Capítulo 67
El edificio tenía la misma fachada amarillenta con ribetes de estuco que Erik recordaba de hacía tres años, cuando había pasado por delante un par de veces para dejar un paquete de muestras clínicas a través del sobrino del doctor.
Tres pisos. Portón de madera oscura. Placa de latón con grabado florido: Dr. Antonín Rebeck — Medicina interna. Consulta privada por cita.
Erik entró sin avisar.
La recepcionista —una mujer joven, con delantal blanco y pelo rubio recogido en un moño bajo— levantó la vista. Reconoció a Erik sin haberlo visto nunca, por el tipo de traje y el tipo de cara: médico, colega, sin cita, con prisa. Los de la ciudad se reconocen entre ellos antes de presentarse.
—Doctor Schwartz —dijo Erik—. Necesito cinco minutos con el doctor Rebeck. Es urgente profesional, no médico.
La mujer no preguntó qué significaba. Se levantó, cruzó el pasillo, llamó a una puerta con dos golpes cortos, entró, salió.
Cuando volvió al cabo de medio minuto, la cara de Rebeck apareció detrás de ella en el umbral: un hombre de cincuenta y tantos años, con barba gris bien recortada, gafas sin montura y una bata blanca abotonada hasta el cuello.
—Schwartz. Pase.
Erik pasó.
Rebeck cerró la puerta detrás de los dos.
La consulta era pequeña. Un escritorio de caoba con papeles apilados con rigor, un sofá de examen con sábana blanca, un armario de cristal con frascos etiquetados, una ventana que daba al patio interior.
Olía a alcanfor y a café recién hecho. En la pared, detrás del escritorio, colgaba el diploma de la Universidad Carolina con la fecha 1849.
Rebeck se sentó detrás del escritorio. Señaló una silla. Erik no se sentó.
—No voy a robarle consulta. Dos cosas.
—Diga.
—La primera: va a venir a verle el inspector Beneš esta tarde. Quizá entre las cuatro y las seis.
—¿Por qué?
—Por el incendio de la mansión Vránský. Usted llevaba la familia desde el setenta y siete. Los inspectores van a querer saber todo lo que recuerde sobre el estado de salud del barón en los últimos años.
Rebeck se quitó las gafas. Limpió los cristales con un pañuelo que sacó del bolsillo superior de la bata. El gesto era mecánico y hacía tiempo que había dejado de tener que ver con la calidad de los cristales.
—¿Qué le ha ocurrido al barón?
—Nadie lo sabe todavía con certeza. No aparece. La sobrina tampoco. El cuerpo de un hombre no identificado fue encontrado en el ala oeste. Los informes se están redactando ahora mismo.
—Usted ha estado allí.
—Yo no he estado allí. Yo no fui llamado.
Rebeck volvió a ponerse las gafas. Le sostuvo la mirada a Erik los tres segundos exactos en que un médico decide, sin hablar, que va a comportarse como un colega y no como un testigo. Después movió la cabeza una vez.
—Siga.
—La segunda cosa. Cuando Beneš le pregunte sobre los cuadros clínicos del barón en los últimos años, le sugiero que responda con precisión técnica pero sin elaborar.
Diga lo que tenga en las notas. No aporte recuerdos personales.
No ofrezca hipótesis sobre posibles deterioros neurológicos.
Si el inspector le pregunta si el barón se comportaba de forma extraña, diga que esa pregunta no corresponde a un médico internista: corresponde a un alienista, y declínela por competencia profesional.
Rebeck lo miró un largo momento sin hablar.
—¿Por qué me lo dice, Schwartz?
—Porque hay detalles del estado del barón que, mal interpretados, abrirían una línea de investigación que no va a beneficiar a nadie, incluida su consulta. Por prudencia profesional. No por ocultación.
—Eso lo dice usted.
—Lo digo yo.
Rebeck se quedó inmóvil detrás del escritorio.
Erik aprovechó ese silencio para mirarlo de la manera en que los médicos se miran entre sí cuando creen que el otro no lo está notando.
La cara de Rebeck tenía la palidez de los hombres que duermen mal, lo cual era trivial.
Pero los dedos de la mano derecha, apoyados sobre la carpeta de la mesa, mostraban una inflamación leve en la articulación interfalángica proximal de los dedos índice y corazón, con una leve coloración violácea en el lecho ungueal de ambos.
Ninguna gota clásica. Ningún cuadro reumático común.
Era una hinchazón simétrica con oscurecimiento distal leve, una configuración que Erik había visto en otros dos pacientes en los últimos días, los dos estibadores que habían manipulado a mano el contenido de las cajas.
No era el signum contactus : eso solo lo dejaba la cercanía sostenida a una bestia activa, no la tierra.
Lo que tenían era una dermatitis por contacto con el compuesto. Dermatitis chemica , grado uno.
Erik no lo dijo.
Archivó la observación.
Rebeck llevaba tres años atendiendo a una familia que guardaba tierra transilvana bajo su propia casa.
Era inevitable que hubiera ido absorbiendo partículas por contacto indirecto durante las visitas médicas domiciliarias.
No era responsabilidad de Erik diagnosticar a un colega que no había pedido diagnóstico.
Y si Rebeck había sido absorbido por el aparato sin saberlo, Rebeck iba a hablar con el inspector Beneš esta tarde con lealtades que Rebeck mismo no sabía que tenía.
Entonces la sugerencia profesional que Erik acababa de darle era todavía más urgente: no tanto por Rebeck como por lo que iba a decir sin saber que lo decía.
—Schwartz.
—¿Sí?
Rebeck tardó en seguir.
—¿Estoy en peligro?
Erik mantuvo la cara neutra.
—Todos lo estamos de una manera u otra —dijo, con la voz profesional del internista que desvía una pregunta íntima hacia una categoría general—.
Usted no más que el resto. Limite sus respuestas al inspector a cuestiones verificables y no se ofrezca a aportar contexto que nadie le pida. Eso es todo.
Rebeck asintió despacio.
Erik dejó un sobre encima del escritorio.
—Una carta mía para usted —dijo—. Resumiendo lo que acabo de decir. En caso de que después del inspector Beneš tenga dudas de qué le sugerí. Guárdela, no la enseñe. Léala si la necesita.
—¿Quiere que me la lea ahora?
—No. Me voy. Si tiene una urgencia clínica en los próximos días, búsqueme en casa, no aquí. Y si alguien pregunta por mí en esta consulta, usted no me ha visto esta mañana.
—Entendido.
Erik salió.
Al cruzar la recepción, la enfermera lo miró de la misma manera que al principio. Erik le dio los buenos días. Bajó a la calle.
Se quedó un segundo en la acera de Ostruhová, con la mano en el bolsillo del abrigo donde llevaba el sobre de Karlovo náměstí 17.
El cielo estaba algo menos gris que a primera hora.
Un repartidor de leche subía la cuesta con el carro tirado por un caballo cansado.
La normalidad urbana de una mañana de viernes seguía su curso por encima de todo lo que Erik sabía y había dejado de importarle ya al portero Lebeda, al doctor Rebeck y a la recepcionista rubia.
Cogió un coche de punto.
Le dijo al cochero Karlovo náměstí.
No le dijo el número todavía.
* * *
KARLOVO NÁMĚSTÍ 17 — CIUDAD NUEVA. 10:45 h.
El edificio del diecisiete era alto y estrecho, con fachada neoclásica tardía de mediados de siglo y una placa de bronce junto al portal de entrada con varias líneas de texto. Erik se detuvo a leerla antes de entrar.
Casa del Doctor Álvaro de Vargas y Mendoza. Medicina general — Enfermedades nerviosas. Consulta privada, previa cita.
Después, en letra más pequeña:
Miembro correspondiente de la Sociedad Anatómica de París. Antiguo interno del Hospital Clínico de Madrid.
Un médico. Erik no había esperado un médico.
La tarjeta anónima en el cajón de su piso no había dicho nada sobre la profesión del señor de Vargas, y la forma en que le habían citado —antes del mediodía, por inicial, en un barrio de la Ciudad Nueva que no era demasiado clínico— había sugerido otra cosa.
Un médico.
Erik subió los dos escalones del portal. Tocó el timbre manual.
La puerta la abrió un hombre de unos sesenta años, alto, delgado, con el pelo blanco peinado hacia atrás y una barba entrecana bien cortada.
Llevaba traje oscuro sin bata. Los ojos eran negros, pequeños, con la fijeza del lector profesional.
En la mano izquierda sostenía un pañuelo de seda doblado.
El recibidor era cálido y el pañuelo sobraba: lo llevaba por hábito de origen sureño que Erik reconoció como español antes de oírlo hablar.
—Doctor Schwartz —dijo de Vargas, en alemán con acento de Madrid—. Pase usted, por favor. Le esperaba.
Erik entró.
El recibidor daba a una sala de espera vacía: cuatro sillones de cuero, una mesa baja con dos revistas médicas en alemán y francés, un grabado en la pared con una reproducción de una anatomía de Vesalio. Todo limpio, discreto, profesional. Una consulta médica normal.
De Vargas cerró la puerta.
—No hay pacientes los viernes —dijo, respondiendo a la pregunta que Erik no había formulado—. Los reservo para trabajo de archivo. Es más fácil citarle aquí un viernes que cualquier otro día.
—Comprendo.
—¿Quiere café?
—No, gracias.
De Vargas esbozó una sonrisa. Era una sonrisa profesional, de médico, medida y sin exceso. Le señaló a Erik una puerta abierta que daba a un despacho interior.
Entraron.
El despacho de De Vargas era más grande y más personal que el de Rebeck.
Dos paredes enteras de libros, desde el suelo hasta el techo, con títulos en español, francés, alemán, latín e italiano.
Una tercera pared con un mapa grande de Europa sujeto con chinchetas, en cuya superficie Erik alcanzó a ver —sin mirar de frente, porque la cortesía profesional exigía mirar primero al dueño de la casa— varios puntos marcados con tinta roja, algunos en ciudades que Erik conocía y otros en lugares que no reconoció al primer vistazo.
La cuarta pared, la que daba al patio, tenía ventanal amplio con cortinas pesadas de damasco verde.
Un escritorio grande de nogal. Dos sillas de cuero enfrente, una silla de respaldo alto detrás. De Vargas le indicó las sillas enfrente.