Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 67 #3
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Capítulo 67 #3

—Franz Kovaljuk creció en un pueblo de cuatrocientos habitantes, tres iglesias de madera, una escuela básica y una única familia de propietarios importantes, los Pazurnyk, que han administrado la zona durante siete generaciones sin cambios de apellido.

—⁠De Vargas se giró hacia Erik⁠—. Los Pazurnyk son, desde 1612, la familia custodia de un pequeño depósito al servicio del linaje del Zafiro.

Un depósito menor comparado con los Vránský, pero con la misma naturaleza.

Franz creció a media hora de una de esas casas custodias, doctor.

Sus intuiciones como ayudante suyo no eran solo biografía personal.

Eran entrenamiento ambiental prolongado.

Erik notó un frío pequeño que le bajó desde la nuca hasta la cintura.

—Franz sabía —⁠dijo de Vargas⁠— antes de saber.

Como saben los niños que crecen cerca de un río crecido cuando va a subir.

Su cuerpo había aprendido a reconocer la proximidad de esos depósitos sin que su conciencia pudiera formularlo.

Por eso se sentía incómodo en la morgue con ciertos cuerpos antes de que usted hiciera siquiera las primeras incisiones.

Por eso sabía leer las marcas del cuello antes que usted.

Erik tragó saliva.

—¿Usted lo habría reclutado?

—No aún. Le habríamos dejado madurar profesionalmente unos cuantos años más.

Quizá en torno a sus treinta, cuando hubiera tenido experiencia clínica propia y seguridad en sus capacidades.

Entonces alguien le habría citado, como le he citado yo a usted esta mañana.

Le habríamos ofrecido un papel como observador de la facción Zafiro en Praga o en Viena.

Franz habría dicho que sí o habría dicho que no, y en cualquier caso habría seguido vivo.

—Pero está muerto.

—Está muerto —⁠confirmó de Vargas⁠—. Por una operación tangencial del linaje del Dragón que provocó, no creemos que a propósito, la activación de un recens infectus en la morgue donde Franz trabajaba.

Murió como daño colateral. No estaba en nuestros planes perderlo.

Tampoco estaba en los planes del Dragón cogerlo de víctima.

Fue una colisión operativa, una de esas cosas que pasan cuando varias facciones se mueven en la misma ciudad sin coordinarse. Lo lamentamos.

—Lo lamentan —⁠repitió Erik, con la voz más plana que pudo.

De Vargas lo miró con calma.

—Doctor Schwartz. Puedo ahorrarme la condolencia si le molesta.

Pero sería falso por mi parte. Llevamos ocho años siguiendo a Franz Kovaljuk desde lejos.

No lo conocíamos en persona, pero su evolución profesional formaba parte del expediente.

Cada ascenso suyo en la facultad lo registramos.

Cuando pasó de practicante no remunerado a asistente pagado, se lo comunicamos a Ámsterdam por si Vandermeulen quería contactarle primero.

Cuando firmó el primer informe como ayudante titular, celebramos aquí un café, mi secretario y yo.

Los contables somos lo que somos, doctor, pero no somos indiferentes al trabajo ajeno.

Erik cerró los ojos.

Los abrió.

—Deme un día —⁠dijo⁠—. Para pensar la primera de sus dos propuestas. La de la información.

—Un día me parece razonable.

—Y deme el archivo Franz. Si lo tiene aquí, lo quiero leer hoy mismo. No es condición. Es petición.

De Vargas se levantó, fue a uno de los armarios de libros, abrió con llave una caja de caoba escondida en el estante bajo, y sacó una carpeta delgada. La puso sobre el escritorio.

—Quince páginas. Puede leerlas aquí, o puede llevárselas con la promesa de devolverlas en siete días. Recomiendo la segunda opción: necesita tiempo y silencio para encajar lo que dicen.

Erik cogió la carpeta.

Se quedó un momento con ella en las manos.

—De Vargas.

—¿Sí?

—Si dentro de un día le digo que no.

—Lo aceptamos sin represalias. Usted sigue su camino, nosotros el nuestro, y en algún momento futuro —⁠uno, cinco, diez años⁠— quizás volvamos a cruzarnos. No tengo interés en coacciones. Coaccionar a un buen médico es el método más rápido para convertirlo en un mal agente.

—Bien.

—Doctor. Una cosa más.

—Diga.

—Si esta tarde el inspector Beneš vuelve a visitarle en Dlouhá, no le diga que ha estado aquí. Diga que pasó la mañana con un colega, el doctor Rebeck, en Ostruhová. Es cierto en parte. Lo otro no lo mencione.

—¿Cómo sabe que Beneš estuvo en mi casa esta mañana?

—Porque Beneš es de los nuestros.

Erik lo miró sin prisa.

De Vargas no aclaró más. No hacía falta.

Le tendió la mano. Erik se la dio. La piel de De Vargas estaba fría y seca, como la de los médicos que trabajan demasiado con cadáveres.

Erik habría dicho, si se lo hubieran preguntado un año antes, que esa era una sensación familiar y profesional. Esta mañana no la dijo.

Salió.

Bajó los dos escalones del portal.

La calle seguía siendo una mañana de viernes en Praga, con un vendedor de castañas asadas dos puertas más abajo y el olor de carbón dulce subiendo en volutas grises sobre la plaza.

Erik se metió la carpeta dentro del abrigo, contra el pecho, debajo del lado interior del chaleco donde guardaba el cuaderno con la letra de Franz.

Los dos documentos —⁠el cuaderno con la letra viva y la carpeta con el expediente administrativo⁠— quedaron a tres centímetros de distancia durante el trayecto de vuelta a Dlouhá.

Erik no cogió coche.

Caminó los veinte minutos a pie, bajo el cielo plano de noviembre, con la mano apoyada por fuera del abrigo sobre el sitio donde los dos Franz iban juntos.