Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 66 #2
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Capítulo 66 #2

—Durante quince años no lo supe. Pero en 1879, en Bucarest, consulté con un filólogo que me dijo que las tres palabras no eran de una lengua conocida.

Eran de una lengua de servicio . El término lo estableció él.

Son palabras usadas de puertas adentro por una casta administrativa cerrada que fue desarrollando un vocabulario propio durante siglos, a modo de contraseña, para reconocerse entre sí.

El filólogo no pudo traducir las palabras exactas, porque no tenía acceso al corpus, pero identificó la fonología como centroeuropea, de probable origen bohemio con aportes eslavos y germánicos.

La casta existe. El filólogo no la nombró, pero describió su función: intermediaria entre una autoridad lejana y sus cuerpos contractuales.

Karl no levantó la voz, pero la expresión se le endureció.

—Los guantes grises —⁠dijo.

—Es posible —⁠dijo Vandermeulen⁠—. Ionescu debió ser alguno de ellos, o haberlo sido en juventud antes de ser absorbido como paciente.

Me reconoció porque yo llegaba a su habitación con el mismo perfil profesional que había tenido el médico que lo seleccionó décadas antes a él, y su cuerpo respondió con el mismo mecanismo de bienvenida.

Sophia cogió el De Daemonibus y lo abrió por la página del signum contactus , que era ya la página por la que el libro se abría solo. Leyó en silencio dos párrafos. Cerró el volumen sin marcar nada.

—No solo los plene conversi reconocen el signo —⁠dijo⁠—. Los intermediarios también. Y los intermediarios son capaces de transmitirlo a un visitante externo con el peso específico suficiente como para dejarle una marca.

Vandermeulen asintió.

—Eso es lo que sospeché en 1864. Lo que usted acaba de decir con una frase me ha costado dieciséis años de duda.

Vandermeulen miró un momento el cuaderno cerrado sobre la mesa. Después miró a los tres.

—Hay otra cosa que les conviene saber antes de irnos.

Lo descubrí en Hamburgo en mil ochocientos setenta y seis.

Dos intermediarios se mataron entre ellos en un hotel del puerto antes de que pudiera entrevistar a ninguno.

Los archivos municipales registraron el caso como riña entre viajantes comerciales.

Yo llegué dos horas después. Encontré los dos cuerpos y, entre ellos, una hoja de papel con un árbol genealógico administrativo de cuatro linajes distintos.

Tres iban encabezados por un emblema: un dragón, una piedra facetada, un cuervo.

El cuarto, solo por un símbolo geométrico, sin nombre.

—⁠Dejó que la información se asentara⁠—.

Cuatro facciones compiten por el control del aparato.

El Conde es el accionista mayoritario pero no interviene en persona.

Reichl, por lo que ahora sabemos, servía al linaje del dragón.

Quien lo mató anoche en el estudio del barón Vránský debía de servir a uno de los otros tres.

Karl no asintió enseguida. Estaba viendo otra cosa: el cuervo de alas plegadas estampado en el margen del contrato del barón la primera mañana, el dragón en relieve del sello de Praetor, la piedra facetada que el grabador de los manifiestos de la Karpatia había sombreado como si fuera azul.

Tres marcas copiadas en su cuaderno, una al lado de otra, desde hacía semanas, sin saber dónde encajarlas.

—Los he visto —⁠dijo⁠—. Los tres emblemas. Un cuervo, un dragón, una piedra azul, en papeles distintos de la misma operación. Llevo semanas copiándolos sin saber qué eran.

—Ahora ya lo sabe —⁠dijo Vandermeulen, con la satisfacción seca del archivero que ve coincidir dos catálogos.

La campanilla de la puerta principal sonó una vez.

Los cuatro se quedaron inmóviles.

Desde la trastienda se oyó la voz de Ignaz, calmada, en checo:

—Buenos días. La tienda está cerrada por inventario.

—Solo consulto una cosa. Un libro sobre lenguas muertas. Me dijeron que usted lo tenía.

La voz del cliente era masculina, educada, con un acento que Karl identificó como vienés. Hubo una pausa.

—Los libros sobre lenguas muertas los tengo en la sala principal —⁠dijo Ignaz⁠—. Pero hoy no es día de consulta. Vuelva mañana a primera hora.

—Mañana estaré ya fuera de Praga.

—Entonces tendrá que esperar a su próximo viaje.

—Es urgente.

—Para mí también es urgente la palabra cerrado en el cartel de la puerta.

Hubo otro silencio. Se oyeron pasos alejándose hacia la entrada, una segunda pausa, el ruido de la campanilla. La puerta se cerró.

Ignaz apareció en el umbral de la trastienda. Tenía el cartel cerrado en la mano derecha y la llave maestra de la tienda en la izquierda.

—Acabo de cerrar también el cerrojo grande —⁠dijo⁠—. Para evitarme otra conversación de ésas en las próximas horas. —⁠Miró a los cuatro⁠—. El hombre iba de gris.

Karl se puso de pie.

—¿Ha entrado?

—No. Se ha quedado al otro lado del cristal. Lo ha mirado todo antes de hablar. Ha visto el cartel y ha decidido probar suerte de todas formas. Eso no lo hace un cliente normal.

Sophia miró a Gabriel.

—Han seguido a alguno de nosotros.

—O ya sabían que este local estaba en el circuito —⁠dijo Vandermeulen.

—O las dos —⁠dijo Karl.

Ignaz cerró la puerta de la trastienda detrás de sí. Dejó el cartel sobre una estantería y la llave en el bolsillo del chaleco. Se acercó a la mesa. Miró los cuatro objetos en el centro. Miró el De Daemonibus un momento más que los otros.

—Fue un hombre de guantes grises quien me dejó en depósito el De Daemonibus hace doce años —⁠continuó Ignaz⁠—.

Pagó por adelantado el depósito. Nunca volvió a recogerlo.

Pensé que el cliente había muerto, como tantos otros clientes de paso.

Pero después vino usted, padre, hace ocho días, a pedirme justo ese libro.

Una coincidencia que no me planteé entonces.

Ahora me la planteo. —⁠Miró a Sophia⁠—. El libro estuvo en esta tienda doce años.

Alguien lo sabe, y hoy ha venido a comprobar si sigue aquí. Y puede que vuelva.

Sophia se puso de pie.

—Tenemos que irnos —⁠dijo⁠—. Los cuatro. Y hay que sacar el libro de esta tienda.

Gabriel se levantó también.

—Yo me llevo el libro —⁠dijo⁠—. Es lo que iba a hacer de todas formas.

Vandermeulen sacó del bolsillo interior un sobre grueso y lo puso sobre la mesa.

—Mi cuaderno sale conmigo —⁠dijo⁠—. Pero lo que hay aquí son doce páginas que he estado copiando durante las últimas dos horas en el café de la plaza.

Es el resumen de los casos más importantes de mis archivos.

Si a mí me ocurre algo antes de volver a Ámsterdam, este sobre tiene que llegar a las manos correctas.

—⁠Miró a Sophia⁠—. Usted es la que se queda en Praga. Usted es la que lo guarda.

Sophia cogió el sobre. No lo abrió. Se lo metió en el bolsillo interior del abrigo, junto a la carta del padre y la carta dirigida al hombre de Bistritz que había escrito en la sacristía antes del amanecer.

Llevaba ahora tres cartas en el bolsillo.

Empezó a notar el peso.

Ignaz fue el último en moverse. Fue al mostrador. Abrió un cajón. Sacó una llave grande de hierro.

—Hay una puerta trasera —⁠dijo⁠—. Da al callejón de detrás del Carolinum. Desde ahí pueden separarse por cuatro direcciones distintas sin pasar por la calle principal. Les conviene, por si el hombre de gris dejó a alguien vigilando la salida que ya conocen.

Abrió una puerta pequeña detrás de la cortina del mostrador.

—Una cosa más —⁠añadió⁠—. Si vuelven a necesitar este lugar, vengan. Las manos arrugadas de un librero pueden seguir siendo útiles a esta edad. Pero no traigan a más gente. Cuatro es el máximo. Cinco me vuelve obvio.

Gabriel le tendió la mano.

Ignaz se la estrechó.

—Padre.

—Ignaz.

—Usted ya no es padre, lo sé. Me lo dicen la ropa y los ojos. Pero un hombre con su formación tarda un tiempo en convertirse en ex-sacerdote aunque ya no consagre. Mientras tanto, le sigo llamando padre. Me ahorra memoria.

Gabriel sonrió apenas. Fue la primera sonrisa que ponía en la cara desde la noche anterior.

Salieron por la puerta del callejón los cuatro, en el orden que Ignaz les indicó: primero Vandermeulen, después Sophia, después Karl, después Gabriel. Cinco minutos de separación entre cada uno.

El callejón olía a desechos del invierno y a hollín de las chimeneas de la calle Celetná. No había nadie. El cielo, por primera vez en dos días, tenía una rendija de luz pálida al oeste.

Gabriel se quedó el último. Cuando Ignaz cerró la puerta detrás de él, Gabriel oyó el ruido del cerrojo por el lado de dentro y pensó que la próxima vez que entrara en esa librería, si había una próxima vez, sería como un hombre distinto del que había entrado hace ocho días a comprar un libro que no quería comprar.

Caminó hacia el norte por el callejón.

Dentro de dos horas tenía un tren.