Capítulo 68
Sophia leyó la carta del padre por tercera vez, en voz baja.
Era la primera vez que leía un texto en voz baja desde la muerte de su madre.
La costumbre se le había perdido a los cinco años.
Pero esta carta no aceptaba la lectura silenciosa.
Cada frase exigía pronunciación porque cada frase había sido escrita por un hombre que ya no podía pronunciarlas, y la única manera de honrar al hombre era pronunciar las palabras por él.
La carta tenía dos páginas y media. Letra apretada, tinta marrón, sin tachones. Estaba fechada el catorce de septiembre de mil ochocientos setenta y nueve, quince días antes de la muerte del padre. El brasero estaba apagado y los objetos sobre la mesa en un orden distinto.
Mi querida Sophia:
No te voy a pedir disculpas por lo que voy a contarte.
Cuando termines de leer entenderás por qué la disculpa no procede, y entenderás también por qué he decidido no decírtelo en vida.
Te quería demasiado para verte tomar esta carga delante de mí.
La tomarás detrás de mí, que es la única forma en que un padre se puede permitir ver a su hija cargar con algo así sin intervenir.
Llevo dieciocho meses con la sustancia activa en el cuerpo.
La decisión la tomé en el otoño de mil ochocientos setenta y siete, después de la muerte de tu tía Marie en Bistritz.
La ejecución fue en marzo de mil ochocientos setenta y ocho.
Te explicaré con calma. La familia Vránský —tu familia y la mía— firmó en mil cuatrocientos cuarenta y dos un contrato de custodia con un hombre que entonces se hacía llamar voivoda Vlad de Valaquia y que hoy todavía vive con otros nombres.
La custodia consiste en guardar bajo nuestra propiedad de Hradčany unas cajas de tierra transilvana que el voivoda necesita para fines que no pude entender hasta hace muy poco.
El contrato se transmite de padre a primogénito varón.
Nosotros, los Vránský, somos administradores legales de un depósito ajeno.
No somos sus dueños. No somos sus víctimas.
Somos sus guardianes. Es así desde mil cuatrocientos cuarenta y dos.
Tu tío Frederick lo sabía desde los dieciocho años, cuando mi padre se lo explicó.
Era el primogénito y le correspondía. Yo lo supe a los dieciséis, dos años después que él, porque mi padre tenía la prudencia de no dejar nada en manos de una sola línea sucesoria.
Frederick aceptó la custodia. Yo no la acepté del mismo modo.
Yo me casé con tu madre y me marché a Viena y dejé que Frederick administrara por costumbre familiar, y durante toda mi vida adulta fingí que el contrato no era mío.
Tu madre no supo nunca de él. Te juro por ella, dondequiera que esté, que se lo oculté hasta el día de su muerte por respeto a su salud y por cobardía.
La cobardía pesa más que el respeto, pero cuando los dos coinciden la cobardía se viste de respeto y dura más.
Eso es lo que hice durante los seis años que estuve casado con tu madre.
Sophia se detuvo. Movió la cabeza una vez. Continuó.
Después de su muerte, intenté seguir fingiendo.
Fue más fácil porque ya no había nadie a quien mirar a los ojos.
Tú eras pequeña. Frederick administraba.
Yo no quería saber. Hasta el otoño de mil ochocientos setenta y siete, cuando la tía Marie murió en Bistritz y el cura del pueblo, que yo conocía desde la juventud, me escribió una carta privada describiendo lo que había visto al velar el cadáver.
Cosas que no caben en una carta de despedida ordinaria entre primos.
Cosas que solo pueden describirse en cartas privadas a un familiar lejano, y solo cuando el familiar es lo bastante lejano para no representar peligro y lo bastante cercano para entender. Yo entendí.
La tía Marie no había muerto. Había sido puesta en estado de tránsito. Lo que se enterró aquel día en el cementerio de la iglesia de San Nicolás de Bistritz no era del todo un cadáver. Era el cuerpo de una mujer que el voivoda iba a usar tres años después con otro propósito.
Esa carta del cura me cambió la vida.
Yo había sido durante cincuenta y ocho años un Vránský indiferente.
Un administrador de algo que no quería ver.
Cuando leí la carta entendí que mi indiferencia no era indiferencia: era complicidad.
La tía Marie fue enterrada en una tumba que el aparato llevaba siglos preparando para ese momento, y la familia que permitió la preparación era la mía.
La pasividad de los Vránský durante cuatro siglos había sido lo que había permitido al aparato funcionar.
Sin nuestra pasividad, el aparato habría caído hace tres siglos.
No te confundas, Sophia, sobre lo que ha sido Praga estos cuatrocientos años.
No una sala de espera ni un almacén olvidado: la base europea del voivoda.
La Terra Patrum bajo Hradčany no se conservaba para un uso futuro.
Estaba activa, madurando despacio, alimentada año tras año por la pasividad de los administradores Vránský.
Praga era la fábrica. Praga era el lugar donde él dormía cuando no representaba un papel en otra ciudad.
Lo que cambió hace pocos años, según he reconstruido desde dentro, es que decidió desplazar la base.
No por amenaza: por cálculo. Praga está bajo Habsburgo, y él ha leído su inestabilidad antes que nadie.
Londres es un imperio joven, de archivos más abiertos.
La operación Carfax/Purfleet no es la sustituta de Praga: es su heredera, en otra escala.
El arcón que llegará a Hradčany hacia noviembre no viene a asentarse: viene a una última consolidación antes de cruzar el mar.
Su presencia esos días será corta. Despedida administrativa, no instalación.
Decidí dejar de ser pasivo.
La forma de dejar de ser pasivo no era denunciar. El aparato lleva décadas comprando despachos imperiales en cuatro ciudades; cualquier denuncia mía habría sido archivada, redirigida o usada contra mí antes de terminar la semana. La forma era infiltrarme.
Para estar dentro tenía que aceptar lo que hasta entonces había rechazado: tomar una porción ínfima de la sustancia de las cajas, la mínima que provoca la modificación lenta.
La dosis me la calculó un médico de Viena al que no nombro aquí, pero al que deberás escribir; su dirección está al final.
Bastaba para que el aparato me leyera como uno de los suyos cuando viajara, pero no para controlarme.
Se ha probado tres veces en cuatro siglos.
Las tres salieron bien. La cuarta era yo.
La tomé en marzo de mil ochocientos setenta y ocho, una semana después de tu vigésimo cumpleaños.
Tomé del frasco que Frederick guardaba en su despacho de Hradčany sin que él me viera.
Una pizca. Mezclada con vino tinto. La sentí bajar despacio.
No me dijo nada al hacerlo. Tampoco al día siguiente.
La modificación trabaja por debajo del umbral consciente durante meses antes de manifestarse.
Yo sabía que iba a manifestarse en torno a los dieciocho meses y que entonces yo tendría unos cuatro o cinco años de vida útil dentro del sistema antes de que el sistema empezara a usar mi cuerpo.
Calculé que con cuatro años podría hacer mucho.
Hice lo que pude.
Durante los dieciocho meses siguientes viajé tres veces a Bistritz, dos a Cracovia y una a Budapest, a despachos del aparato con apariencia de oficinas comerciales.
Me presenté como administrador hereditario de la custodia, lo cual era cierto, y pedí acceso a los archivos del contrato.
Me lo concedieron: la sangre alterada me identificaba como uno de los suyos.
No sabían que mi modificación había sido voluntaria, para extraer información, no para servir.
Sophia bajó la carta sobre la mesa un instante.
Se llevó la mano izquierda a la sien y la dejó ahí dos respiraciones, no porque le doliera: necesitaba registrar lo que acababa de leer antes de seguir.
Su padre se había envenenado durante dieciocho meses voluntariamente para infiltrar el aparato.
Lo había hecho en silencio, sin avisar a nadie, sin pedir respaldo.
La carta de Andrej Vránský había dejado de ser la confesión de un hombre que muere y había empezado a ser el informe operativo que ella tenía sospechado que era.
Sophia volvió a coger la carta. Esta vez con las dos manos.
Encontré tres cosas que los hombres de tu grupo no van a encontrar nunca por sí solos.
La primera: el aparato no es una pirámide jerárquica.
Son cuatro facciones competitivas que el voivoda mantiene equilibradas por interés.
La cuarta facción —los que se llaman a sí mismos los Auditores— tiene intereses en parte compatibles con los nuestros, aunque por motivos que no son los nuestros.
Cuando llegues a Bistritz, contactarás con los Auditores a través del médico español de la Ciudad Nueva de Praga, Álvaro de Vargas. La dirección está al final.
Sophia levantó la vista por primera vez desde que había empezado a leer.
Erik le había hablado del hombre. La cita matinal, Karlovo náměstí 17. La oferta de protección operativa.
Su padre la conocía de antemano, desde 1879.
Sophia volvió al texto.