azules detrás de gafas redondas.
Nada en él destacaba a primera vista. Era la apariencia profesional que un socio joven de Schneider Karl esperó a que se fuera.
—Sigmund —dijo, en alemán con la voz baja del bufete—. Me ha encontrado deprisa. ¿Quién le mandó?
Brandauer no parpadeó.
—Schneider —dijo.
—¿Cuál?
—El viejo.
Karl se detuvo un segundo. Cogió la cucharilla. Removió el café que no había azucarado.
—Hubertus Schneider le mandó en persona.
—Me citó en su casa de Charlottenburg ayer a las cuatro de la tarde.
Me recibió en el despacho de la planta alta.
Me dijo cuatro frases. Después me pagó el billete del tren con dinero de su propio bolsillo, en metálico, sin recibo.
Antes de marcharme yo, me confirmó algo que voy a transmitirle ahora textualmente porque me lo aprendí en el tren y porque no quiero dejarlo en ningún papel.
—Adelante.
Brandauer bajó aún más la voz.
— Diga a Wagner que el contrato Praetor del cinco de noviembre es nulo desde el origen y que la firma que aparece en él como mía no es mía.
Diga a Wagner que llevo veintidós años esperando a que alguien dentro del bufete se diera cuenta.
Diga a Wagner que el aparato no sabe que ya no firmo, porque he seguido fingiendo.
Diga a Wagner que vuelva a Berlín de inmediato y se presente en mi casa el primer día que llegue, a la hora que sea.
La puerta lateral del jardín. Tres golpes y dos.
Karl no parpadeó tampoco.
Estuvo pesando la frase durante veinte segundos sin moverse. Brandauer lo dejó.
—¿Schneider firmó otra vez ayer en su casa? —preguntó Karl.
—Sí. En mi presencia. Una hoja en blanco.
Para que yo viera la firma original. La firma que yo vi en su casa ayer no se parece a la firma del contrato Praetor del cinco de noviembre.
La diferencia no es de pulso. Es de geometría.
Quien firmó el contrato Praetor sabe imitar la firma de Schneider lo suficiente para engañar a un notario imperial.
No sabe imitarla lo suficiente para engañar a Schneider.
—¿Quién firmó?
Brandauer tardó un segundo.
—Schneider cree que fue Müller —dijo.
—Müller.
—Sí.
Karl sintió que algo se desplazaba en el centro del pecho.
Müller era el archivero principal del bufete.
Llevaba treinta y cuatro años en el despacho.
Era el hombre de confianza de tres generaciones de socios.
Era quien controlaba el flujo de toda la documentación, incluida la cifra criptográfica interna.
Era —Karl lo supo en ese momento sin necesidad de que Brandauer lo dijera— el hombre que había vendido a los intermediarios la cifra de Schneider & Preuss. Llevaba, tal vez, décadas haciéndolo.
—¿Schneider ha actuado? —preguntó Karl.
—No. Schneider quiere que actúe usted. Por eso me ha mandado.
—¿Por qué yo?
—Porque usted es el único socio activo a quien Müller no ha podido leer la correspondencia.
Cuando llegó usted al bufete, en sesenta y cinco, el archivero ya estaba allí.
Le ha leído todas las cartas en quince años.
Pero las de las dos últimas semanas, desde que usted llegó a Praga, no pasaron por la oficina principal: pasaron por la subsede de Hamburgo.
Müller no las vio. Schneider sí, porque conserva acceso pasivo a la correspondencia de Hamburgo desde hace cuarenta años, por una cláusula que el archivero olvidó actualizar.
Lo que leyó allí le confirmó que usted estaba llevando en Praga una operación que Müller no había podido controlar.
Por eso Schneider lo escoge ahora a usted como instrumento.
Es el único socio del bufete con datos limpios sobre Praetor.
Karl cerró los ojos un segundo.
—Sigmund —dijo, abriendo los ojos—. ¿Cómo se metió usted en este lío?
Brandauer sonrió. Breve, una sola vez.
—Schneider me hizo entrar al bufete en setenta y siete contra la opinión de Müller.
Müller me considera un hombre sin importancia desde entonces.
Por eso no me lee. Por eso Schneider me usa para esto.
Yo no soy parte del aparato. No soy parte de las facciones.
Estoy aquí porque Schneider piensa que soy lo bastante anodino para no levantar sospechas. Puede que tenga razón.
—No lo era usted —dijo Karl.
—¿Cómo?
—No era usted anodino. Si fuera usted anodino no le habría asignado yo dos años seguidos como pasante.
Brandauer recibió la frase con una inclinación de cabeza pequeña.
—Eso me lo apunta usted en mi expediente cuando volvamos al despacho —dijo.
Karl bebió el café por primera vez. Estaba frío.
—¿Cuándo me espera Schneider?
—Cuanto antes. El viaje urgente. Dijo: que venga aunque queme la sotana .
Karl reconoció la frase. Schneider la decía siempre que algún cliente intentaba obligarle a comprometer principios profesionales.
Era una expresión luterana de mediados de siglo.
Aunque queme la sotana . Aunque tenga que prender fuego al hábito que lleva, que vaya el hombre desnudo al asunto.
Karl la había oído tres veces en dieciocho años, las tres dirigidas al cliente en cuestión, ninguna a un socio.
Esta era la cuarta.
—Tomo el tren mañana por la noche —dijo Karl—. A las siete y media. ¿Volverá usted conmigo?
—No —dijo Brandauer—. Yo me quedo en Praga unos días.
Schneider me dijo que viniera a verle a usted, que le entregara el mensaje, y que después esperara a que pasara algo que él no quiso especificar pero que iba a pasar.
Cuando pase, me vuelvo a Berlín. Mientras tanto, voy a trabajar como si estuviera de viaje administrativo de revisión ordinaria de los contratos centroeuropeos del bufete.
Esa es la tapadera. Si alguien me pregunta, tengo papeles que la sostienen.
—¿Y qué va a pasar?
—No lo sé. Schneider tampoco. Pero confía en que yo sepa reconocerlo cuando ocurra.
Karl asintió.
Sacó del bolsillo interior la libreta cifrada de Reichl. La abrió por la primera página. La giró hacia Brandauer.
—¿Reconoce esto?
Brandauer miró la página tres segundos.
—Es la cifra que Müller le pasó a Reichl. Sí.
—¿Cómo lo sabe sin descifrarla?
—Por la disposición de las columnas. Müller usa siempre el mismo modelo de columnas en las correspondencias que prepara para los archivos de fuera del despacho.
Es su rúbrica involuntaria. La cifra real que use luego puede ser una variante u otra, pero la disposición es siempre la suya.
Schneider me hizo memorizar la disposición ayer por la tarde.
—¿Puede descifrarla?
—No yo solo. Schneider sí. Si me lleva la libreta a Berlín, Schneider me dará tres días en su despacho para descifrarla con él al lado.
Karl cerró la libreta. La devolvió al bolsillo interior.
—Sigmund.
—¿Sí?
—La libreta no la voy a llevar yo a Berlín. La va a llevar usted dentro de una semana cuando vuelva de eso que está esperando. Yo no puedo cargar con la libreta en el tren. Si la llevo encima y me detienen, perdemos veintidós años de evidencia.
—¿Quién va a detenerle?
—Müller, si se entera de que estoy yendo a Berlín antes que él.
Y se va a enterar mañana por la mañana cuando le llegue al despacho la solicitud rutinaria de billete que voy a firmar dentro de tres horas.
Müller tiene gente en la estación Anhalter de Berlín.
No voy a llegar al hotel sin haber sido visto.
—¿Y Schneider?
—Schneider va a estar avisado por usted antes que nadie. Llegaré a su casa a media noche por la puerta lateral del jardín. Tres golpes y dos.
—De acuerdo.
Karl miró por la ventana hacia el río. El Moldava bajaba más turbio que el día anterior, con la corriente cargada de las primeras nieves diluidas que habían empezado a caer por el sur. En la otra orilla, el Teatro Nacional reflejaba su silueta gris en el agua.
—Una cosa más —dijo Karl—. Sophia Vránský.
Brandauer no movió la cara.
—Sí.
—¿Schneider la nombró?
—La nombró.
—¿Qué dijo?
Brandauer tardó en responder.
—Dijo: la heredera Vránský es la pieza que el aparato no esperaba sobreviviera tantos años, y la única razón por la que ha sobrevivido es porque su padre fue más astuto que nosotros. Wagner debe protegerla por encima de cualquier otra cosa .
Karl recibió la frase en silencio.
—¿Le dio Schneider instrucciones operativas sobre ella?
—No de forma expresa. Pero me dejó claro que él considera la operación que Sophia Vránský vaya a hacer en las próximas semanas como la operación principal a la que todas las demás están subordinadas. La suya, la de usted, la de Schneider mismo. Todo lo demás es protección de su perímetro.