Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 68 #2
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Capítulo 68 #2

La segunda cosa que encontré: en el pueblo de Bistritz, en el cementerio de la iglesia de San Nicolás, está enterrado el acta original del contrato de mil cuatrocientos cuarenta y dos.

No está en el castillo del voivoda. No está en sus despachos.

Está en el cementerio del pueblo, bajo la lápida de un notario imperial llamado Albrecht Pichler, fallecido en mil cuatrocientos cincuenta y uno y enterrado allí por orden del emperador en el mismo lugar donde había firmado el contrato nueve años antes.

La tumba ha sido custodiada por el aparato durante cuatro siglos, vigilada de lejos pero no abierta nunca.

El propio voivoda no ha vuelto a tocar el acta desde el día de la firma.

La razón es jurídica, no mística: bajo derecho canónico imperial, una vez extraída del lugar de su firma, el acta pierde fuerza vinculante.

El contrato se renegocia obligatoriamente.

Si tú extraes el acta, el voivoda queda obligado, en el plano administrativo en que él se mueve, a presentarse ante un notario imperial vivo y firmar nuevas cláusulas.

Las nuevas cláusulas las puedes plantear tú con el respaldo de un solicitor de mi confianza en Berlín. Su nombre lo escribo al final.

La tercera cosa, Sophia, es la más difícil de aceptar y la voy a decir aunque no me gusta decirla.

Me pesa más que las otras dos. La tercera cosa es que tu tío Frederick lleva tres años custodiando el depósito en estado de degradación lenta.

No por culpa suya. Por exposición continuada.

La cantidad de sustancia que él ha absorbido sin saberlo a lo largo de cuatro décadas equivale más o menos a diez veces la que yo tomé voluntariamente.

La diferencia es que su absorción ha sido pasiva y por eso lo ha sometido al sistema en vez de inmunizarlo contra él.

Frederick es un Centinela en el sentido técnico que el aparato usa: un hombre cuya conciencia individual va a ser poco a poco sustituida por la del depósito.

El proceso terminará entre noviembre de mil ochocientos ochenta y la primavera de mil ochocientos ochenta y uno.

Calculo que para entonces Frederick será ya casi irrecuperable.

No es culpa suya. Tampoco es culpa mía. Es la consecuencia de cuatro siglos de pasividad que hoy paga él.

Si llegas a tiempo, se le puede ahorrar la fase final. Si no, no.

Eso es todo lo que sé.

No te pido que vayas a Bistritz. Te informo de que está allí lo que está allí. Si decides ir, tendrás durante el viaje y después de él la herencia administrativa que yo te dejo, los recursos para pagar la operación, y la ayuda silenciosa de los Auditores siempre que actúes con cuidado.

Si decides no ir, también está bien. Una vida en Praga, lejos del aparato, sería la elección que tu madre habría querido para ti. Respeto cualquiera de las dos.

Pero tú tienes derecho a saber, y por eso escribo esta carta y la guardo donde la guardo, para que Frederick te la entregue cuando él mismo entienda que su capacidad de juicio ha empezado a fallar.

Confío en que él tendrá la lucidez suficiente, en algún momento del próximo año, para reconocer ese punto y ponerla en tus manos.

Si no la pone, la encontrarás tú porque te diré dónde está en otra carta más breve que dejaré con el mayordomo de Viena cuando muera. La encontrarás de un modo o de otro.

Te quiero, hija. Tu padre fue un hombre menos valiente de lo que habría querido ser durante cincuenta y ocho años. En los dos últimos hizo lo que pudo. Espero que te baste como herencia.

Andrej Vránský. Catorce de septiembre de mil ochocientos setenta y nueve.

P.D. La dirección del médico de Viena: Vilém Kučera, departamento de filología comparada, Universidad de Viena.

Lo que necesitamos no es un médico. Es un filólogo.

Lo escribí mal arriba. Él te explicará la dosis y los efectos, porque él me la calculó a mí, aunque su oficio público sea otro.

Pídele referencias del solicitor de Berlín cuando lo veas.

La dirección del solicitor: Hubertus Schneider, calle Linden 14, Charlottenburg, Berlín. No el bufete. La casa. Él entiende. Lleva esperándome desde mil ochocientos sesenta y dos.

La dirección del médico español: Doctor Álvaro de Vargas y Mendoza, Karlovo náměstí 17, Praga. Llega antes que él al edificio si puedes. Si no, déjate citar. Los Auditores no son aliados sentimentales. Son aliados operativos. La diferencia importa.

Sophia dobló la carta.

Se quedó un momento sin moverse.

Después la guardó en el bolsillo interior del abrigo, junto a la otra que llevaba allí desde la madrugada, y se levantó.

Andrej Vránský había hecho lo que un padre del siglo XIX podía hacer en sus circunstancias. Había investigado. Había calculado. Había puesto su propio cuerpo como instrumento. Había dejado a su hija una hoja de ruta y la libertad de no seguirla. No había exigido nada: había informado.

Era una carta de hombre.

Sophia la había leído tres veces y sabía ya que la cuarta no iba a hacer falta.

Llamaron a la puerta de la sacristía a las doce y cuarto.

Sophia se levantó. Fue a la puerta. Escuchó.

—Sacristía —⁠dijo una voz, en alemán, baja⁠—. Wagner. Y Schwartz.

Sophia abrió.

Karl entró primero, con el abrigo ya seco y una bolsa pequeña en la mano. Erik detrás, más pálido que en la mañana, con el pelo despeinado por el viento del puente y una carpeta delgada visible bajo el brazo izquierdo, dentro del abrigo abierto.

—¿Y Gabriel? —⁠preguntó Sophia.

—Salió esta mañana —⁠dijo Karl⁠—. En el tren de las once y cuarenta hacia Olomouc. No le esperamos.

Sophia asintió. Cerró la puerta detrás de los dos.

—Tengo cosas que contarles.

—Y nosotros —⁠dijo Erik.

Karl miró la mesa. La carta abierta del padre, los objetos del bulto del estudio, la miniatura de la madre. Lo entendió en cuatro segundos.

—¿La carta de su padre?

—Sí.

—¿Entera?

—Tres veces. Es buena.

Erik dejó la carpeta sobre la mesa, junto a los otros papeles. La carpeta no tenía membrete exterior. Solo unas iniciales pequeñas en el ángulo superior derecho: F. K.

Sophia las miró.

—¿F. K.?

—Franz Kovaljuk —⁠dijo Erik⁠—. Mi ayudante.

La carpeta es el expediente que un señor llamado de Vargas, médico español de la Ciudad Nueva, tenía sobre Franz desde el setenta y cinco.

De Vargas pertenece a la cuarta facción.

La auditora. La que vigila a las otras tres.

El inspector Beneš también. Esto va a costarnos un rato.

Sophia se sentó. Karl también.

—De Vargas está en la carta de mi padre —⁠dijo Sophia.

Erik levantó la vista.

—¿Cómo?

—Mi padre se infectó a conciencia en mil ochocientos setenta y ocho.

Una pizca de la sustancia, calculada por un filólogo de Viena que en realidad no es filólogo.

Estuvo dos años infiltrado en el aparato como administrador hereditario.

Visitó Bistritz tres veces. Cracovia dos.

Budapest una. Sacó información que solo podía sacarse desde dentro.

Identificó las cuatro facciones, la ubicación del acta original y la condición administrativa de mi tío.

Murió en septiembre del setenta y nueve, demasiado pronto, según sus propios cálculos.

Su carta es un informe operativo. La he leído tres veces esta mañana.

Karl dejó el abrigo en el respaldo de la silla. Erik se apoyó en la mesa.

—Empiece usted —⁠dijo Sophia, a Erik.

Erik habló durante veintidós minutos.

Cuando terminó, Karl había escrito dos páginas nuevas en su cuaderno y Sophia había olvidado el frío del brasero apagado.

Karl pasó después. Le contó la conversación matinal en el café del palacio Lažanský con Sigmund Brandauer, el mensaje de Schneider, la implicación de Müller el archivero, y la decisión de Karl de tomar el tren a Berlín al día siguiente.

Sophia escuchó.

Cuando Karl terminó, los dos hombres la miraron.

Sophia se inclinó hacia adelante. Apoyó las manos abiertas sobre la mesa.

—Voy a viajar —⁠dijo⁠—. A Bistritz. Lo pidió mi padre y voy a hacerlo.

No por línea genealógica ni por destino familiar.

Por instrucción explícita. Mi padre dejó dos años de trabajo invertido en preparar esa operación y murió antes de poder ejecutarla.

La decisión de cumplirla es mía. Si no la cumpliera, mi padre habría trabajado para nada, y eso es algo que yo no voy a permitir mientras pueda evitarlo.

Erik la miró un momento.

—¿Sola?

—Con escolta auditora. Es lo que mi padre indicó.

De Vargas le ofreció a usted protección operativa esta mañana, Erik.

La pieza que él quiere a cambio es información sobre la operación de anoche.

Le vamos a dar parte. La parte que no comprometa lo que sabemos del solicitor de Berlín y lo que sabemos del solicitor de Exeter.

A cambio, le pedimos escolta hasta Bistritz y vuelta. Una sola operación. Después, fin.

Karl asintió.

—Y la operación es la extracción del acta de mil cuatrocientos cuarenta y dos.

—Sí. Mi padre identificó dónde: el cementerio de San Nicolás de Bistritz, bajo la lápida de un notario imperial. Y por qué importa: fuera del lugar de su firma, el acta pierde fuerza vinculante. El contrato se renegocia obligatoriamente.

Karl dejó la pluma.

—Eso lo cambia todo.

—Lo cambia mucho. No todo.

—¿Qué no cambia?

—Que el voivoda ya tiene una operación distinta en marcha.

La que ustedes han llamado Purfleet. Esa operación va a continuar aunque el contrato de mil cuatrocientos cuarenta y dos se renegocie, porque el voivoda lleva años preparándola fuera del marco contractual original.

La extracción del acta le obliga a renegociar Praga.

No le obliga a abandonar Inglaterra. Para Inglaterra hay que actuar por otra vía.

—La consulta a Hawkins.