Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 66
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Capítulo 66

La puerta de la calle tenía una campanilla que Gabriel recordaba.

Aquel doce de noviembre, al salir de la tienda con el De Daemonibus oculto bajo el abrigo, la campanilla había sonado una vez sobre su cabeza y Gabriel se había dicho entonces que ojalá no tuviera que volver a oírla nunca.

La campanilla sonó ahora, a las diez menos dos minutos, y a Gabriel le pareció el mismo sonido exacto.

Un tintineo agudo, mal afinado, con la fractura metálica de los resortes que llevaban demasiados años gastándose.

Ignaz levantó la vista desde el mostrador.

—Padre Novotný —⁠dijo, sin sorpresa⁠—. Sabía que volvería. Lo que no sabía era con quién.

Gabriel entró. Detrás de él, Karl, Sophia y Vandermeulen.

Ninguno había caminado junto a Gabriel por la calle: los cuatro habían llegado desde cuatro direcciones diferentes, con cinco minutos de separación entre cada uno, siguiendo la indicación que había hecho Sophia antes de que se separaran en la iglesia.

Ignaz los vio entrar en orden, miró a los otros tres durante el tiempo justo que necesitó para archivarlos, y después giró el cartelito colgado de la puerta para que la palabra cerrado quedara mirando hacia la calle.

—La trastienda —⁠dijo⁠—. Yo atiendo si alguien intenta entrar. Pueden tardar todo lo que necesiten.

Gabriel lo miró.

—Ignaz.

—Padre.

—Usted sabe por qué estoy aquí.

Ignaz sonrió un poco con la mitad de la cara, el mismo gesto con que había despedido a Gabriel hace ocho días cuando le vendió el libro.

—Sé parte. No sé todo. Pero tengo cuarenta años de oficio, padre, y uno aprende a distinguir a los clientes que vienen a consultar un libro de los que vienen a consultar un silencio.

Usted vino a consultar un libro hace ocho días.

Hoy viene a consultar un silencio. Los dos son negocios legítimos en esta tienda.

Gabriel asintió.

La trastienda —⁠que no había llegado a ver en su primera visita⁠— era una habitación pequeña, sin ventana, con tres paredes forradas de estanterías hasta el techo, iluminada por una lámpara de aceite colgada en el centro.

Una mesa de madera oscura en medio, rodeada por seis sillas desparejadas.

Un olor a papel viejo, a polvo, a cera de pulir maderas, y algo más lejano y más seco, quizás cuero quemado, quizás solo tiempo.

Los cuatro se sentaron alrededor de la mesa.

Gabriel dejó el De Daemonibus en el centro, con el lomo hacia Vandermeulen.

Karl dejó la libreta cifrada de Reichl a su lado.

Sophia dejó el sobre de tela de saco con el libro de cuentas de Frederick, la correspondencia familiar Vránský y la miniatura de la madre.

Vandermeulen dejó el cuaderno de tapas de cuero marrón.

Cuatro objetos. Tres de un lado de la mesa, uno del otro.

El mismo peso específico visible desde ambos lados.

Karl fue el primero.

—Nosotros tenemos lo que ocurrió anoche —⁠dijo⁠—.

La libreta, el libro de 1588, el testimonio de la incursión al sótano Vránský y de la destrucción del depósito del Conde.

También tenemos lo que quede del archivo familiar Vránský.

Usted tiene dieciséis años de casos. Le propongo que empecemos por lo más reciente, en paralelo.

Usted cuenta el último caso que haya anotado antes de venir a Praga.

Nosotros contamos anoche. Las coincidencias y las diferencias se van a ver solas.

Vandermeulen aceptó el método.

Abrió su cuaderno por la última entrada.

—Leiden —⁠dijo⁠—. Cinco de noviembre. Una mujer joven, veinticuatro años, operaria de la imprenta universitaria.

Se presentó en la consulta de un colega mío con debilidad prolongada, palidez, ausencia de menstruación durante cuatro meses, y una aversión creciente a la luz del mediodía.

Mi colega me la remitió porque había encontrado dos marcas pequeñas en el lado izquierdo del cuello, compatibles con picaduras de insecto pero sin inflamación local.

—⁠Vandermeulen pasó la página⁠—. La vi el día siete.

Le hice una extracción completa de sangre y encontré el mismo patrón que vengo viendo desde 1864: hemoglobina reducida al setenta por ciento, recuento leucocitario normal, ausencia de bacteriemia.

Pero esta vez encontré algo más. En el suero, bajo el microscopio de Zeiss que mi facultad acaba de comprar, había partículas suspendidas que no había visto nunca: pequeñas, negras, con la apariencia óptica de fragmentos minerales. Partículas de tierra.

Sophia levantó la vista.

—¿Tierra?

—Tierra muy fina. En la sangre de esta mujer. No en cantidad suficiente para causar la patología sola, pero sí en cantidad suficiente para ser reconocible bajo magnificación de doscientos aumentos. —⁠Vandermeulen miró a los tres⁠—. Les pregunto: ¿habían oído hablar de esto antes?

Gabriel respondió en voz baja.

—El libro de 1588 habla de algo parecido. Cum terra conjungitur sanguis . La tierra y la sangre se unen. Pero no lo formula como patología. Lo formula como pacto.

—¿Qué pacto?

—El pacto del custodio —⁠dijo Gabriel⁠—.

El hombre que firma el contrato de custodia recibe, en el acto de la firma, una muestra mínima de tierra natal del firmante principal.

La ingiere. A partir de ese momento, su sangre conserva trazas de esa tierra durante generaciones.

Se transmite a los hijos. Los hijos la transmiten a los hijos.

Eso es lo que hace a una familia adecuada para la custodia a los ojos del libro.

Hereditario, sí, pero no como se hereda el color de los ojos. Más bien mineralógico.

Vandermeulen bajó los párpados un momento.

—Cuatrocientos años de familia Vránský —⁠dijo.

—Cuatrocientos treinta y ocho —⁠dijo Karl.

—Esto no es un caso de infección por contacto con un individuo. Es un caso de herencia por contacto con un contrato.

—Eso es.

Vandermeulen abrió el cuaderno otra vez. Esta vez por la mitad. Pasó páginas durante un minuto sin hablar, leyendo sus propias anotaciones con la atención de quien revisa un expediente propio años después de archivarlo, buscando ahora el detalle que había pasado por alto en su momento.

Se detuvo en una página.

—Bistritz —⁠dijo⁠—. Dieciséis de julio de 1864. Es el caso que me cambió la vida, y voy a contárselo ahora porque no lo he contado nunca antes a nadie con capacidad de entenderlo.

Los tres lo miraron.

Vandermeulen dejó el cuaderno cerrado. Puso las manos sobre él, con las palmas hacia abajo.

—Yo tenía cuarenta y uno entonces. Viajaba por el Imperio recopilando casos.

Era mi primer año de recopilación. Llegué a Bistritz la tarde del quince de julio.

Un médico local, el doctor Székely, me había escrito meses antes describiendo a un paciente suyo con todas las señales que yo perseguía.

Me alojé en el Hotel Corona de Oro. Fui a la consulta del doctor Székely la mañana del dieciséis. Él me llevó a la casa del paciente.

Se quedó un momento callado.

—El paciente era un hombre de unos sesenta años, llamado Mihail Ionescu, antiguo capataz de una finca cercana al Paso del Borgo.

Llevaba dos meses encamado. Su esposa nos recibió en la puerta.

Subimos a la habitación. Estaba a oscuras, con los postigos cerrados, y en la cama había un hombre que en efecto tenía sesenta años pero que estaba vivo solo en un sentido técnico.

Respiraba. Tenía pulso, lento. La piel estaba fría.

Los ojos, abiertos. Me miró cuando entré.

—⁠Vandermeulen tragó saliva⁠—. Cuando digo que me miró, no quiero decir que giró la cabeza hacia la puerta.

Quiero decir que sus ojos ya estaban fijos en el marco de la puerta cuando yo crucé el umbral, como si me hubiera estado esperando desde hacía dos meses.

Me reconoció. Nunca antes en mi vida lo había visto. Pero él me reconoció.

Sophia apretó los dedos sobre la mesa.

—¿Qué hizo usted?

—Lo que hace un médico. Le tomé el pulso.

Le iluminé las pupilas con la vela que tenía el doctor Székely.

Le hice preguntas. Él no respondió. Después de seis o siete minutos me incliné sobre él para auscultarlo con la trompetilla, y en ese momento él abrió la boca y pronunció tres palabras en un idioma que no era ni rumano ni húngaro ni alemán ni latín.

Tres palabras cortas. No sé qué significaban.

—⁠Vandermeulen hizo una pausa⁠—. Cuando las pronunció, yo sentí en el pecho una presión que no era angina y que no era miedo en el sentido conocido.

Era otra cosa. Como si algo dentro de él me hubiera firmado a mí también un contrato que yo no había aceptado pero que el cuerpo había aceptado por mí.

Esa noche, en el Hotel Corona de Oro, me miré al espejo y tenía dos canas nuevas en la sien izquierda que no estaban por la mañana.

Al día siguiente tenía siete. En una semana, el pelo había encanecido del todo.

—⁠Miró a los tres⁠—. Llevo desde entonces envejeciendo a doble velocidad.

Tengo cincuenta y siete años cronológicos.

El espejo me da setenta y pico. Y no lo digo en sentido metafórico.

Lo digo en sentido biológico. Mi cuerpo decidió, aquella mañana en Bistritz, que había contraído una deuda que solo podía pagarse en tiempo.

Gabriel lo escuchó sin interrumpir.

Karl también.

Sophia fue la única que habló cuando Vandermeulen terminó.

—¿Ionescu murió?

—Tres días después. El doctor Székely me escribió informándomelo. La esposa dijo que había muerto al mediodía, con el sol alto. Que había tenido un momento de lucidez y había dicho una sola palabra, en rumano esta vez: gracias .

—¿Sabe usted qué le había dicho a usted en la habitación?

Vandermeulen tardó en responder.