Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 67 #2
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Capítulo 67 #2

Erik se sentó. De Vargas se sentó también, pero no detrás del escritorio: en la otra silla enfrente, de manera que los dos quedaran al mismo lado.

Era un gesto deliberado. De Vargas iba a hablar como colega, no como autoridad.

—Doctor Schwartz —⁠empezó de Vargas⁠—. Le voy a hablar sin rodeos porque usted tiene hoy mismo otro compromiso más apremiante que este y no tengo intención de retenerle.

Mi nombre es Álvaro de Vargas. Llevo en Praga dieciocho años.

Vine en sesenta y dos, expulsado de rebote por las consecuencias médicas de la guerra carlista, aunque los papeles oficiales dicen motivos académicos.

Ejerzo aquí desde entonces. Atiendo a una clientela pequeña y regular, sobre todo de la pequeña nobleza bohemia y de la comunidad alemana de la Ciudad Nueva.

Pero esa es solo la parte visible de mi trabajo.

La otra parte la comparto, en contadas ocasiones, con colegas que demuestran —⁠cómo decirlo⁠— una capacidad particular de observación que va más allá de los manuales.

Hizo una pausa. Miró a Erik.

—Usted la tiene.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque un colega suyo respondió ayer a una consulta que un tercer colega nuestro envió hace una semana, y la respuesta contenía una observación clínica que solo podía proceder de una persona que hubiera visto un sustrato orgánico activo en funcionamiento.

El tercer colega se llama Vandermeulen, está en Ámsterdam, y es un viejo conocido mío desde 1874, cuando coincidimos en un congreso de Hamburgo.

La consulta original la envió él tras recibir una carta anónima desde Praga que pedía confirmación de una hipótesis muy específica.

—⁠De Vargas inclinó la cabeza⁠—. Yo no soy la persona que respondió la consulta.

Vandermeulen es amigo pero no lo es mío cuando se trata de estos temas; se mueve en círculos distintos.

Pero Praga es pequeña para cierto tipo de observaciones, y Ámsterdam no es el único sitio que se entera cuando alguien aquí está haciendo preguntas serias.

Erik no respondió. Yo nunca escribí a Ámsterdam , pensó.

Alguien lo había hecho por él, días antes de que él supiera siquiera qué preguntar, pidiendo la confirmación de una hipótesis que él aún no había formulado.

Archivó el dato sin mover un músculo de la cara, en la parte de la cabeza donde se guardan los detalles que no significan nada hasta que, mucho después, lo significan todo.

—Vandermeulen ya está en Praga —⁠continuó de Vargas, sin prisa⁠—.

Llegó anoche. Lo sé porque le alquilé yo mismo la habitación del Hotel Štěpán donde se alojó.

Ha visto esta mañana a su colega el padre Novotný y quizá también a otras dos personas a las que usted conoce.

Yo no he formado parte de ese encuentro.

Lo sé porque Vandermeulen y yo trabajamos para propósitos distintos, aunque compatibles.

—¿Para quién trabaja usted?

De Vargas sonrió de nuevo, con el mismo grado medido.

—Eso es parte de lo que le quería explicar. Pero antes de responderle, le voy a hacer yo una pregunta a usted.

—Adelante.

—¿Cómo se llamaba su ayudante que murió en la morgue del Hospital General la noche del catorce de noviembre?

Erik sintió que algo se desplazaba en el centro del pecho. Una décima de segundo. Después la cara volvió a la neutralidad profesional.

—Franz.

—El nombre completo, por favor.

—Franz Kovaljuk.

—Originario de Teresva, en los Cárpatos rutenos, lado norte del antiguo condado de Máramaros.

Hijo único. Su padre era leñador. Su madre murió en el parto.

Franz llegó a Praga en el setenta y cinco para estudiar medicina con una beca de la administración imperial para estudiantes de las provincias orientales.

Acabó tercero de su promoción. Empezó a trabajar con usted en el setenta y siete como practicante no remunerado durante los meses de invierno, pasó a asistente pagado en el setenta y ocho, y en setenta y nueve ya firmaba informes de autopsia como ayudante titular.

Murió el catorce de noviembre de mil ochocientos ochenta, poco antes de medianoche, en la esclusa de la lavandería de la morgue del Hospital General Imperial y Real, a manos de una criatura que la documentación posterior clasificaría como recens infectus grado dos, con daño estructural por aplastamiento y fractura cervical.

Cuerpo recuperado por los bomberos a las cuatro de la madrugada del quince.

Trasladado al depósito forense de Vyšehrad.

Enterrado sin ceremonia en la fosa común de indigentes el dieciséis al mediodía, por orden del administrador del Hospital, sin notificación a familia porque no había familia localizable.

Erik no habló durante un momento.

—¿Cómo sabe todo eso?

—Porque su ayudante figuraba en nuestros archivos desde el otoño del setenta y cinco —⁠dijo de Vargas⁠—.

Cuando la administración imperial concedió la beca a un muchacho de un pueblo remoto de los Cárpatos, nosotros lo registramos de oficio.

Todos los jóvenes que salen de esa zona hacia instituciones de enseñanza superior pasan por nuestras listas.

No como agentes, doctor Schwartz, antes de que me lo pregunte.

Como candidatos para observación a largo plazo.

Si en algún momento de su carrera posterior demuestran aptitudes específicas, se les contacta con discreción.

Si no las demuestran, se les deja seguir con su vida sin interferencia.

Franz Kovaljuk no había sido contactado todavía.

Su muerte del catorce de noviembre no estaba prevista.

Fue una pérdida operativa de información, aparte de ser, como es obvio, una tragedia personal para usted.

Erik miró el mapa de la pared.

Las chinchetas rojas eran más de las que había creído al primer vistazo.

Había una en París, dos en Ámsterdam, tres en Viena, una en Cracovia, dos en Praga, varias en ciudades menores del Báltico, una en Oporto, dos en Milán.

Un pequeño punto rojo estaba situado en una zona del este de los Cárpatos que podía corresponder a Teresva.

Si de verdad era allí, Franz había sido una chincheta en la pared de un hombre que nunca lo había visto.

Erik se quedó mirando el mapa.

—Me debe todavía una respuesta —⁠dijo⁠—. ¿Para quién trabaja usted?

De Vargas inclinó la cabeza, como quien reconoce un pagaré.

—Se la debo —⁠dijo⁠—. El aparato que mueve cajas de tierra por media Europa no es una casa única: son cuatro linajes que compiten por administrarlo.

Tres llevan emblema heráldico: el Dragón, el Zafiro, el Cuervo.

El cuarto, el mío, no tiene nombre porque no quiere tenerlo.

Lo que tiene es una función: observar a los otros tres linajes, documentar sus movimientos, y prevenir que cualquiera de ellos alcance una posición de dominio sobre las estructuras que todos ellos sirven.

Somos, doctor Schwartz, los contables del aparato.

Los que nos aseguramos de que ninguna facción se convierta en mayoría.

—¿Al servicio de quién?

—Al servicio del propio aparato. Que es —⁠y esto le costará aceptarlo pero se lo voy a decir igual⁠— también nuestro propio servicio, porque los contables se benefician de la existencia de la casa que auditan, aunque no la posean.

No somos patriotas del Conde, doctor. No le somos leales.

Le auditamos. Y le auditamos para que siga siendo lo que es y no se convierta en otra cosa peor.

—¿Peor?

—Peor es cuando una facción individual toma el control directo.

Entonces pasamos de tener un señor remoto con intereses limitados a tener un administrador activo con ambición de expansión.

Llevamos cuatrocientos años impidiendo justo eso.

En este momento, la operación de ustedes ha reconfigurado el equilibrio: anoche, en su estela, alguien hizo desaparecer a un intermediario del linaje del Dragón —⁠Aloys Reichl⁠— en mitad de una operación importante.

Eso desestabiliza al Dragón. Cuando una facción se desestabiliza, las otras compiten por ocupar el hueco.

Si nos quedamos sin hacer nada, en seis meses va a haber una facción dominante en Europa central.

Y eso es, desde nuestra perspectiva, el escenario menos deseable.

—¿Qué quiere de mí?

De Vargas se inclinó hacia adelante.

—Dos cosas. La primera: información. Todo lo que usted sepa sobre lo ocurrido en la mansión Vránský anoche.

Quién estuvo allí, en qué orden, qué se destruyó y qué no se destruyó.

No le pido que me lo diga todo hoy. Le pido que empiece a pensar cómo va a hacernos llegar esa información a lo largo de los próximos meses.

A cambio, le ofrezco protección operativa.

Dicho en claro: si otra facción intenta eliminarle por lo que sabe, nosotros actuamos antes.

Si intentan presionarle por canales administrativos, nosotros los neutralizamos.

Esa protección se extiende también, hasta donde podamos, a los colegas con los que usted actuó anoche.

—¿Y la segunda cosa?

—La segunda es menos inmediata. Tiene que ver con un archivo.

De Vargas se levantó. Fue al mapa. Apoyó el dedo índice sobre la chincheta roja de Teresva.