Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 68 #3
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Capítulo 68 #3

—La consulta a Hawkins. Y lo que Hawkins haga con ella en los meses o años siguientes. Más lo que su socio Schneider decida hacer en Berlín una vez Brandauer le devuelva la libreta cifrada. Tres líneas de acción simultáneas. Bistritz, Berlín, Exeter. Cada uno de nosotros tres tiene una.

Erik miró a Karl. Karl miró a Sophia.

—¿Quién va a Bistritz, además de usted? —⁠preguntó Karl.

—La escolta auditora. Pagada por de Vargas.

Y, si quiere, Erik. A Erik le daría cobertura científica que el aparato no podría descalificar.

Un médico observando un cementerio bohemio para fines de investigación clínica es una figura aceptada por los notarios imperiales del este.

La escolta auditora le da cobertura administrativa.

Yo soy la heredera Vránský. Los tres roles encajan en una expedición plausible.

Erik tardó en responder.

—Voy.

—Bien.

Karl cerró el cuaderno.

—Yo a Berlín. Mañana noche. Schneider me espera.

La libreta de Reichl la lleva Brandauer cuando vuelva de eso que está esperando aquí en Praga.

Si todo sale bien, Schneider y yo descifraremos la cifra del bufete en tres días y descubriremos quién dentro de Schneider lo hacía para fijarla en un orden de memoria que iba a necesitar en las próximas semanas.

Cuando terminó, la dobló. La metió en el bolsillo interior del abrigo, junto a la otra que ya llevaba allí. Dos cartas ahora.

Cogió el sobre que había escrito esa madrugada al hombre que firmó el contrato de mil cuatrocientos cuarenta y dos.

La sopesó un momento. Después la rompió en cuatro pedazos y los echó en el brasero apagado, donde no ardieron porque no había rescoldo, pero donde quedaron lo bastante mezclados con la ceniza fría como para que ningún ojo casual los pudiera leer.

Aquella carta se la había escrito al voivoda como si fuera una contraparte.

No lo era, y la carta de su padre —⁠que ya había leído esa misma madrugada, antes de coger la pluma⁠— se lo decía con todas las letras; solo que entonces ella había preferido no oírlo.

El voivoda era el cliente de un contrato administrativo de cuatrocientos años, y Sophia no era contraparte: era ejecutora del legado de un hombre que había sido más valiente en sus dos últimos años que en los cincuenta y ocho anteriores.

Dirigirse al voivoda como a un igual con quien negociar había sido un error de juventud que ahora, releída la carta por cuarta vez y memorizada ya en parte, reconocía y se disponía a enmendar.

Sophia se puso el abrigo.

Cogió la llave del armario litúrgico —⁠la del cajón donde Gabriel había dejado el De Daemonibus — y la del cajón inferior de Frederick, que llevaba en el otro bolsillo desde el muelle cuatro.

Miró el libro de 1588 una última vez. No lo abrió.

No iba a anotar nada en sus márgenes. El libro era de Gabriel y había seguido siendo de Gabriel después de que Gabriel se fuera.

Sophia no iba a apropiárselo escribiendo en él.

Si necesitaba consultar pasajes, lo haría con una traducción que pediría a Vilém Kučera de Viena, el filólogo que en realidad era otra cosa, y que su padre había nombrado con tanta precisión en la posdata que Sophia sospechaba que Kučera había sabido también, todos estos años, lo que se le venía encima.

Cerró el armario.

Salió de la sacristía a pie, sin abrigarse demasiado, en dirección al estudio del contable de su padre, un hombre discreto que había llevado las cuentas de la familia durante quince años y vivía a tres calles de la sacristía.

Necesitaba abrir tres cuentas bancarias separadas en un banco de la ciudad, distribuir los fondos del padre en las tres, y dejar instrucciones para que dos de las tres siguieran activas si la tercera era cancelada.

Era el tipo de trabajo administrativo del que dependía un viaje a Bistritz.

Sophia llevaba su propia tinta y los papeles de su padre.

Tenía cinco semanas.